
Antes de venir a Colombia por primera vez, la madre de Óscar Sevilla ya había escuchado de todo. Que si la guerrilla, que si un secuestro, que si un accidente, que mataron a fulano. Las amigas le preguntaban lo mismo: ¿qué hace tu hijo en un país tan peligroso? Y ella, desde España, sufría por él.
“El Macho” (apodo de cariño que recibió en Colombia) llevaba poco tiempo en el país y no quiso discutir con las noticias. Convenció a su madre de que viniera y se convirtió en lo que él mismo llama “un buen embajador”: la llevó a la costa Caribe, a Medellín, al Eje Cafetero, a Boyacá, a la sabana de Bogotá. El día de la despedida, ella lo miró y le dijo: “Hijo mío, me puedo morir tranquila. Sé con qué clase de gente estás. Te veo feliz. Nunca te había visto sonreír con esa ilusión”.
Su madre ya falleció, pero Sevilla recuerda esas palabras al pie de la letra. Para él fue la confirmación de que Colombia ya no era solo el lugar en el que continuaría su carrera profesional: era su casa.
Hoy, más de 15 años después de su llegada, el español habla del país como su segunda patria. Aquí están su esposa Ivonne y sus dos hijas colombianas, y buena parte de los afectos que construyó en una trayectoria que se resiste a terminar.
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A los 50 años recién cumplidos, el Team Medellín le renovó el contrato por una temporada, una noticia que llegó a la par que su cumpleaños. Ya no necesita levantar los brazos para sentir que su esfuerzo valió la pena. Se siente igual de apto para ganar que para aportar, y disfruta cuando un compañero cruza primero la meta después de que él trabajó para abrirle el camino. “Me siento joven de mente. Quizá con la veteranía de 50, pero con las piernas de 35. Realmente me siento muy contento de seguir”, dice. No descarta buscar una victoria propia, aunque ahora su prioridad es el objetivo colectivo.
Su decisión de seguir no dependió solo de la confianza del equipo. También cuenta con la disciplina que conserva, una familia que lo anima y unas condiciones físicas que todavía le permiten competir al máximo nivel. “Mi mujer me dice que corra muchos años más, no me quiere en la casa. Soy muy interactivo”, comenta entre risas.
También pesa su relación con el Team Medellín, en el que le ayudó a construir una estructura que ha llevado el nombre de la capital antioqueña y de Colombia a carreras de varios continentes. Dentro del equipo, su papel también consiste en interpretar las carreras, conversar con los directores sobre las alternativas tácticas y ayudar a los jóvenes a encontrar su lugar. Se define como un motivador que intenta sostener la confianza y el buen ambiente, incluso cuando los resultados no llegan.
Esa generosidad tiene una historia. Cuando llegó en 2010, Sevilla traía a cuestas algunas de las carreras más importantes del World Tour y conocía Colombia por los colombianos con quienes había compartido equipo: les había oído hablar de montañas interminables, de la altitud, de la pasión con que el país vivía las carreras. Pero una cosa era escucharlo y otra vivirlo.
Lo que vio le impresionó y a la vez le hizo ruido. El talento estaba a la vista; lo que echaba de menos, desde su mirada europea, era el método. Venía de una cultura en la que la alimentación, la planificación, la recuperación y la preparación mental tenían una estructura definida, y aquí encontraba corredores que compartían uniforme pero competían cada uno por su cuenta, comidas poco adecuadas para deportistas de alto rendimiento y entrenamientos que no siempre respondían a un plan riguroso.
No quiso presentarse como dueño de la verdad. Contó lo que había aprendido: cuidar la alimentación, repartir las cargas, respetar los descansos, entender que el rendimiento se construye con decisiones pequeñas y cotidianas.
Al principio lo miraron raro. Lo consideraban un poco loco cuando, después de etapas de unos 180 kilómetros, todavía se subía al rodillo para recuperar. Dudaron también cuando afrontó la contrarreloj de Anapoima con bicicleta y equipamiento aerodinámico, convencido de que la técnica y la confianza podían marcar la diferencia. Con el tiempo, muchas de esas prácticas se volvieron normales.
Defendió, además, una idea que sigue repitiendo: el gregario vale tanto como el líder, porque las victorias no se construyen solo con las piernas de quien cruza primero la meta. Se necesitan estrategia, sacrificio y compañeros capaces de poner sus aspiraciones al servicio de un objetivo común.
Hoy reconoce que el ciclismo colombiano avanzó mucho en su profesionalización, aunque ve pendientes en la formación de los jóvenes, en los recursos y en la estructura de algunos equipos. Para él, el talento sigue ahí; la tarea es acompañarlo y evitar que las expectativas aceleren los procesos. Habla con admiración de Nairo Quintana, con quien compartió en Cartagena para su despedida y cuya carrera considera determinante para una generación. “Creo que Nairo marcó una etapa. Él llegó a Europa chiquitico, menudito, con timidez y cierta falta de confianza. Sin embargo, recuerdo verlo competir acá en Colombia y tenía una facilidad impresionante para subir. Era un motor exagerado”. Asimismo, dejó una anécdota de la primera victoria de Nairo en Europa. “Él compartía apartamento con Sergio Luis Henao en Pamplona; llegó muy contento tras ganar la etapa de alta montaña en la Vuelta a Murcia, diciendo emocionado: ‘Nadie creía en mí’”.
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De la nueva camada, rescata el nombre de Juan Felipe Rodríguez. “Desde su tiempo en el Team Sistécredito sorprendía con la facilidad con la que rompía las carreras en la subida. Además, es muy disciplinado. Me lo encuentro en ocasiones entrenando solo por La Vega-San Francisco cumpliendo con sus planes de acondicionamiento”.
Mientras tanto, sigue encontrando motivos para salir y continuar con la rutina de ciclista profesional. Le gusta entrenar por la sabana de Bogotá, disfrutar de las etapas en Medellín y cerrar una jornada fría con un buen ajiaco.
Colombia, dice, también lo cambió: “Aprendí a ser más optimista, porque quizá el europeo siempre es más pesimista. Viví situaciones en las que valoré muchas cosas, y eso me enseñó a ser mejor persona, mejor deportista, mejor compañero. Y ahora solo tengo palabras de agradecimiento con Colombia”.
Este fin de semana, el Clásico RCN le ofrece una nueva oportunidad para demostrar que todavía puede ser protagonista. El Team Medellín defenderá sus aspiraciones con Diego Camargo como referente para la clasificación general y Wilmar Paredes como una de sus cartas para las etapas rápidas. Sevilla estará dispuesto a trabajar para ellos, aunque no descarta aprovechar una oportunidad si la carrera se lo permite. “Si gano una etapa en el Clásico, sería el más feliz del mundo. Sería como si la ganara con 18 años”. El año pasado estuvo cerca y fue segundo en la jornada que terminó en Facatativa.
Su historia comenzó lejos de estas carreteras, pero hoy tiene una explicación sencilla para seguir aquí. Mientras conserve la ilusión y la posibilidad de ayudar a los demás, todavía habrá razones para seguir.

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Ccdaw(0kmc6)•Hace 5 horasCondenado para siempre por dopping, decidió venir a Colombia a envenenar nuestros ciclistas
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percibal(740sx)•Hace 14 horasGran historia, el ciclismo es mi deporte!