Publicidad

Terremoto en Pereira: “a un milímetro de la muerte”

Tras la emergencia, en medio de las historias de dolor, también están las de aquellos que, por segundos, escaparon de la muerte. Esta es una de ellas.

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Franklyn Molano Gaona
17 de agosto de 2026 - 12:40 a. m.
Sobre el Chevrolet Sail gris en el que iba Franklyn cayó un fragmento de concreto. Sobre un Renault, cayó una viga que lo destrozó.
Sobre el Chevrolet Sail gris en el que iba Franklyn cayó un fragmento de concreto. Sobre un Renault, cayó una viga que lo destrozó.
Foto: Franklyn
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Vivo en el piso 13 de un edificio del centro de Pereira. El día del terremoto, ese lunes, el amanecer fue espléndido y el sol estaba pleno. Me disponía a salir. Lavé la vajilla del desayuno, me cepillé los dientes, cerré el morral donde llevaba, entre otros, dos libros de crónicas —uno de Juan Miguel Álvarez y otro de Leila Guerriero—, guardé mi celular en el bolsillo derecho del pantalón, tomé mis gafas oscuras (soy fotofóbico) y guardé dos billetes de cinco mil pesos en el bolsillo izquierdo. Eran las 7:30 a. m.

LEA; Medicina Legal identifica a 288 de las 298 víctimas que ha recibido de terremoto en Colombia

Llamé a un Uber y me contestó Sneider, a quien le pedí que nos viéramos en la esquina de la calle 17 con carrera sexta; le dije que me reconocería porque llevaba un blazer azul oscuro, morral y gafas. Él me respondió que conducía un Chevrolet Sail gris y que llegaría en cuatro minutos, tiempo suficiente para bajar en el ascensor y salir a abordar el carro.

Giré el cuerpo en busca del carro de Sneider y vi cómo una placa de concreto caía en seco sobre el puesto del conductor, justo al lado de donde yo había estado sentado, y lo aplastaba por completo. Solo pensé: “Me salvé por un milímetro, Dios”.

Franklyn Molano

Llegué al primer piso, me despedí del vigilante y salí hacia la esquina al encuentro con el conductor. Ya estaba allí. Lo vi, abrí la puerta delantera derecha y me subí. Saludé a Sneider. Arrancó, avanzó un metro y sobrevino un fuerte sacudón que meció el vehículo. Sneider miró a ambos lados, luego hacia arriba y vio caer las primeras piedras.

—Está temblando —me dijo con la voz acelerada. Está temblando durísimo. Es mejor que se baje, ¡bájese!

El carro se movía de forma brusca; abrí la puerta, me golpeé el hombro derecho con el marco y salí hacia la calle. Ambos salimos. El piso se movía, parecía gelatina, lodo; no lograba mantener el equilibrio. La gente gritaba: “¡Tiembla, tiembla! Es un temblor, Dios mío”. Solo escuchaba cómo el concreto caía y se estrellaba contra el asfalto: pugg, pugg, pugg, cada vez más fuerte, y de nuevo: pugg, pugg.

Más información: ¿Cómo afrontar el impacto emocional después de un terremoto?

Giré el cuerpo en busca del carro de Sneider y vi cómo una placa de concreto caía en seco sobre el puesto del conductor, justo al lado de donde yo había estado sentado, y lo aplastaba por completo. Solo pensé: “Me salvé por un milímetro, Dios”. Miré a mi derecha y Sneider tenía un raspón en el brazo. Le pregunté cómo estaba; él solo señalaba y miraba asombrado cómo las piedras habían destrozado su automóvil.

Le puede interesar: Fiscalía destina esquema especial de atención en zonas afectadas por terremoto

Al lado de su vehículo, una roca más grande partía en dos a otro carro y, un segundo después, la tierra se agitó con más furia: un motociclista fue sacudido y alcanzó a ver cómo el concreto destruía su moto por completo. Intenté moverme, pero la ráfaga de piedras caía y se estrellaba contra los muros y el asfalto.

