
El viento resopló, hizo chasquear las hojas de los árboles. Las nubes más oscuras llegaron al pueblo justo antes del atardecer. “Terremoto. Terremoto. Va a volver a temblar”, exclamó uno de los habitantes, que ya estaba borracho. En esa tarde dominical de septiembre ya llevaban tres días festejando el cumpleaños 56 de un colegio en ruinas, en el que se dejaron de dar clases.
Nicolás Forastero Tunai tiene 21 años y es de estatura mediana, su cabello es negro y liso; le cae como flechas sobre la frente. Sus ojos son oscuros y achinados. Tiene la piel dorada y está adornada por unas marcas en tinta azúl que él mismo diseñó, inspirado en los troncos de los árboles. Se trata del kipará, que se conoce en español como jagua, pero que del embera traduce “muchos gusanos”. Vive en Catrú, municipio del Alto Baudó (Chocó). Es el primer resguardo indígena que se encuentra subiendo por el río Dubasa. Más abajo se encuentra con el Baudó.
Él estaba con sus hermanos viendo el cielo cuando los interrumpió el grito. Todo el pueblo paró sus actividades al escuchar los truenos y ver los rayos. La tensión los mantuvo quietos. Todos recordaban que así se había puesto el clima en la mañana del lunes 10 de agosto, cuando el sismo afectó todas las construcciones hechas en cemento: dos escuelas, el centro cultural —que antes fue una iglesia— y dos casas.
El efecto fue para 15 departamentos. Más de 300 personas fallecieron y 778.274 quedaron damnificadas, según el último reporte de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo y de Desastre (UNGRD). Las primeras estimaciones del Gobierno apuntan a que las pérdidas económicas suman un total de 30 COP para toda la zona afectada.
En Catrú, las demás viviendas son de madera y reposan sobre sus palafitos. Algunas de ellas tienen zonas torcidas o tablas flojas, pero nadie habla de ello ni le echa la culpa al terremoto.
Tampoco hubo afectación alguna en el acueducto, alcantarillado, sistema eléctrico ni de recolección de basuras, porque nunca ha existido. Así ha sido siempre para el asentamiento en el que viven más de 1.300 personas de la comunidad indígena Embera Dóbida.
De servicios públicos, solo tienen una planta que funciona con aceite quemado y les alcanza para cuatro horas de luz al día, de 6:00 a 10:00 p. m. También tienen señal e internet porque una empresa de telecomunicaciones puso una antena cerca. Para lo demás, se las arreglan con la lluvia y el río Dubasa.
Las casas siguen un patrón. En la entrada hay una zona despejada que se usa para colgar las hamacas. Luego siguen las habitaciones y al fondo está la cocina con un mesón, un fogón de leña y una caneca grande que recibe la canaleta que llega del techo —sirve para recoger el agua lluvia y cocinar con ella. El baño es un concepto que no existe y cuyas actividades derivadas se realizan todas en el río.
En el suelo del pueblo se encuentran todo tipo de etiquetas y envolturas, botellas de plástico y vidrio, latas y otros residuos de los productos que traen desde Puerto Meluk —cabecera municipal del Medio Baudó—, tras unas cuatro horas de viaje río arriba. Cuando pregunté qué hacían para desechar pañales o toallas higiénicas la respuesta fue que se los lleva el río.
Pero el río no se puede llevar los escombros que dejó el sismo de magnitud 7,4. Especialmente aquellos que antes fueron parte del colegio, en el que operan dos instituciones educativas: Mario Chamorro (con el bachillerato en la mañana) y Patricio Mecha (con la primaria en la tarde). A la primera es a la que le celebraron el cumpleaños todo el fin de semana. Por eso, el domingo, ya casi todos los hombres del pueblo estaban borrachos, emborrachándose más o dormidos por la borrachera.
Bernildo Papelito Forastero, gobernador de la comunidad Dubasa 1, era de los pocos que estaba en pie y podía hablar de lo ocurrido. El español es su segunda lengua y, en ella, cuenta que todavía están alertas porque vieron en las noticias que podía ocurrir una réplica. “Estamos asustados. A las 6:00 p. m. en punto todos están en la casa”, dice el gobernador.
El colegio tiene dos zonas que forman una ele, una pequeña con algunos salones y laboratorios y otra más grande, de dos pisos, con el resto de las aulas. En el primero se ven los bloques grandes de escombros —entre grises y amarillos— que fueron apilados en frente del salón que antes formaban.
En el segundo, está la construcción más afectada, de fachada blanca y detalles en colores azules y verdes. Las columnas del primer piso están ladeadas o torcidas, pero todavía sostienen el segundo piso. Los salones tienen grietas en todas las paredes y, en algunos casos, huecos. Sobre los pupitres hay más escombros y algunas varillas de acero. Todos los marcos de las puertas quedaron incompletos porque se les cayó algún pedazo.
