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13 Dec 2021 - 3:28 a. m.

Óscar Rivas: La vida a futuro

El Vallecaucano, campeón mundial de la categoría Bridger del Consejo Mundial de Boxeo, es un verdadero luchador. Una historia llena de montañas rusas.
Andrés Montes Alba

Andrés Montes Alba

Periodista Especiales Editoriales
Óscar Rivas, el primer campeón mundial de peso Bridger del Consejo Mundial de Boxeo.  / Getty Images
Óscar Rivas, el primer campeón mundial de peso Bridger del Consejo Mundial de Boxeo. / Getty Images
Foto: Getty Images - Minas Panagiotakis

El deseo de revancha es el mejor combustible para un boxeador. Óscar Rivas tuvo que irse de Colombia para encontrarle en Canadá un futuro a su vida. Nació con el lastre del infortunio. Nació pobre en un país desigual, negro en un país racista, y aunque lo más importante del boxeo es salir vivo del ring, Rivas lleva los 34 años de su vida jugándose todo a los golpes, casi todos desvanecidos buscando la suerte, hasta que encontró la gloria. Hoy es el peso pesado más importante de la historia del boxeo colombiano.

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Las siguientes 48 horas al 22 de octubre de 2021, después de que el juez le levantara los brazos, tras molerse a golpes durante doce asaltos ante el canadiense Ryan Rozycki, Rivas no durmió tras escuchar lo que soñó durante toda su vida. “El campeón mundial es Óscar Rivas”. Sus ojos se perdieron cuando inclinó la cabeza, miró a la nada y su único gesto eran sus labios diciendo, o mejor, diciéndose, “gracias, gracias, gracias”.

En medio de toda esa euforia, en el cuadrilátero del Olympia Theatre, en Montreal (Canadá), país que lo acogió hace más de una década y donde vive junto a su esposa y tres hijos, Rivas le dijo gracias a su madre por llevárselo a Cali y sacarlo de Buenaventura, un lugar que podía darle miseria, violencia y muerte. También le dijo gracias a su primo, que fue una víctima más de nuestro conflicto y nuestras guerras internas, cuya muerte le enseñó que merecía un destino y una vida mejor. Y su último gracias fue para él. Esa noche de octubre, solo pensó lo jodido que es ser deportista de un país sin futuro. Recogió basura, trabajó en un montallantas, en construcción, en lo que fuera. Y cuando quiso soñar y volar alto, Canadá le negó la visa tres veces.

Hoy luce sonriente y se pasea con su cinturón al hombro que lo acredita como el primer campeón mundial de peso Bridger del Consejo Mundial de Boxeo (CMB). Antes de esa noche, Óscar ya sabía lo que era probar la gloria. Primero ya había sido rey indiscutido del peso pesado de la Organización Norteamericana de Boxeo (NABF), la Federación Norteamericana de Boxeo (NABO) e interino de la Federación Internacional de Boxeo (FIB), este cinturón, del CMB, tiene mayor validez por el prestigio, la tradición y el reconocimiento que tiene el Consejo Mundial en el deporte de las narices chatas.

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Sus heridas y lesiones lo han marcado. Sufrió de un desprendimiento de retina en un ojo y junto a su amigo y hermano Eléider Álvarez ha vivido la vida con todas sus montañas rusas.

El boxeo recoge las almas de los orígenes más humildes. No es mentira que quienes deciden entrar al ring lo hacen porque afuera no tienen nada. Que todo se juega asalto tras asalto. Rivas ya le ganó a la vida. Cuánto tiempo defienda su cinturón de campeón es algo que ni él mismo sabe.

Porque cuando más somos felices más nos golpea la nostalgia. Hoy Óscar abrazó su historia, se perdonó sus errores y valoró sus esfuerzos. Eso lo hizo ver su futuro. “Ahora mi mayor sueño es tener una fundación, llevar el deporte a los barrios más humildes de Cali y hacer que otros tengan las oportunidades que a mí me faltaron”. Una fundación, con su gente. Vivir a lo simple. Eso sí, confiesa su miedo a las secuelas. “No quiero que ningún golpe que haya recibido en el ring me haga olvidar todo lo bonito que me ha pasado”.

El futuro no apunta a otro lado que el de pelear como cuando comenzó, con las mismas ganas y la misma sed. ¿Qué carga en cada guante? Rivas responde: “En cada uno llevo dos palabras, perseverancia y confianza. Es casi que cargar a cuestas en un puño el pasado, las derrotas, las heridas y las caídas, y en el otro llevar la convicción de ser alguien, de que pasé más de doce años como boxeador profesional y por fin gané algo”.

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Y es que a Óscar, como a Eléider y al mismo Pambelé, nos les quedó otra que subir, porque vinieron desde muy abajo.

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