7 Jun 2020 - 2:03 a. m.

Kennedy: viviendo un cuento de ficción

Felipe García Altamar

Felipe García Altamar

Periodista Política
Kennedy, con 1,2 millones de habitantes, tiene mayor población que ciudades como Barranquilla y Cartagena. Uno de sus principales problemas para vigilar el cumplimiento del aislamiento es la falta de pie de fuerza.
Kennedy, con 1,2 millones de habitantes, tiene mayor población que ciudades como Barranquilla y Cartagena. Uno de sus principales problemas para vigilar el cumplimiento del aislamiento es la falta de pie de fuerza.

Kennedy es un sector muy particular de Bogotá. Ubicada en el suroccidente de la capital, para empezar, su nombre es el único de las veinte localidades que no deriva de vocablos indígenas ni de homenajes a personalidades del país. Su historia cuenta que su génesis se dio cuando John F. Kennedy, presidente estadounidense, visitó Colombia para, entre otras, acompañar el lanzamiento de lo que hoy es el barrio Techo. Era un proyecto de vivienda caracterizado por grandes manzanas, con capacidad para conjuntos hasta de 1.500 apartamentos. Con la posterior instalación de todo tipo de comercio, la localidad terminaría siendo una pequeña ciudad en la capital.

En ese entonces, principios de la década de los 60, seguro lo último que imaginaron era que esa densidad, que se pensó como un beneficio, le pasaría factura a Kennedy durante una pandemia en la que una de las premisas para enfrentarla es que los ciudadanos guarden distancia entre sí. Y es que, si Kennedy fuera una ciudad, sus 1,25 millones de habitantes la pondrían como la cuarta más poblada del país, por encima de capitales como Barranquilla, Cartagena y Cúcuta, y doblando la población de Bucaramanga y Villavicencio.

Continuando con las comparaciones, Suba, localidad en el noroccidente de Bogotá, aunque aloja a 1,3 millones de bogotanos, tiene una extensión de poco más de 10.000 hectáreas (6,1 % de Bogotá), según datos de la Secretaría de Planeación. En cambio Kennedy apenas tiene 3.859 hectáreas (2,4 % de la ciudad). Esas cifras, trasladadas a las calles, significan una inevitable cercanía entre personas.

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Si se le suma la indisciplina de algunos residentes, se obtiene como resultado que hoy la localidad sea el epicentro de contagio del COVID-19 en Bogotá. Esta semana Kennedy superó los 3.000 positivos; es decir, que allí hay uno de cada cuatro casos registrados en la capital, y siendo la cuarta región con más contagios del país, solo detrás de Bogotá, Atlántico y Valle del Cauca.

Por eso hoy Kennedy es la única localidad que está en cuarentena estricta. La idea es que allí las cosas funcionen como en el simulacro de aislamiento de finales de marzo y al hacer un recorrido por varios barrios se evidencia un cambio total en sus dinámicas. Muchas personas cumplen el confinamiento que va hasta el 1° de julio en todo el país, aunque hay quienes también, por trabajo o desobediencia, siguen saliendo a las calles.

Controlar el flujo de personas no es fácil. La localidad no tiene pie de fuerza suficiente y acoge un punto casi imposible de vigilar: Corabastos, la despensa de alimentos más grande del país. La alcaldesa de la localidad, Carolina Agudelo Hernández, aplaudió a quienes se están quedando en casa, pero lamentó la imposición de 900 comparendos por no usar tapabocas y salir en horarios no permitidos.

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“Gran parte de la ciudadanía hace la tarea de permanecer en casa y la mayoría de establecimientos cerraron. Los que abren, lo hacen a medias y cumpliendo todas las normas sanitarias. También tenemos mucha indisciplina y hay que actuar como si todos tuviéramos el virus. Sabemos que hay mucha economía de sobrevivencia, pero deben entender que necesitamos no salir”, señaló Agudelo, quien agregó que el programa “Bogotá Solidaria en Casa”, que ya entregó 19.369 mercados en la localidad, prepara la entrega de otros 25.000 y un segundo giro monetario.

Desde la Junta de Acción Local reconocen el esfuerzo institucional, pero señalan que se necesita más cuidado del aumento de la pobreza en la localidad y las razones por las que siguen saliendo personas a las calles. La edilesa Astrid Daza afirmó que no se puede desconocer que para muchos es imposible cumplir la cuarentena, porque deben salir a buscar ingresos. “Hay mucha población pobre y con trabajo informal que está en condición de mucha vulnerabilidad. Otros se resisten a las medidas, por falta de cultura ciudadana o por factores como que no la sienten necesaria o que puede ser exagerada. Y aunque no es el único camino, no hay suficiente fuerza pública para hacer cumplir las normas”.

El también edil Eduardo Romero destacó, por su parte, que el esfuerzo debe ser de todos, y no solo de la administración. “Al principio todo se tomó muy deportivo, pero en estos días se ha tomado conciencia sobre las medidas. No podemos poner un policía en cada esquina, así que cada uno debe tomar conciencia, poner de su parte y entender que solo así bajará la línea de contagios. El único pero es Corabastos: se tomaron medidas, pero no es fácil y hay que ponerse en los zapatos de quienes deben conseguir el día a día”.

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Tragedia laboral y comercial

Esta semana Corabastos se convirtió en bastión del incumplimiento de las medidas para evitar el contagio del virus. Allí estalló el inconformismo de trabajadores y compradores por las decisiones del Distrito para cumplir el distanciamiento físico. El cierre de las bodegas más importantes del lugar (13, 21, 24 y 25) dio paso a bloqueos e intentos de disturbios, en los que intervino el Esmad. La situación de Corabastos es la pieza más grande de una tragedia anunciada para los comerciantes. Con el cierre de sus establecimientos, muchos comerciantes sobreviven con ahorros o ahora comercializan productos propios de esta época.

El corredor comercial de Techo, donde siempre había un sinfín de personas, está casi desolado. Solo abren farmacias y bancos, y otros establecimientos como restaurantes y tiendas de barrio ponen cintas de “peligro” para evitar que la gente ingrese. Y aunque siguen activos, propietarios y dependientes de este tipo de establecimientos coinciden en que las ventas no son ni 30 % de lo que tenían antes de la pandemia, y ni la mitad de lo que lograban vender antes de que la cuarentena estricta endureciera las medidas. Por eso, muchos buscan otras formas de generar dinero.

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Por ejemplo, en el otrora concurrido centro comercial Pajarera solo hay un local abierto. Antes vendía zapatos, pero ahora se dedica a comercializar alcohol y geles. A unas cuadras de allí, otro local de ropa tuvo que redirigir su producción hacia los tapabocas, pero la falta de ingresos fue tal que los dueños tuvieron que despedir a sus más de diez colaboradores. En la misma calle, en un billar que funcionaba en el segundo piso ahora su dueña ofrece tapabocas para niños y kits de desinfección.

La crisis ha tocado las puertas incluso de escuelas de fútbol infantil, ópticas y puntos de venta de productos naturales, donde a pesar de los esfuerzos de sus propietarios por reabrir bajo el cumplimiento de los protocolos sanitarios, las normas son claras y deben esperar hasta el 14 de junio, cuando finalice la cuarentena estricta.

Hoy la realidad de Kennedy es una que no se proyectó ni en los escenarios más irreales. La localidad y sus habitantes, acostumbrados quizá más que otros capitalinos al ruido, las aglomeraciones y en general al caos de una capital, aguardan con ilusión que las medidas sirvan para contener el virus en su zona. Solo los residentes, acatando cada vez más las decisiones, tienen la llave para que no se sigan tomando medidas aisladas para la localidad.

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