—¡No se muevan, no se muevan! ¡Quédense donde están, les cae un pedazo de piedra en la cabeza y los mata! —gritó el vigilante.

Saqué el celular y tomé las primeras fotos. Los vidrios de los establecimientos y las ventanas de los edificios estallaban. Se activaron las sirenas. Sonaban pitos. Los pedazos de concreto iban en todas direcciones; caían y caían. El movimiento era como un traqueteo intenso que crecía y crecía. Todo era ensordecedor. La gente gritaba, la gente lloraba. “Es un terremoto”, dijo alguien. La tierra crujía y no paraba. Un hombre de avanzada edad intentaba caminar por el andén; lo tomé del brazo y lo acerqué hacia mí.

—Señor, quédese quieto.

Los pedazos de concreto iban en todas direcciones; caían y caían. El movimiento era como un traqueteo intenso que crecía y crecía. Todo era ensordecedor. La gente gritaba, la gente lloraba.

Franklyn Molano

Hasta que una nube de polvo nos cubrió por completo y, un segundo después, nos dimos cuenta de que todo estaba devastado. La pesadilla tardó un minuto y quince segundos. Marqué a la asistente de la facultad y no había señal. Volví a marcar y nada. Llamé a Ángela María Cifuentes Tobón, y esa llamada sí entró.

—Tiembla en Pereira —me dijo. Le contesté que el temblor era demasiado fuerte.

—¿Tú cómo estás? —siguió ella.

Yo de inmediato le envié las fotos y le dije: “Yo estaba en ese carro”. Hubo un leve silencio y ella anotó con voz entrecortada:

—¡Franklyn, estás vivo de milagro!

La llamada se interrumpió y entró la de mi hermano Orlando: “Tiembla en Pereira… ¿Tú cómo estás?”, dijo él. Intenté retirarme el polvo de los ojos, le envié las fotos y solo le dije: “Mira, yo estaba en ese carro”. Él me respondió: “Mi hermano, te salvaste de milagro. Te salvaste por un milímetro. El pedazo de concreto casi te aplasta”. La comunicación se cortó.

Ingresó una llamada de Diana Lorena Ortega, profesora del programa de Comunicación Audiovisual y Digital, quien de inmediato me dijo que había que salir del centro, que había que buscar un lugar despejado. Le dije que nos viéramos en La Lucerna, a pocos metros de allí. Tomé la carrera sexta, llena de personas asustadas, hombres y mujeres llorando que observaban a su alrededor escombros, piedras, vidrios, tejas… Me encontré con Diana Lorena y nos dimos un fuerte abrazo. Me preguntó cómo estaba, le conté lo del golpe en el hombro y me atendió.

—Estamos vivos. Estamos vivos —dice.

Guardé silencio y pensé: “La tragedia apenas comienza”.

De periodista a protagonista

Franklyn Molano es periodista, cronista, docente e investigador cultural colombiano. Aunque nació en Bogotá, se radicó en Pereira y se convirtió en voz del periodismo narrativo y la difusión cultural en el Eje Cafetero. Es magíster en Literatura por la Universidad Tecnológica de Pereira (UTP) y se ha desempeñado como docente en comunicación, cultura y memoria sonora en instituciones como la Fundación Universitaria del Área Andina. Ha publicado en medios como El Tiempo, revista Semana, La Patria (Manizales), La Tarde (Pereira) y medios digitales como La Cola de Rata y Barequeo. Ha estado al frente de proyectos radiofónicos dedicados a la cultura, entre ellos el programa “Las voces de la cultura”, en la emisora cultural Remigio Antonio Cañarte de Pereiray es autor del libro de crónicas y relatos “Ese Can, para más señas”.

Para conocer más noticias de la capital y Cundinamarca, visite la sección Bogotá de El Espectador.

Por Franklyn Molano Gaona

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.