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4 Jul 2022 - 10:01 p. m.

Tania Rodríguez y el corazón de la comisión en los territorios

La cabeza de la Dirección Territorial asegura que su trabajo está guiado por los principios básicos que dejó Alfredo Molano en la Comisión de la Verdad y que permitieron desarrollar una escucha y unos textos finales desde los lugares en donde ocurrió la guerra.
Juan Sebastián Lombo

Juan Sebastián Lombo

Periodista de la sección Política
Tania Rodríguez, encargada del tema territorial en la Comisión de la Verdad
Tania Rodríguez, encargada del tema territorial en la Comisión de la Verdad
Foto: Óscar Pérez

Leer el Informe Final de la Comisión de la Verdad, o lo que se conoce de este hasta el momento, es, en buena parte, escuchar lo que tienen que decir las regiones sobre el flagelo del conflicto que el país ha vivido durante más de siete décadas. Su aproximación es diferente a la que tienen las ciudades, pues su vivencia ha sido más directa y han experimentado en mayor medida lo que implicó este choque entre el Estado y fuerzas irregulares. Ese enfoque ha sido gracias a la intención territorial que se le ha querido dar al extenso texto.

La encargada de darle ese toque ha sido en gran parte Tanía Rodríguez, directora de territorios de la Comisión de la Verdad. Esta académica de 38 años ha invertido su vida profesional en estudiar el conflicto colombiano. Buena parte de su trabajo ha sido desde la Pontificia Universidad Javeriana, sede Cali, y ahora último ha sido la articuladora del dirección territorial en la Comisión de la Verdad. Esta área ha venido creciendo en el órgano transicional, tanto así que se le terminó asignando un capítulo completo para así entender el conflicto desde los territorios.

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A pesar de no ser comisionada, Rodríguez asumió esta tarea de articular la lectura del conflicto en las múltiples visiones que implica cada región en el país. “El enfoque territorial es una cosa muy reciente en los estudios de paz, por eso ese enfoque que tiene el acuerdo quería llevarlo al informe. Tener un esclarecimiento donde se tenga en el centro las perspectivas de las regiones, que se entiendan las diferencias del conflicto en cada región”, explica la académica sobre su trabajo tanto en la Comisión como en el Informe Final.

Aunque ella ha sido la que ha brindado este enfoque, reconoce que esa visión solo la ha afianzado ella, porque lo cierto es que el que hizo énfasis en que el trabajo de la comisión debía ser desde territorialidad fue el propio Alfredo Molano, el periodista y comisionado que falleció antes de que se concluyera el informe. “Alfredo Molano, que fue el gran precursor de lo territorial en la comisión, decía que teníamos que pasar por donde la guerra había pasado y eso implicaba estar cerca de las víctimas y de los lugares donde ocurrieron los hechos”, recuerda Rodríguez, que no pierde oportunidad para destacar que fue Molano esencial tanto en el enfoque como en la metodología y hasta en el resultado que se está entregando.

Fue esa visión de llegar a donde estaba el conflicto la que usó Tania Rodríguez para plantear su estrategia de trabajo y desarrollarla. “Cuando yo llegué ya habían empezado a visitar algunas zonas y ya tenían algunos coordinadores en los territorios”, aclara la funcionaria, para luego decir que parte de su trabajo pasó por traducir la intención de la comisión: “ser grandes a nivel territorial y pequeños en lo nacional”.

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“Nuestro equipo debía ir a las veredas, los ríos y a los lugares donde estaban las víctimas”.

Con esto en mente, el comienzo del trabajo de Rodríguez pasó por crear nueve casas, donde se concentró el trabajo macroterritorial y luego se fueron creando más oficinas y casas puesto que “nos dimos cuenta que la gente quería tener la comisión”. La situación llevó a que el contacto regional demostrara que para poder abarcar la mayor cantidad de territorio posible se debía proceder a tener equipos móviles: “Nuestro equipo debía ir a las veredas, los ríos y a los lugares donde estaban las víctimas”.

Ese trabajo, tal como cuenta Rodríguez, comenzó con hacer pedagogía en las regiones ante el desconocimiento que había de la institución: “La confundían con la Jurisdicción Especial para la Paz y la Unidad de Restitución de Tierras. Creían también que era para reparación administrativa”. El trabajo de la funcionaria y su equipo también pasó por brindar confianza a los victimarios para que entendieran que sus declaraciones no tendrían consecuencias judiciales.

En este punto, Tania reconoce que uno de sus grandes aciertos fue contratar personas de las regiones puesto que dotó de confianza la tarea que estaban realizando. “A ellos ya los conocían, conocían el conflicto y sus dinámicas en el territorio. Mientras que la comisión se demoró en comenzar, nosotros ya teníamos gente que sabían de las regiones y y a estaban trabajando con las víctimas”, expresó la funcionaria, que reconoció el papel de la sección que dirigía fue esencial para cada uno de los textos que se han publicado y se publicarán sobre el informe final.

