
Horas antes del partido entre Barcelona y París Saint-Germain el juego estuvo rodeado por una tensión inesperada. París arde. El inconformismo comenzó hace casi un mes como una protesta de estudiantes de secundaria en los suburbios de la capital francesa, pero con el paso de los días se transformó en un movimiento mucho más amplio, uno de alcance nacional, marcado por el rechazo al encarecimiento de la vida, los recortes presupuestarios y las políticas del gobierno de Emmanuel Macron. Mientras en las calles la temperatura no deja de subir y las imágenes de disturbios le dan la vuelta al mundo, el ministro del Interior de Francia, Laurent Nuñez, tuvo que salir a calmar las aguas: “Se ha planteado la posibilidad de posponer eventos. La cuestión no se plantea para el partido de PSG contra Barcelona. Los partidos no están en entredicho”.
Mire más: Cristiano Ronaldo, sancionado 30 días tras su polémica con Portugal
En medio de ese escenario convulso, el fútbol aparece como una especie de oasis, pero también como un espectáculo que no puede desprenderse de su contexto. El partido concentra la atención del mundo y es el juego que cualquier futbolero quiere ver. París Saint-Germain, vigente bicampeón de la Champions League, aparece como la primera gran prueba del equipo que hoy todos señalan como el mejor del momento: el Barcelona de Hansi Flick. Por azares del calendario, el club que dominó Europa en los últimos años se cruza muy pronto con el conjunto que más asombro está generando en esta temporada. Es apenas el inicio de la Liga de Campeones, una fase de liga larga, abierta y todavía engañosa, pero el duelo sirve para medir la temperatura de dos aspirantes reales al título.
La pregunta es inevitable: ¿por qué Barcelona es el equipo del momento? La respuesta está en los números, pero también en las sensaciones. Pocos equipos en Europa han comenzado una temporada con un nivel de autoridad semejante. El cuadro catalán suma 11 victorias en 11 partidos oficiales y, aunque todavía persigue el registro absoluto del Bayern Múnich de la temporada pasada, su inicio ya se instaló entre los más impresionantes de los últimos años. Más allá de la racha, lo que deslumbra es la manera: no se trata únicamente de ganar, sino de imponer un ritmo, una intensidad y una contundencia que han reducido a sus rivales.
Ahí es donde aparece la diferencia abismal con casi todos los demás equipos del continente. Barcelona no solo vence: arrasa. El único partido en el que no hizo tres o más goles fue el 2-0 contra Athletic de Bilbao. En total, acumula 49 goles a favor en apenas 11 encuentros, una cifra descomunal que habla por sí sola. Dicho de otro modo, anota a un promedio superior a los cuatro goles por partido. Es una máquina ofensiva que combina vértigo, posesión, presión alta y una eficacia demoledora en los últimos metros. Cada ataque suyo da la sensación de llevar peligro real.
Sin embargo, sería injusto reducir el fenómeno del Barcelona únicamente a su capacidad para marcar. Entre esos datos hay uno igual de importante: ha recibido 11 goles en esos mismos 11 partidos. Traducido, apenas uno por encuentro. La defensa, que había sido una de las grandes preocupaciones de Hansi Flick durante sus dos primeros años, parece haber dado un salto significativo. El equipo está más compacto, más ordenado y más agresivo en la recuperación. En esa mejoría ha pesado mucho la inclusión de Rodri, cuya jerarquía elevó de inmediato el nivel colectivo. A su lado conviven talentos como Pedri, Pau Cubarsí, Fermín López, Raphinha y Lamine Yamal, varios de ellos con nivel suficiente para entrar en la conversación por el Balón de Oro.
No se pierda: PSG vs. Barcelona: hora y dónde ver en vivo el partido de la fecha en Champions League
Ese contexto invita a pensar que los españoles llegan como favoritos, sobre todo cuando sus cifras se comparan con las del PSG. Los franceses no atraviesan un mal momento, pero su arranque ha sido bastante menos exuberante. No son líderes en su liga, registran siete triunfos, dos empates y dos derrotas, y sus números ofensivos y defensivos quedan muy lejos de los del Barcelona: 26 goles convertidos y 14 recibidos. Han hecho prácticamente la mitad de los tantos del cuadro azulgrana y su portería ha sido vulnerada con mayor frecuencia. Incluso hay un detalle que añade morbo al enfrentamiento: su goleador en esta campaña es Ferrán Torres, un descarte reciente del conjunto catalán.
Eso sí, sería un error leer esos datos como si el partido ya estuviera definido. PSG ha demostrado en las últimas temporadas que su camino hacia la gloria continental no siempre empieza con autoridad. De hecho, en las dos Champions que conquistó ocurrió algo similar: fases iniciales con dudas, resultados discutidos y la sensación de que el equipo todavía estaba buscando su mejor versión. Después, sin embargo, llegaba el momento de la verdad y el cuadro parisino terminaba convirtiéndose en una bestia competitiva. Esa memoria reciente obliga a la prudencia. PSG, incluso en horas bajas, sigue siendo uno de los equipos más peligrosos del mundo. Lo dejó claro la semana pasada, cuando venció 4-2 a Manchester City, otro de los conjuntos que mejor había empezado la temporada en Inglaterra.
Si hay un técnico capaz de encontrarle grietas al Barça, ese es Luis Enrique. Obsesivo, detallista y acostumbrado a estos escenarios, el entrenador español habrá estudiado hasta el cansancio las virtudes y las debilidades del equipo de Flick. Barcelona deslumbra, pero no es invulnerable. A veces, cuando adelanta tanto sus líneas y lleva la presión al límite, deja espacios que un rival preciso puede castigar. PSG tiene argumentos para hacerlo: velocidad, talento individual y una estructura táctica que suele crecer en noches grandes. De ahí que el partido prometa algo más que un simple choque de candidatos: puede ser un duelo de estilos, de filosofías y de egos futbolísticos.
También es posible imaginar un encuentro de ida y vuelta, vibrante, de esos en los que cada gol parece empujar al rival a responder de inmediato. Un espectáculo con ritmo de eliminatoria, aunque todavía no lo sea. Un partido marcado por la sensación de que cualquiera puede herir y de que nadie llegará dispuesto a especular. En ese sentido, el antecedente del Bayern contra PSG de la temporada pasada funciona como referencia: cuando dos potencias europeas se sueltan y se desafían sin miedo, el resultado suele ser un espectáculo memorable.
Por eso, más allá del humo que cubre París y de la ciudad en ebullición, el balón no deja de ofrecer otra clase de incendio. Uno simbólico, futbolístico, igual de abrasador. Afuera, la capital francesa arde por su crisis social. Adentro, en el estadio, arderá por otra razón: porque el campeón vigente pondrá a prueba al equipo más encendido del continente. Y porque en una noche así, con París en llamas como telón de fondo, el fútbol puede regalar uno de esos partidos que parecen escritos para quedar en la memoria.

🚴🏻⚽🏀 ¿Lo último en deportes? Todo lo que debe saber del deporte mundial está en El Espectador
Manténgase al tanto de toda la información deportiva con la SEDE. Estamos en 📷 Instagram 📹 Tik Tok y 📱Facebook