Nicolás advierte que no es seguro subir. Avanzo despacio, un escalón a la vez. Mido la resistencia de cada uno con el peso de mi cuerpo. Ya arriba hay paredes por la mitad, sobre las que todavía quedan los dibujos de los niños. Al fondo a la derecha no hay tejas y la plancha —que hace las veces de suelo— está interrumpida y en el medio solo quedó un pupitre y una silla. A la izquierda hay más salones con trozos de concreto esparcidos.
Nadie se atreve a entrar al colegio ni a recoger nada. El estado de la estructura da para pensar que cualquier modificación puede llevarla al colapso. Incluso hay bloques de cemento que —todavía— caen de las paredes.
Nicolás está en grado once en el Mario Chamorro, donde se las arreglan para mantener las clases y terminar el año, aunque con un horario reducido. Cuenta que los estudiantes deben ir hasta las casas de los profesores para recibir dos horas y media de clase por turnos, unos de 6:30 a 9:00 y otros de 9:30 a 12:00 de la mañana., cuando antes estudiaban de 6:30 a. m. hasta la 1 p. m.
Papelito Forastero agrega que la escuela atendía a varias comunidades indígenas: Cañandó, Puntoviejo, Carrizal, Docasina y Playagrande, que representan 236 los niños y niñas afectados de primaria y secundaria, desde los 6 años. Aunque las cifras oficiales de la Gobernación del Chocó establecen otro reporte para las dos instituciones que funcionan en el mismo lugar: en la IE indígena Patricio Mecha sede principal son 340 estudiantes sin acceso a educación y en Patricio Mecha sede Catrú central (nombre oficial del colegio Mario Chamorro) son 23 afectados.
En medio de la ele que es el colegio, hay un planchón de cemento que quedó con algunas grietas y huecos en los que se represa el agua sucia. En el techo se ven los espacios de las tejas que se cayeron. Ahora están apiladas en un rincón. Ese lugar se construyó en 1972 como una iglesia católica, pero de eso solo queda la base de un Jesús que perdió ambos brazos hace tiempo. Ahora es el centro comunitario, donde celebran, se reúnen y los niños inventan juegos o corren desnudos.

Al fondo están las ruinas de dos casas de dos pisos, cubiertas con polisombra negra. Las paredes de arriba se cayeron, lo que deja expuesta la estructura de la vivienda. Los habitantes se mudaron más lejos del centro, a casas de madera. Estas son solo dos de las 2.289 afectadas en el Alto Baudó, de las 33.078 en el Chocó y de las 119.752 del país, según los últimos reportes oficiales.
En el departamento, antes del sismo, ya había un déficit de 59.000 hogares rurales sin vivienda adecuada, según un informe sobre déficit habitacional rural en Colombia del Ministerio de Vivienda, publicado en marzo de 2026.
No solo faltan casas, Chocó es uno de los cinco departamentos con mayor pobreza multidimensional con el 30,8 % de sus habitantes en esa condición y el 41,5 % en las zonas rurales, según el DANE. A esto se le suma la brecha étnica, pues en Colombia el 46,8 % de las personas que se autorreconocen como indígenas son pobres multidimensionales.
Por ahora, en la comunidad, la cotidianidad cambió y así se ha mantenido tras el terremoto, pues permanecen las medidas provisionales y las ruinas hacen parte del paisaje.
Catrú es el primer resguardo indígena al que se llega —desde Puerto Meluk (Medio Baudó)— tras cuatro horas de viaje en panga por el Baudó y luego por el río Dubasa. Las de más abajo, por el río, son comunidades afrocolombianas.
Río arriba hay más poblaciones indígenas, aunque son cada vez menos. El gobernador de Dubasa 1 cuenta que ahora son cinco comunidades las que comparten la misma zona. “Hay muchos enfrentamientos entre los grupos armados. Los de más arriba, por miedo, prefieren venir para acá que somos más”.
La población se ha ido concentrando allí desde 2010 debido al conflicto armado. De hecho, hay varias alertas de la Defensoría del Pueblo que pide atención efectiva y urgente para las comunidades del resguardo. Los enfrentamientos entre el ELN y las llamadas Autodefensas Gaitanistas de Colombia (Clan del Golfo) han generado desplazamientos internos y masivos o confinamientos de la población en los momentos más críticos de las disputas. Hay alertas con fechas de 2014, 2017, 2020, 2021 y 2022 que califican el riesgo como “estructural”.
