Colombia + 20

14 Mar 2022 - 4:50 a. m.

La histórica votación de las víctimas por las curules de paz en Montes de María

Colombia+20 recorrió ocho corregimientos de Montes de María, que eligieron por primera vez las circunscripciones de paz, así como otras áreas rurales de 167 municipios. A pesar de ser una medida de reparación para dar voz a quienes más han sufrido por el conflicto armado, clanes políticos se quedaron con algunos escaños.
Cindy A. Morales Castillo

Cindy A. Morales Castillo

Editora General Colombia+20
En total, en las zonas rurales de los 167 municipios de las 16 circunscripciones especiales de paz había más de 1'100.000 personas habilitadas para votar.
En total, en las zonas rurales de los 167 municipios de las 16 circunscripciones especiales de paz había más de 1'100.000 personas habilitadas para votar.
Foto: Gustavo Torrijos Zuluaga

Algunos centros comunales y colegios que fueron testigos silenciosos o lugares protectores para las comunidades mientras la guerrilla de las Farc ejecutaban decenas de tomas guerrilleras o los paramilitares cometían cerca de 56 masacres, fueron los espacios donde ayer víctimas y sobrevivientes de los Montes de María votaron por primera vez por las curules de paz.

Esta subregión vivió tres décadas de violencia por cuenta del accionar de las Farc, las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) y la fuerza pública que, según informes de organismos humanitarios, dejaron más de 158.000 víctimas y más de 82.600 hectáreas de tierras abandonadas.

Por eso, Montes de María fue designada una de las 16 subregiones que elegieron este domingo las Circunscripciones Transitorias Especiales de Paz. Este territorio está conformado por 15 municipios de los departamentos de Bolívar y Sucre. En total son 138 corregimientos.

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Apenas el sábado el material electoral viajaba en jeeps bajo un sol inclemente. Iba sin prisa, porque el tiempo en algunos corregimientos de esa región parece detenido, pero también porque los caminos por estas zonas son culebreros. El sábado pasado las papeletas y urnas atravesaron con lentitud primero los 19 kilómetros que separan a San Juan de Nepomuceno de El Guamo, en Bolívar, y luego otros 36 kilómetros de una trocha destapada, irregular y polvorienta que atraviesa Robles, Tajasera y Nervití, lugares que hicieron parte del recorrido de Colombia+20.

Aquí tampoco había afán de que arribara el material electoral. “Si ya esperé la paz mis 68 años, puedo esperar otro ratico pa’ ir a votar a ver si por fin llega”, dice Omar Villegas, líder indígena del consejo comunitario en Robles. El lugar, de apenas 2.000 habitantes y menos de diez calles, tiene en cada esquina sobrevivientes de todo tipo de violencias a la espera de que con la inédita e histórica elección ocurrida ayer se concrete al fin la promesa de una reparación integral.

La elección —que se repetirá en 2026— no fue fácil, pero es que casi nada lo es en las zonas rurales del país. Menos en Montes de María, que ha estado bajo todos los fuegos y donde la violencia fue usada como un recurso para el despojo masivo de la tierra y la expulsión de los campesinos.

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“Se nos han quedado con todo… usted se da cuenta que aquí solo tenemos calor y viento. Al menos que nos dejen la curul para ver qué podemos hacer con ella”, pide Júnior, un joven de Robles que vive del mototaxismo.

Aún sin los resultados de la votación consolidados, todo apunta a que el ruego de Júnior no se hará realidad. El pulso final deja ver que el Estado volvió a fallarles a las víctimas y que, muy probablemente, los cientos de denuncias a viva voz sobre la posibilidad de que gamonales y clanes políticos se quedaran con los escaños se cumplirán. Las curules querían abrir las puertas a las víctimas y la burocracia se la cerró en la cara. Una medida restaurativa se convirtió en una nueva revictimización.

En Caracolí, a unos 15 kilómetros de Carmen de Bolívar, se desplegaron nueve mesas en tres salones del colegio de la zona. Alexánder García, de 21 años, quien votaba por primera vez, llegó temprano a ese puesto. “Primera vez que voto y lo hago también por las curules especiales de paz para que llegue un verdadero representante al Congreso que legisle en favor de nosotros. En favor de la educación, de la participación y de la seguridad de nuestros líderes y lideresas”, afirmó.

William Salcedo, de 24 años, quien también votó en ese corregimiento, fue más enfático. “No voté por nada más que por las curules de paz porque los demás están llenos de corrupción. Las víctimas nos interesan más, porque aquí todos lo somos”, detalló.

