Bogotá

28 Feb 2020 - 3:00 a. m.

Educación rural en Bogotá, más allá de sumar y restar

Respetar la naturaleza, valorar los frutos del campo y reconocerse en el territorio son las premisas de una educación que busca que los estudiantes tengan una visión más amplia y responsable de sus acciones, en cualquier área en la que se desempeñen.

Kelly Rodríguez / krodriguezd@elespectador.com

Madrugan, toman la ruta escolar, van a sus colegios y reciben clases de matemática, lengua castellana, ciencias naturales y el resto de las asignaturas que habitualmente se dictan en los colegios. Pero, además, con azadón y pala en mano, estos chicos siembran, cosechan, recogen y aprenden sobre el manejo de residuos sólidos, senderismo y compostaje. Así es la educación en los colegios rurales de Bogotá, escenarios claves para la formación de pequeños que, en su mayoría, nacen en familias que viven en el campo.

Bogotá es más rural que urbana. El 70 % de su suelo está colmado de montañas, tierra y agua, y para quienes viven allí, la naturaleza es el principal sustento. Por eso, la educación rural, que se imparte en los territorios, usa la siembra, el reciclaje, el buen uso de los residuos, el respeto por la naturaleza y la responsabilidad con el medio ambiente como pretextos para dictar las áreas obligatorias y fundamentales de la educación en Colombia.

La voluntad política y administrativa de reconocer este trabajo y potenciarlo ha sido determinante para avanzar y dignificar procesos valiosos, que por mucho tiempo fueron invisibilizados. Sin embargo, todavía hay una deuda histórica con el campo y mucha tierra que labrar. Bogotá cuenta con 28 instituciones con sedes rurales en las localidades de Ciudad Bolívar, Suba, Sumapaz, Usme, Chapinero, Usaquén, Santa Fe y San Cristóbal.

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Según la Secretaría de Educación, hay 14.550 estudiantes en estos planteles que tienen autonomía para definir un enfoque pedagógico. Por ejemplo, el colegio El Verjón (Chapinero) tiene énfasis en agroecología; Salitre (Suba), en gestión ecoturística; Quiba Alta (Ciudad Bolívar), en educación ambiental, y El Manantial (San Cristóbal), en convivencia. Con esta claridad, el colegio puede definir objetivos puntuales para implementar un proyecto institucional. Esto es importante porque, si este proyecto cumple con los lineamientos de política educativa rural del Distrito, el plantel recibe recursos de gratuidad, que son adicionales al presupuesto destinado.

“A las instituciones les llega presupuesto por número de estudiantes. Eso es un tanto perverso, porque las necesidades de un colegio con 500 alumnos son iguales a las de uno con 2.500, en términos de infraestructura, mantenimiento hidráulico, obra civil y requerimientos didácticos. Los recursos de gratuidad nos han permitido facilitar procesos. Por ejemplo, no podríamos hablar de senderismo si no tuviéramos recursos para adecuar el espacio y permitir a los visitantes hacer un recorrido por la montaña”, dijo Hárold Murillo Tovar, rector del colegio Nuevo Horizonte sede Rural Torca, en Usaquén.

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Para recibir los recursos por gratuidad, los proyectos de los colegios deben obedecer a seis lineamientos: garantizar trayectorias educativas completas, desde preescolar hasta la educación superior; mejorar la calidad y el uso del tiempo escolar; consolidar la formación básica y promover la pertinencia de la educación; ayudar a superar los obstáculos de la pobreza mediante acciones multisectoriales; involucrar a las familias en procesos educativos, y fortalecer la formación para la convivencia y la paz.

Al respecto, Luz Jael Zapata, experta en ruralidad de la Subsecretaría de Acceso y Permanencia, afirmó que se revisará si se sigue trabajando a la luz de estos ejes o si hay que modificarlos en beneficio de los estudiantes. La decisión quedará enmarcada en el nuevo Plan de Desarrollo, que la administración prepara y que tiene como prioridad cerrar las brechas de acceso, permanencia y calidad en la ciudad entre poblaciones y territorios, especialmente en zona rural.

Sembrando conocimiento

Héctor Julián Coy vive a 10 minutos, en ruta, del colegio Nuevo Horizonte, sede Rural Torca, cursa noveno grado y este año tiene la misión de facilitar la recolección de residuos sólidos en el plantel, así como diseñar las cajas para contener estos desechos. La tarea le vale como trabajo social, pero, para él, lo más importante de su paso por el colegio es haber adquirido conciencia ambiental. “Con sensibilización y trabajo conjunto entre áreas hemos logrado que los estudiantes aprendan a valorar el campo, llevan esa semilla a otros lugares y tienen otra visión del mundo”, afirmó Leonor Cubides, docente de ciencias naturales del colegio.

En el caso de esta institución, los procesos se enfocan en tres actividades. La primera es la producción limpia, para desarrollar habilidades científicas y de ciencias naturales, a través de la siembra en la huerta. La idea es que los estudiantes se pongan en los zapatos de los campesinos, conozcan de dónde provienen los alimentos, el uso de los transgénicos y el fenómeno de la alelopatía, para cuidar de forma natural sus cultivos, entre otros.

El segundo es el manejo de los residuos sólidos, es decir, lo que tiene que ver con reciclaje y compostaje. Este último sirve para obtener abono y usarlo en las siembras. La tercera es el senderismo. Para este proyecto, los estudiantes han construido una ruta señalizada para escalar la montaña, en un recorrido de aproximadamente 45 minutos, a buen paso.

En el camino han construido un “aula al aire libre”, columpios y miradores. El musgo, los pájaros y los insectos acompañan la aventura. El día se completa con una clase de matemáticas en medio de un intenso juego de ajedrez, hecho con fichas elaboradas con tornillos por un estudiante, hijo de un mecánico.

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Con tanto por aprender, quizá se les olvida que Internet falla constantemente, que no hay suficientes computadores, que no disponen de alcantarillado y que hay que ahorrar agua, porque el colegio no tiene acueducto y el carrotanque llega una vez a la semana, tal como ocurre en muchos territorios rurales donde los residentes aún no tienen acceso digno a los servicios públicos. Lo cierto es que con conocimientos y proyectos que trascienden la educación ordinaria, los estudiantes le dan un nuevo significado a la ruralidad.

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