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“Después de la pedagogía recorrimos los territorios con los procesos de escucha. Yo creo que más del 80% de la escucha que se hizo fue en las regiones. Se hizo en los lugares más recónditos por los equipos territoriales, guiados por los equipos nacionales de la comisión”, explicó Rodríguez. Para esta, su dependencia no solo serían los brazos y piernas de la Comisión de la Verdad, sino el corazón mismo, pues casi todo el trabajo fue en los territorios. La mejor prueba de esta tesis es que la mayoría de actividades de reconocimiento y escucha de las comunidades fueron en las regiones. Allí no solo vieron de primera mano los lugares del conflicto, “sino la resistencia y la resilencia para transformar esos hechos en futuros posibles”.

Sin embargo, el trabajo de Tania Rodríguez y su equipo se vio truncado por la pandemia: “El 2020 era uno de los años más importantes y resultó que nos tocó todo virtual y la gente quedó con dudas si se iba a tener el mismo nivel de confidencialidad”. Para la también académica, este fue uno de los retos más grandes debido a que se formaron en el método de Alfredo Molano, “ir, tomarse un tinto con ellos y hablar” y al final tuvieron que pasar a la virtualidad. Un tema que no solo era difícil por la ausencia de confianza sino porque en muchas partes la conexión a internet es inexistente.

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Por eso, apenas se relajaron las medidas, cuenta Rodríguez, salieron y reanudaron las labores de escucha personal. Fue en los territorios que se dio cuenta la funcionaria que las personas querían contar su historia, sin importar las muchas veces que ya la hubiesen contado. Hubo otros caso donde hallaron una población que nunca fue escuchada. No todo fue disposición, reconoce, pues también se encontraron con el país polarizado que no creía en el proceso de paz y sus derivados, como la Comisión.

Todos estos relatos y silencios fueron los que le sirvieron a la comisión para acercarse a las verdades del conflicto y contrastarlas entre sí. Sin embargo en Tania Rodríguez, como le comenta a este diario, aún está el temor que aquellos que hablaron se desilusiones porque sus casos no quedaron registrados explícitamente. Sin embargo, todos ellos sirvieron para entender el conflicto pues permitió acumularlos y ver “las grandes dinámicas del conflicto en el tiempo”. Para la experta, acumular los casos para encontrar los patrones y compararlos con los contextos ya conocidos fue esencial para “entender qué pasaba”.

Esto fue fundamental cuando pasó de solo la escucha a encargarse de un capítulo. Allí las lecciones de Alfredo Molano “fueron sumamente importantes”, ya que Tania Rodríguez se encargó de que los testimonios recogidos y los textos plasmados se hicieran bajo la lógica de que “había que escribir como la gente habla y no podíamos hacer textos súper enredados”.

El trabajo, según cuenta Tania, pasó a definir elementos tan básicos sobre cómo debía ser la redacción del capítulo territorial. Al final se determinó que no fuera un solo texto, como sí lo fueron los otros capítulos, sino que hicieron “14 libros cortos”. La mayoría de ellos son textos completamente dedicados a entender el conflicto en cada una de las regiones, pero hubo dos con carácter especial: uno que buscaba entender la guerra en las dinámicas urbanas y otro que fue el impacto del conflicto en el campesinado –”Alfredo no nos hubiera perdonado no hacerlo”.

El trabajo también pasó por determinar qué testimonios iban y cuáles no, cuenta la cabeza del tema territorial. Esto fue bastante difícil, pues cada uno tenía algo importante para ella y daba cuenta de algún elemento de la guerra. Por ejemplo, esta señala que nunca olvidará el primer testimonio que recopiló y fue el de un padre, en Pitalito (Huila), cuyo hijo murió por los mal llamados falsos positivos: “Él era mecánico igual que el hijo. Nos contó que era músico y la pérdida le permitió reencontrarse con su pasión. Esto debido a que no quería ir al taller porque se acordaba de su hijo, entonces el dolor le permitió reencontrarse con la música”.

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En un sentido parecido están los testimonios de los responsables, en los que, asegura, que mientras iban contando lo que hicieron en el marco del conflicto, muchos fueron reflexionando sobre sus propias conductas: “Me impactó cómo un exparamilitar reconocía que los que más les dolía era decir a sus hijos y padres que eran asesinos. Uno no piensa en eso porque uno se hace la idea de que son monstruos malos, y uno no sabe que ellos también tienen que enfrentar a sus familias”.

Fueron todos estos elementos los que Tania y su equipo consignaron en los libros del capítulo territorial. Allí la intención fue dar a conocer las historias del conflicto, para que el país se identifique, “porque no hay un solo solo colombiano que no tenga relación con el conflicto”, e inicie una gran conversación sobre esas historias regionales.

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