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En Cansona, a 20 kilómetros de Carmen de Bolívar, las urnas fueron ubicadas en un colegio de primaria hecho de paredes de fique y techos de teja de zinc. Se corrieron los pupitres, se pusieron las cuatro cajas de votación (Senado, Cámara, consultas interpartidistas y curules de paz) y por un día se dejó atrás la lección de las vocales. Menos de 500 personas estaban habilitadas para votar y antes de las 10 de la mañana, ya con el calor arreciando, al menos 150 lo habían hecho.

“La gente tiene mucha curiosidad, especialmente por las Citrep (Circunscripciones Transitorias Especiales de Paz) y hemos notado que ha venido a votar más gente pidiendo esa papeleta”, explicó Kelly del Toro, delegada de la Registraduría en ese puesto de votación.

Una pelea desigual por las curules de paz

Las elecciones en Montes de María fueron casi una pelea entre David y Goliath: mientras algunos corregimientos quedaron empapelados con pasacalles y panfletos de candidaturas de paz apoyadas por partidos tradicionales —algo que prohibía explícitamente la ley—, otras con las uñas reunían dinero para la gasolina y así trasladarse entre zonas.

“Yo no sé leer ni escribir, pero me puse a preguntar aquí y allá y vi que podía enseñarles a los demás dónde y cómo marcar. Si eso ya es difícil por allá en la ciudad, imagínese lo confundida que puede estar la gente aquí”, explica el líder Villegas, quien agrega que le duele que no se reconozca la importancia que tienen las curules de paz.

Justamente esas circunscripciones fueron un mecanismo transitorio creado por el Acuerdo de Paz que se firmó en 2016 entre el Estado colombiano y la exguerrilla de las Farc. Cuando se pactó este punto se hizo bajo el precepto de que la participación política de las víctimas era esencial para la paz territorial. Por eso, las 16 Circunscripciones están contempladas para las zonas rurales de 167 municipios de los departamentos más afectados por la guerra. Pero, sobre todo, para las 1.156.771 víctimas habilitadas para votar por haber sido históricamente marginadas.

“Aquí solo vinieron unos señores a darnos el precio del voto. Hasta por paquetes lo ofrecían. Pero la gente está cansada y sabe que aquí necesitamos cambios, y que eso no se combate con un billete de 20 mil”, dice Eliécer, otro líder de Robles, en referencia a algunas denuncias sobre compras de voto que se han dado en esa región.

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De acuerdo con el reporte de la Misión de Observación Electoral (MOE) publicado en enero pasado, de esos 167 municipios de las curules de paz, 94 estaban en riesgo por fraude electoral, principalmente en el Bajo Cauca antioqueño, Chocó y Montes de María. Justamente El Guamo era uno de los municipios con riesgo extremo por este delito.

En el recorrido hecho por el equipo de Colombia+20 se evidenciaron algunas irregularidades en Macayepo, corregimiento que vivió en octubre de 2000 la violenta incursión de 80 paramilitares que asesinaron al menos a 11 personas con piedras y garrotes. Testigos electorales y delegados de la Registraduría debieron sacar a personas que ingresaron varias veces y con ropa distinta a los puestos de votación con la excusa de acompañar a familiares, bajo la sospecha de estar cometiendo delitos electorales. Además, a menos de una cuadra de los puestos de votación, algunas personas dispusieron una mesa con tarjetones de las curules de paz. Desde allí pedían cédulas de las personas y las verificaban en una lista. A pesar de la denuncia de Colombia+20, ninguna autoridad hizo algo para verificar esa anomalía.

Algunas candidaturas hicieron pedagogía en unas elecciones en las que podían darle al elector hasta cinco tarjetones. Por ejemplo, en Nervití colgaron un tablero acrílico que simulaba ser la papeleta de la circunscripción de paz con las 20 listas a las curules de las víctimas. Así la gente podía enseñar cómo marcar por los y las aspirantes y luego borrar el ejercicio para que otra persona lo hiciera.

La agenda de las víctimas en el Congreso

La deuda histórica con esos pueblos se evidencia en cada una de sus calles y en el afán de los pobladores por mostrar todos los males que los aquejan. “La prensa no viene aquí, pero llévese toda la información para que la sepa alguien allá”, reclama una mujer entre una multitud de pobladores de Robles que se acercan para mostrar con apuro un puesto de salud vacío, la cancha de fútbol donde solo pasean cerdos por los charcos que se forman y un jarillón que a todas luces no impediría la más mínima creciente del río Magdalena.

