Antes de que alguien corra, reciba un pase o marque un gol... Incluso, antes de empezar el partido hay un sonido que resume el ritual: un cascabeleo suave atraviesa la chancha, permitiéndoles a los fubolistas ciegos saber por dónde va el balón. Ese sonido, que hoy recorre canchas en el mundo, curiosamente rodó por primera vez en Bogotá. Y detrás está la historia de Luis Antonio Castañeda Tenjo, un abogado, líder deportivo y fanático del fútbol, quien luego de perder la visión en un accidente, se propuso resolver una pregunta: ¿cómo seguir jugando cuando no se puede ver la pelota? Sin saberlo la respuesta se convirtió en su proyecto de vida.
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Su pasión por el fútbol le cambió la vida
Luis Antonio tenía siete años cuando ocurrió el accidente que transformó su vida. “Estaba mirando los ensayos de la Escuela Militar de Cadetes, en el barrio Río Negro, en Bogotá. Una granada se desvió y explotó. Desde ese momento quedé ciego”, contó años después del accidente, en una entrevista que aún conservan sus familiares. Antes de perder la visión, como muchos niños, él jugaba a la pelota en el barrio. Después del accidente, enfrentó otra realidad cuando ingresó al Instituto para Niños Ciegos. Allí no solo se encontró con que jugaban con latas de betún, sino que no había perdido la pasión por el fútbol.
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Y fue cuando nació la idea: Tomó un balón de plástico y le introdujo latas aplastadas y tapas de gaseosas para que sonara al moverse. Lo que comenzó como una adaptación casera se convirtió en una herramienta para que otras personas ciegas en el mundo también pudieran jugar. El invento dejó de ser un experimento casero y con él llegaron los primeros campeonatos y las competencias nacionales.
Lucasten
Para Alejandro Castañeda, hijo del inventor, el balón no nació como objeto comercial. “La idea fue suplir una necesidad por jugar fútbol. Era recrearse, integrarse, compartir y practicar el deporte más popular del mundo”. De las latas se pasó a los balines y por años la bola sonora se mantuvo como un invento criollo hasta que a finales de los 80, relata la familia, algunos visitantes europeos conocieron la experiencia colombiana. Se sorprendieron al ver personas ciegas jugando fútbol.
La versión actual del balón conserva el mismo principio que inspiró el primer experimento artesanal: producir sonido para orientar a los jugadores. “Ya no tiene cascabeles sino seis cámaras internas de sonido y es perfectamente esférico, para que el balón no cambie la trayectoria”, explica Alejandro. Hoy esos balones se usan en distintas regiones de Colombia y se exportan a todo el mundo. Lucasten, la marca que lleva por nombre las primeras sílabas de los nombres y el apellido de su creador sigue atestiguando historias de quienes hallaron otra forma de relacionarse con la pelota.
“Mi mejor versión llegó cuando dejé de ver”
Luz Chaparro recuerda con claridad cuando perdió la visión. “‘Todo acabó... ¿qué voy a hacer si no veo?’, pensé. Nos han hecho pensar que la vista lo es todo”, cuenta. La sensación de incertidumbre fue profunda, pero la talanquera que pensó que sería su invidencia se levantó cuando supo que podía jugar fútbol. “Cuando piso la cancha corro, controlo el balón, me siento parte de un equipo. Es una sensación de libertad”, dice mientras juguetea con un prototipo del balón sonoro, expuesto en uno de los salones del Museo de Bogotá, que alberga una exposición sobre la retrospectiva de este deporte en la ciudad.
“Ese día conocí personas ciegas que estudiaban, trabajaban, se desplazaban solas y que habían construido proyectos de vida autónomos. Eso me cambió la perspectiva y mis planes a futuro”, agrega Luz, para quien el deporte le transformó su perspectiva. “Siento que la versión de la Luz que no ve es mejor que aquella que veía. Fortalecí mi autoestima y la relación con mi hijo. Él ahora no ve mi discapacidad como algo malo”, cuenta mientras el niño observa despreocupado.
La independencia que llegó con forma de pelota
Algo parecido ocurrió con Leidy Martínez y Joel Felipe, su hijo, quien sufre una enfermedad que le afecta la visión de manera progresiva. La familia llegó del municipio de El Rosal a Bogotá buscando mejores oportunidades educativas para el niño. En ese camino conocieron el programa deportivo con el que Alejandro continuo el legado familiar. “Sentí una oportunidad para Joel y para nosotros de despejar la mente y sacar todos esos miedos”, recuerda Leidy.
“Él desde chiquitico ha sido un niño muy independiente, pero el hecho de practicar con el balón lo soltó más”, cuenta orgullosa. Admite que, si bien nunca asumió las labores de cuidado especiales que necesitaba el niño como una carga, el fútbol alivió esos miedos. “El fútbol nos sirvió a todos. A nosotros como padres a soltar el miedo de que le pase algo por su condición. Y a él, por la independencia”, cuenta mientras el niño juega en una cancha de banquitas con sus hermanos.
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Hoy Joel, el integrante más joven de su grupo de entrenamiento, quiere llevar el balón a todas partes. Lo escucha y se nota que algo en él se activa. “A él le gusta. Él quisiera estar con esa pelota para todo lado. Ya nos dijo que su sueño es ir a jugar a Estados Unidos y estamos todos juntos en esto, para que así sea”, resume Leidy.
Fútbol para todos
Escuchar el balón es apenas parte de lo que ocurre en una cancha de fútbol para ciegos. El deporte tiene reglas propias. Si bien los jugadores son invidentes, algunos tienen un residuo visual, por lo que todos los jugadores usan vendas para garantizar igualdad de condiciones. La cancha se divide en tres zonas. Un guía se ubica detrás del arco rival para orientar a los delanteros. El arquero (necesariamente vidente) y los entrenadores también cumplen funciones de orientación. “Prácticamente son narradores”, resume Luz.
Y existe una palabra fundamental. “Voy”. Cada vez que un jugador se dirige hacia un balón dividido debe anunciarlo para evitar choques y permitir que los demás identifiquen su movimiento. Es un fútbol que se construye sobre el sonido, la memoria espacial y la comunicación constante. Pero sigue siendo fútbol. Hay gambetas, pases al vacío, picardías, jugadas preparadas, celebraciones. Hay pasión. Eso sí, con una salvedad importante: el silencio. La hinchada no puede gritar ni llevar bombos, porque impide el juego.
Luis Antonio Castañeda falleció en 2022. Su familia mantiene la producción de balones, impulsa procesos deportivos y trabaja con nuevas generaciones de jugadores. En una cancha del barrio Metrópolis, en Engativá, muy cerca del sitio donde ocurrió el accidente que lo dejó ciego, entrenan niños, jóvenes y adultos que siguen encontrando en el deporte una herramienta para construir autonomía. Entre ellos están personas que nacieron sin ver y otras que perdieron la visión años después. Todas comparten algo. Cada vez que escuchan rodar el balón, saben exactamente dónde está la posibilidad de jugar.
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Alguna vez, reflexionando sobre el sentido de la vida, Luis Antonio dejó una frase que su familia todavía recuerda. “Yo voy a morir el día que suene el último balón mío en el mundo”. El día se adivina lejano. Hace apenas unas semanas terminaron los II Juegos Parasuramericanos Valledupar 2026. El equipo de fútbol de ciegos de Colombia selló una participación histórica tras lograr medalla de bronce y vencer 5-0 a Perú. El torneo, como no podía ser de otra forma, se jugó con un balón sonoro.
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