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En un extraordinario ensayo titulado “España contra todo pronóstico”, Gilberto Carrasquero Naranjo propone una idea que parece desafiar toda lógica contemporánea, de que quizás los españoles viven más no a pesar de pasar horas en los bares, sino precisamente por ello. No porque el vino o el café prolonguen la vida, sino porque esos espacios preservan algo que las sociedades modernas han ido perdiendo: la convivencia.
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La tesis resulta provocadora. Mientras buena parte del mundo invierte millones en tecnología médica, relojes inteligentes, gimnasios y dietas personalizadas, España sigue apostándole, casi sin proponérselo, a la conversación, la sobremesa y la plaza pública. Carrasquero recuerda que ese país tiene más bares que camas hospitalarias y, sin embargo, posee uno de los mejores sistemas de salud con una de las mayores expectativas de vida del planeta.
Su reflexión obliga a mirar más allá de las cifras sanitarias. La salud no comienza cuando una persona entra al consultorio ni termina cuando sale del hospital. Empieza mucho antes, en la manera como una sociedad se relaciona consigo misma, construye confianza y aprende a cuidar de los otros.
Vista desde esa perspectiva, la comparación con Bogotá resulta inevitable. La capital colombiana es, probablemente, la ciudad donde mejor se expresa la lógica del rendimiento permanente. El frío de su clima parece reflejarse muchas veces en la forma como transcurre la vida cotidiana. Las largas distancias, los interminables trancones, el afán constante, la inseguridad y la presión laboral han convertido el encuentro espontáneo en un lujo y la conversación tranquila en una excepción. Se sale para trabajar, producir o resolver problemas; rara vez para convivir.
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No es casualidad que Bogotá concentre el poder político y económico del país y, al mismo tiempo, proyecte una cultura donde el tiempo parece insuficiente para todo. Aquí las agendas sustituyen las sobremesas, las reuniones reemplazan las tertulias y la productividad termina ocupando el espacio que antes pertenecía a las relaciones humanas.
No se trata de idealizar a España ni de romantizar los bares. Como bien plantea Carrasquero, el bar español es apenas un símbolo de algo mucho más profundo, de la existencia de espacios donde las personas pueden encontrarse sin que medie un objetivo económico. Lugares donde el gerente conversa con el albañil, el jubilado con el estudiante y el vecino con el desconocido. Esa interacción cotidiana genera confianza, solidaridad y sentido de pertenencia, tres ingredientes esenciales de cualquier sociedad saludable.
Quizás por eso los países que más invierten en optimizar cada minuto de la vida no siempre consiguen vivir mejor. Han perfeccionado la medicina, pero han descuidado la convivencia. Han multiplicado los indicadores de bienestar mientras disminuyen los espacios para construir comunidad.
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La gran lección del ensayo de Carrasquero trasciende a España. Nos recuerda que la salud también depende del tejido social y que la calidad de una sociedad no se mide únicamente por el número de hospitales o especialistas, sino por la capacidad de sus ciudadanos para reconocerse, escucharse y acompañarse.
Bogotá necesita más que nuevas vías, edificios inteligentes o modernas clínicas. Necesita recuperar espacios donde las personas vuelvan a mirarse a los ojos, conversar sin afán y sentirse parte de una comunidad. Porque una ciudad no se enfría solamente por la temperatura de su clima, sino también por la temperatura de sus relaciones humanas.
Al final, quizá el verdadero desarrollo no consista en construir más infraestructura para atender la enfermedad, sino en construir una sociedad donde las personas tengan más razones para vivir juntas. España parece haberlo entendido hace siglos. Bogotá todavía está a tiempo de aprender esa lección.
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