Lo mismo ocurrió en Nervití. Líderes y lideresas venían en grupo con reclamos que en otras partes del país aparentemente están superados, pero que aquí y aún con su carácter urgente generaciones enteras los han ido heredando sin que nadie haya querido atenderlos: gas para no cocinar con leña y una compuerta para que la ciénaga no se seque. “Aquí la gente come si pesca, pero sin esa ciénaga ya no tendremos qué comer”, dice uno de los presentes en referencia a la Ciénaga de la Candelaria o de Nervití con 1.297 hectáreas que en los últimos años ha perdido al menos el 30 % de su afluente.

Sin las víctimas conocedoras del territorio en esos escaños del Congreso, esa agenda apremiante con la que se podría subsanar el retraso y cerrar las enormes brechas del país, jamás llegará al Legislativo.

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En un diálogo previo a las elecciones, Ernst Noorman, embajador en Colombia de los Países Bajos, país que ha sido impulsor y acompañante de la implementación del Acuerdo de Paz, afirmaba que las curules de paz eran una medida sui generis en el mundo y su implementación y seguimiento era un deber.

“El objetivo de estas curules es la posibilidad de dar voz a las víctimas y que las leyes relevantes para ellas, las que afectan los territorios o las que tienen que ver con el Acuerdo de Paz, por ejemplo, lleguen al Congreso. Es escucharlas y tener un puente entre Bogotá y esas zonas tan remotas del país. Ha sido un proceso difícil porque es en regiones muy vulnerables, pero hay que seguir con las curules de paz. No conozco otros acuerdos de paz con este tipo de medidas de reparación y eso es muy nuevo en el mundo”, explicó Noorman.

“Paz sin pan no es paz”: Mayerlis Angarita

Mayerlis Angarita Robles es una de las aspirantes más destacadas para las curules de paz en Montes de María. Hace 22 años fundó la red de mujeres víctimas del conflicto armado “Narrar para vivir”, tras la masacre de El Salado, una de las más sangrientas, perpetrada entre el 16 y el 21 de febrero del 2000 por 450 paramilitares que, apoyados por helicópteros, dieron muerte a 60 personas en estado de indefensión. Esta acción fue ordenada por el exjefe paramilitar Rodrigo Tovar, Jorge 40, quien regresó a Colombia luego de ser extraditado a Estados Unidos. Uno de sus hijos, Jorge Rodrigo Tovar, ocupará una de las curules en otra circunscripción.

Angarita es reconocida por su incansable trabajo social con más de 840 mujeres de esa red y con quienes ha logrado impactar al menos a 5.000 familias de esa región. Además, porque hizo parte de la delegación de víctimas que participó en los diálogos del Gobierno con las Farc en La Habana.

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“Mucha gente me pregunta por qué meterme en política, pero es que esta no es cualquier política, es la de nosotros las víctimas. Si queremos tener una incidencia más fuerte sobre nuestras luchas, debemos llegar a nuestros espacios de poder. Y la ecuación aquí no es tan sencilla como decirle a alguien que no se meta en los grupos armados cuando no tiene que comer. Es que paz sin pan no es paz”, enfatiza Mayerlis con su inconfundible voz ronca.

La “Maye” como le dicen la mayoría de hombres y mujeres que la saludan a su paso, ya había aspirado a la Alcaldía de San Juan de Nepomuceno hace seis años sin lograrlo, pero tiene la fe puesta en conseguir el escaño de paz. En parte por su compromiso con la comunidad, pero también como un homenaje a “mami”, como se refiere a su mamá Gloria Robles, a quien duró buscando 26 años y cuyo cuerpo apenas recuperó en diciembre de 2020.

“Mi mamá me inspiró a ser lideresa social y en esta campaña ha sido bonito porque la he llevado en el pendón y en mi camiseta. Es como que ella siempre ha estado ahí, afirma que no puede evitar romper en llanto.

Narrar para vivir, ganadores de la curul en Montes de María

En la circunscripción de Bolívar, en los Montes de María, el ganador fue Luis Ramiro Ricardo Buelvas, por el movimiento femenino Narrar para Vivir. El candidato es administrador de empresas y magíster en Administración de la Universidad Nacional. Su fórmula para esta curul fue Mayerlis, la fundadora del colectivo por el que se postularon. Ricardo sobrepasó los 7.400 votos frente a Mayerlis que alcanza más de 5.000. La organización que le siguió a Narrar para Vivir en esta circunscripción es Asproñame, con 4.393 votos seguido de la Asociación de Hombres de mi Tierra, con 4.148. Los municipios con mayor votación para esta organización fueron Chalán y Colosó (Sucre) y Córdoba (Bolívar).

Cindy A. Morales Castillo

Por Cindy A. Morales Castillo

Periodista con posgrado en Estudios Internacionales. Actualmente es la editora de Colombia+20 de El Espectador y docente de Narrativas Digitales de la Universidad Javeriana.@cinmoralejacmorales@elespectador.com
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