Conflicto

20 Jun 2022 - 7:00 p. m.

“No es posible que la gente se esté muriendo en la selva y el mundo no haga nada”

En el día mundial del refugiado, contamos la historia de un líder comunitario colombiano que, tras recibir amenazas durante nueve años y perder su casa en Buenaventura, se vio en la necesidad de buscar asilo en Estados Unidos.

Santiago Valenzuela A.*

Camión militar con migrantes a la estación de recepción migratoria de San Vicente, en Panamá. Santiago Valenzuela/MSF.
Camión militar con migrantes a la estación de recepción migratoria de San Vicente, en Panamá. Santiago Valenzuela/MSF.
Foto: Santiago Valenzuela/MSF

A las 10 de la mañana del martes 17 de mayo llegó un camión militar con migrantes a la estación de recepción migratoria de San Vicente, en Panamá. Allí llegan, cada día, entre 300 a 900 personas que pasaron por la peligrosa selva del Darién, buscando llegar a Estados Unidos. El camión los traslada desde Puerto Limón, el último lugar de la travesía del Darién, hasta la estación migratoria del gobierno panameño. En el grupo de migrantes estaba Jaime*, un líder social colombiano de 48 años que huyó de su país por constantes amenazas de muerte.

Un caso como el suyo no es tan común en la estación de San Vicente. Entre enero y abril de 2022, de acuerdo con el Servicio Nacional de Fronteras (Senafront), por el Darién cruzaron 19,092 migrantes, de los cuales 6,951 son venezolanos, seguido por migrantes de Haití (2,195), Cuba (1,579), Senegal (1,355) y Angola (934). No es tan frecuente encontrar colombianos en esta lista, pues no necesitan visado para ingresar a Panamá. Jaime, sin embargo, tomó esta ruta desesperado por las amenazas de muerte que recibió. Como líder comunitario de la comuna 12 de Buenaventura, se ha enfrentado a diferentes grupos delincuenciales que, como él cuenta, han intentado despojar a las familias de sus casas.

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En la estación de San Vicente, Jaime encontró un puesto de atención de Médicos Sin Fronteras (MSF), en donde pidió orientación para saber cómo continuar con su camino, pues fue robado en la selva. En 2017, Jaime había acudido a la oficina de MSF en Buenaventura, en donde recibió apoyo en salud mental por un alto estrés que vivía a diario ante las amenazas. Ahora, tras cruzar durante siete días la selva del Darién y haber sido robado, busca ayuda no solo para él, sino para los migrantes que atraviesan por esta peligrosa ruta. “No puedo seguir el camino sin pedir que se conozca la situación de miles de migrantes que están arriesgando sus vidas en esa selva y que están sufriendo”, dice.

Nueve años de amenazas

Jaime nació en el barrio Lleras, en la zona de bajamar de Buenaventura. “Cuando cumplí un año, el Bienestar Familiar me sacó de allí porque vivía en una tierra muy fangosa y peligrosa. Mi familia se movió tan pronto como pudo a la zona continental de Buenaventura, a donde me mudé y me críe”. Después de estudiar en el colegio, Jaime trabajó en el puerto como operario, también en agencias navieras, en el área logística. En el año 2011 logró comprar un lote con sus ahorros en Perlas del Pacífico, un barrio ubicado en la comuna 12. Allí, desde que era joven, estuvo involucrado en los grupos comunitarios que exigieron servicios básicos para la zona, como el agua potable.

“Estaba muy contento, llevaba una vida tranquila y con los vecinos logramos traer agua y electricidad a nuestro barrio. Sin embargo, cuando las cosas estaban mejorando para nosotros, llegaron grupos armados a perseguir a los líderes que exigían mejoras y legalización de los predios porque eso no les convenía. Entonces comenzaron a desplazar gente y ahí fue que me amenazaron por primera vez. Fui tan de malas que ellos pusieron su campamento a 20 metros de mi casa y cuando me veían me decían que tenía los días contados, que abandonara esa casa”, cuenta Jaime.

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En el año 2013, cuando regresaba de su trabajo, unos hombres lo bajaron de la moto y lo golpearon. Jaime interpuso una denuncia ante la Unidad de Víctimas y viajó a Antofagasta, Chile, en donde residía su hermana, para protegerse. Estando allá, los vecinos le contaron que su casa había sido saqueada completamente y que la mayoría de las familias del barrio habían sido desplazadas. “La Comuna 12 se volvió un punto crítico de microtráfico y de guerra entre pandillas. Desde Chile puse las denuncias respectivas y no sé cómo, pero los grupos consiguieron mi número y comenzaron a llamarme para amenazarme, para que me quedara callado”, dice.

