La jornada del congreso internacional para conmemorar los 25 años de Transmilenio transcurrió con calma en el Ágora Bogotá Centro de Convenciones. Afuera, la ciudad seguía su ritmo habitual de buses llenos, trancones y gente caminando rápido entre estaciones. Adentro, en cambio, el ambiente era distinto, con paneles, expertos internacionales, conversaciones pausadas y el alcalde Carlos Fernando Galán inaugurando el encuentro.
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Según el mandatario distrital, para los invitados era una sorpresa que Transmilenio, con un sistema únicamente basado en el BRT (buses con carril exclusivo) fuera capaz de mover 72.000 pasajeros hora sentido, con todo y trancones, bloqueos y frentes de obra. Esa capacidad de resiliencia, sin embargo, ha permanecido a costa de una ampliación significativa en los tiempos de viaje y la paciencia de las personas que, cada vez más, encuentran negativa la experiencia de usar el servicio.
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En este sentido, durante tres días especialistas de distintas ciudades del mundo se reunieron para hablar del futuro del transporte público. Pero en el fondo muchas de las discusiones parecían responder a preguntas que circulan a diario en las estaciones y portales. Entre los usuarios del sistema en Bogotá son preguntas simples, pero profundas.
¿Cómo mejorar la seguridad en el sistema? ¿Cómo hacerlo más eficiente? ¿Cómo integrar el metro con los buses? y, sobre todo ¿qué debería cambiar para que más gente vuelva a elegir el transporte público? Estas inquietudes encontraron respuestas parciales en las voces de cuatro expertos que desde Buenos Aires, Madrid, Bogotá y Bruselas ofrecieron una mirada amplia sobre lo que está pasando con la movilidad de las ciudades y lo que viene para las próximas décadas.
Lo que el mundo ha aprendido sobre transporte público
Para Dionisio González, director para América Latina de la Asociación Internacional de Transporte Público (UITP) con sede en Bruselas (Bélgica), las ciudades que han logrado transformar su movilidad tienen algo en común: una integración real. No se trata solo de tener buses, metro o cables sino de construir una red en la que todos esos modos funcionen como un solo organismo. Desde esa perspectiva, Bogotá ha recorrido un camino que desde afuera se observa con interés.
Según explica, “el desarrollo de Transmilenio, la construcción del metro y la expansión de sistemas como el TransMiCable muestran que la ciudad avanza en la dirección correcta y que hoy se ha convertido en un referente regional”. El reto, dice, es ahora “consolidar esa integración tarifaria y operativa, para que el usuario perciba todo como un único servicio y no como sistemas aislados”.
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Desde Madrid (España), Alfonso Sánchez, director gerente de la Empresa Municipal de Transportes, coincide con esa lectura. La experiencia europea muestra que cuando los sistemas se integran bajo una misma autoridad de transporte, la demanda aumenta de manera sostenida. En la capital española, explica, “la creación del Consorcio Regional de Transportes permitió coordinar a múltiples operadores y establecer un sistema tarifario único, que facilitó el acceso al transporte y fortaleció su uso”.
Para Sánchez, este tipo de gobernanza es clave para que los sistemas crezcan y se sostengan financieramente, algo que también exige decisiones políticas claras sobre cómo se destinan los recursos públicos al transporte. Este aspecto es relevante hoy en Bogotá, pues se sigue discutiendo la importancia de un fuerte operador público de transporte que permita dilucidar con precisión los rubros en torno al servicio. Ambos expertos coinciden en otra de las dudas ciudadanas: la calidad del servicio pesa más que el precio cuando las personas deciden cómo moverse.
González, de la UITP, lo resume de manera directa y hace énfasis en la necesidad de fortalecer los factores de calidad del transporte, pues la demanda responde más a la calidad que al costo del pasaje. Es decir, si el sistema es confiable, rápido y seguro, más personas lo elegirán. Esa calidad, agrega, depende de factores como la regularidad del servicio, la velocidad de los buses y la capacidad del sistema para ofrecer viajes predecibles, sin interrupciones ni congestión, algo que suele ser un reclamo habitual entre los usuarios.
Por su lado, para Natalia Neri, directora de Transporte Colectivo de Buenos Aires (Argentina), esa relación entre transporte e inclusión social es clave. En su visita a Bogotá, la funcionaria quedó particularmente impresionada por el papel que cumplen sistemas como el TransMiCable en zonas históricamente marginadas de la ciudad. Para Neri el transporte tiene la capacidad de reducir desigualdades cuando logra conectar territorios que antes estaban aislados. En ese sentido, considera que Bogotá ha logrado desarrollar un sistema que no solo transporta personas, sino que amplía oportunidades para quienes viven en barrios alejados.
Del debate académico a la experiencia cotidiana
A pesar del tono técnico que suelen tener estos encuentros, el debate sobre transporte público siempre termina regresando a la misma pregunta que plantean los ciudadanos en la calle: cómo hacer que el sistema funcione mejor para quienes lo usan todos los días. Los expertos hablan de electrificación, digitalización, integración tarifaria y planificación urbana, pero detrás de esos conceptos hay una preocupación sencilla: el transporte público debe ser lo suficientemente eficiente, seguro y confiable como para que más personas lo elijan.
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Al final, esa es quizás la mayor lección que dejan encuentros como este, que permiten intercambiar experiencias, comparar modelos y aprender sobre que han hecho otras ciudades. Pero su verdadero valor aparece cuando esas ideas logran aterrizar en la vida cotidiana de quienes esperan un bus cada mañana o cruzan la ciudad para llegar a su trabajo. Si algo quedó claro durante las conversaciones en Ágora es que el futuro del transporte público no se decide únicamente en los paneles de expertos, sino también en la experiencia diaria de millones de personas que dependen de él para moverse por la ciudad.
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