Mientras millones de ciudadanos se preparan para elegir al próximo proyecto político del país, existe una población que no aparece en las encuestas, no participa en debates y no influye en las campañas, pero cuya importancia para el futuro del país es incalculable: las niñas, niños y adolescentes.
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La primera vuelta presidencial de 2026 volvió a confirmar el peso político de la región Bogotá-Cundinamarca. Entre la capital y el departamento se concentraron más de ocho millones de ciudadanos habilitados para votar, una fuerza electoral decisiva para cualquier proyecto político. Sin embargo, en ese mismo territorio habita cerca de una quinta parte de la niñez colombiana. Lo que ocurra con ellos definirá buena parte del futuro económico, social y ambiental del país. Paradójicamente, la niñez sigue ocupando un lugar marginal en la conversación electoral.
Camilo tiene 10 años y vive en Kennedy. Le gusta montar bicicleta, jugar fútbol y caminar con su mamá en el parque del barrio. Sin embargo, no siempre puede hacerlo. Algunas tardes, las familias prefieren mantener a sus hijos en casa por temor a la inseguridad. En los días de mayor congestión, el aire se siente pesado y el ruido de los vehículos invade las calles.
Camilo hace parte de los más de 1,7 millones de niñas, niños y adolescentes que viven en Bogotá y de una región que concentra una de las mayores densidades urbanas del país. Su experiencia cotidiana refleja una pregunta que rara vez aparece en las campañas: ¿qué tan habitable es la ciudad para quienes apenas comienzan a descubrirla? Él no conoce los índices de calidad del aire, ni las estadísticas de percepción ciudadana, pero entiende algo fundamental: hay lugares donde puede jugar y otros donde no.
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Sin saberlo, Camilo está hablando de derechos. Del derecho al juego, a la recreación, a la movilidad segura y también del derecho a un ambiente sano. La calidad del aire que respira, los árboles que encuentra en su recorrido y la seguridad de las calles dependen, en buena medida, de las decisiones que toman quienes gobiernan la ciudad y el territorio.
La niñez enfrenta desafíos que deberían ocupar un lugar central en cualquier agenda electoral. Uno de ellos es la salud mental. Bogotá concentra cerca del 15 % de la población adolescente del país y se ha convertido en un escenario donde crecen las alertas relacionadas con ansiedad, depresión y violencia entre jóvenes. A pesar de ello, el bienestar emocional continúa siendo un tema secundario en la mayoría de los debates públicos.
La protección frente a las violencias tampoco admite aplazamientos. Solo en 2025, Bogotá registró más de 9.000 atenciones relacionadas con violencia sexual contra niños, niñas y adolescentes. Detrás de cada cifra existe una historia de vulneración de derechos y una pregunta inevitable sobre la capacidad de las instituciones para prevenir estas situaciones.
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A estos retos se suma otro que suele pasar desapercibido: el derecho a un ambiente sano. Bogotá y Cundinamarca comparten ecosistemas estratégicos para el país, desde páramos hasta humedales y bosques altoandinos. Las decisiones sobre movilidad, ordenamiento territorial, calidad del aire y protección del agua no son únicamente asuntos ambientales; son decisiones que afectan directamente la salud y el bienestar de millones de niñas y niños.
Hablar de niñez no es hablar únicamente de educación o alimentación escolar. Es hablar de seguridad, salud mental, espacio público, calidad del aire, participación y oportunidades. Es preguntarse qué tan preparada está una sociedad para garantizar que sus niños puedan crecer, jugar, aprender y soñar en condiciones dignas. Toda elección es una conversación sobre el futuro. Y ningún futuro puede construirse sin pensar en quienes vivirán durante más tiempo las consecuencias de las decisiones que hoy se toman.
La niñez no vota. Pero si Bogotá y Cundinamarca concentran cerca de una quinta parte de los niños y adolescentes del país, quizás la verdadera pregunta no sea quién ganará las próximas elecciones, sino qué lugar ocuparán las nuevas generaciones en el proyecto de sociedad que estamos eligiendo.
Por esa razón cuando este frente al tarjetón no se la juegue por el candidato de turno y su ideología, apuéstele a la pertinencia, consistencia técnica y capacidad institucional, piense en Camilo y las demás niñas, niños y adolescentes que merecen nacer, crecer y desarrollarse en entornos seguros y amigables.