Jaime denunció extorsiones, robos, microtráfico y amenazas en su comuna. “En 2017 fui a poner en venta la casa, porque ya no era posible regresar, a pesar de que era lo que yo más quería porque vivía feliz allá. Ahí cometí un error porque puse mi número personal en el aviso y volvieron a amenazarme todos los días. Busqué ayuda psicológica pero no pude más con tanta presión y me tocó devolverme a Chile. Allá solo pensaba en regresar a mi casa, pero me daba miedo. Incluso en 2018 quería viajar, pero ese año asesinaron a Temístocles Machado, un líder que nos formó a muchas personas que no sabíamos cómo hacer para defender nuestra tierra en Buenaventura”.

En 2019, Jaime intentó, una vez más y sin éxito, hablar con las instituciones sobre su caso y el de sus vecinos y regresó a Buenaventura. Esta vez trabajaba como domiciliario; casi no se quitaba el casco para no ser reconocido y en 2020 comenzó a usar un tapabocas grande para que solo se le vieran los ojos. Sin embargo, dice, “ninguna autoridad me escuchó y la violencia se puso peor”.

En 2020 consiguió un trabajo como inspector de contenedores en el puerto de Buenaventura. Se quedaba a dormir en diferentes casas de familiares, cambiaba de ropa y de corte de pelo cada semana y buscaba, cuando podía, reunirse con los vecinos del barrio para ver cómo podían recuperar sus terrenos. Un día, sin embargo, recibió una llamada en la que lo alertaban que lo iban a asesinar. “Esa fue una noche de diciembre de 2021, cuando me fui a Bogotá y vi por última vez a mi familia”. En Bogotá recibió otra llamada de amenaza, en la que le decían que conocían su ubicación, así que viajó a Ecuador y en un albergue de migrantes conoció a un grupo de personas que cruzaría la selva del Darién.

El paso tortuoso por el Darién

El 10 de mayo, Jaime y varios grupos de migrantes salieron de Medellín hacia Necoclí para atravesar la selva del Darién caminando. Aunque sabían de los riesgos de robo y violaciones – MSF ha atendido más de 420 casos de violencia sexual desde abril de 2021– no tenían dinero suficiente para cruzar por la ruta marítima. “Fueron siete días de una experiencia muy tenaz. Se requiere fortaleza física, mental y espiritual para hacer eso. Caminando íbamos bien, pero en la montaña conocida como ‘banderas’ nos interceptaron siete tipos con armas y nos robaron todo lo que teníamos. Lo peor es que apartaron a las mujeres, les quitaron la ropa y les tocaron todas sus partes íntimas. Nosotros ahí impotentes sin poder hacer nada y los hijos de las mujeres llorando, fue terrible”, dice Jaime.

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Después de que nos pasó eso, cuenta Jaime, “nos quedamos sin comida, nos tocaba comer cocos, plátanos, tomar agua de río. La situación era muy inhumana y venían muchas personas de África y Asia que no sabían español y estaban perdidas. Lamentablemente hay gente que se aprovecha de ellos. Yo me imaginaba cómo sería estar en su lugar por allá en otro continente sin poder hablar con nadie y por eso los esperaba, les ayudaba, trataba de ser el traductor y por eso nos demoramos un poco más en llegar a Panamá. Había niños perdidos, gente tirada en el suelo, la verdad es que no podíamos dejarlos solos”.

En las zonas pobladas, Jaime cuenta que a los migrantes les cobraban 5 o 6 dólares por un coco. “Abusan de ellos porque saben que no tienen información, por eso traté de ayudarlos con mis amigos cubanos, porque es muy injusto que uno venga ya atropellado de su país para que acá lo quieran seguir atropellando a uno”. En la selva, Jaime se encontró con dos niños haitianos perdidos, llorando porque no encontraban a sus padres. Él los guío hasta el campamento más cercano, en donde se encontraron con sus familias.

“Vi personas de 55 años para arriba totalmente desahuciadas, en el fango, tiradas porque no podían seguir. Vi gente con fracturas en el brazo, a una persona que perdió el ojo por una caída, otras personas con los pies destrozados, llorando, gritando”. Muchas de estas personas, como él dice, están buscando refugio. “Económicamente no tengo cómo ayudar a todo el mundo, pero quiero denunciar esta situación en todos los países por los que pase. No es posible que la gente se esté muriendo en la selva y el mundo no haga nada”.

*El nombre del líder ha sido cambiado por seguridad.

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