Las ayudas que llegan a la comunidad son pocas y casi ninguna viene del Estado, tanto antes como después del terremoto del 10 de agosto.
La emergencia es un susurro en Catrú, pero es ruidosa en ciudades como Quibdó (Chocó), Pereira (Risaralda), Cali, (Valle del Cauca) y Manizales (Caldas). Es allí es donde se han concentrado las ayudas y esfuerzos de la reconstrucción; es poco lo que alcanza a llegar a las zonas rurales más dispersas, con transportes más costosos y mayores tiempos de recorrido.
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El camino hasta Catrú
Llegar al resguardo indígena tarda unas ocho horas y requiere de dos medios de transporte.
El viaje comienza en Quibdó, desde donde se puede tomar un bus o una camioneta que presta un servicio de puerta a puerta y se demora unas cuatro horas en llegar, a menos de que ocurra algún imprevisto. Al hacer el recorrido, el vehículo en el que viajaba fue detenido por un policía que pedía dinero a cambio de que no tuviera “inconvenientes”, para después, revisar los documentos de identidad de los pasajeros.
El primer tramo del recorrido finaliza en el puerto. Allí, el río Baudó pasa de largo, pero deja que una de sus curvas entre, un poco, a Puerto Meluk. La sequía impide que el agua alcance las escalas, queda una playa amplia en la que se encallan las pangas hechas de fibra de vidrio. Las hay más grandes o pequeñas, con uno o dos motores. Unas se encallan desde la punta, otras, con uno de sus lados.
Las personas recorren la playa de un lado a otro. Sacan los racimos de plátano o banano que traen los botes —principal fuente de ingresos en la región— y los dejan en fila en las escaleras del puerto. Después suben cajas con botellas de cerveza, gaseosas, enlatados, granos y demás productos.

El precio de compra de los racimos cambia todos los días, de acuerdo con la cantidad de producto que llegue. Ese fin de semana de septiembre una ración —con 64 unidades de plátano— valía COP 70.000 porque era poca la oferta. En momentos de bonanza, el precio cae hasta los COP 30.000.
Con el dinero que reciben, las personas compran alimentos —como arroz y aceite— y gasolina para el regreso. A veces el pago son directamente dichos productos, lo que mantiene vivo el trueque en la región.
Ahí comienza la segunda parte del recorrido: cuatro horas de viaje en panga de subida a contracorriente —la bajada demora la mitad del tiempo—. El viaje se hace al sol o al agua y se dificulta el paso en los tramos donde el río es menos profundo. Nicolás conduce los motores desde el fondo del bote y su hermano Casildo (de 17 años) es el puntero, se hace adelante con un palo para dar impulso en los momentos de bache en los que es necesario apagar el motor.
La gasolina es la que marca la rentabilidad de los viajes, de los cultivos y productos, mide el precio. Un galón cuesta COP 20.000 en el puerto, pero en Catrú el precio sube a los COP 25.000. Dicho recorrido requiere de cuatro galones, pero también se debe pagar por el gasto de regreso.
El tiempo, los costos y distancias son barreras que tienen que cruzar las ayudas humanitarias, así como los materiales para la reconstrucción.
Dentro de la comunidad evalúan las posibilidades de no hacer nuevas edificaciones con cemento y ladrillo porque no se pueden cargar muchos en un solo viaje. En caso de volcarse, caerían al fondo del río y serían imposibles de sacar. En cambio, hay elementos naturales que abundan en el territorio, como guadua, bambú y madera, más cercanos a las tradiciones ancestrales de los Embera.
Se pueden usar esos elementos e inmunizarlos con sales naturales para ahorrar costos. Aunque también se requiere llevar puntillas y cubiertas livianas, de acuerdo con Nelson Vargas Ortiz, docente de Uniagraria y experto en construcción rural. Él asegura que es posible darle uso a los elementos de las construcciones que deben ser demolidas.
Otro reto importante es la mano de obra. Juan Andrés Oviedo, doctor en Ingeniería Sísmica y Estructural y expresidente de la Asociación Colombiana de Ingeniería Sísmica, considera que la autoconstrucción es una alternativa que no debe ser descartada. Pero se le deba dar un marco de diseño para crear infraestructura segura con menos ingeniería.
Los expertos proponen proyectos educativos que capaciten a los responsables de las obras, para que entiendan el riesgo de sus prácticas y hagan unos ajustes para pasar de la práctica informal a una con menos vulnerabilidades.
Catrú —y Chocó en general— requiere de conocimiento y recursos para reparar lo que afectó el terremoto y construir la infraestructura de servicios públicos que la comunidad nunca ha tenido. Pero las soluciones tienen que ser acordes al territorio, a sus potencialidades y limitaciones.
Mientras eso pasa, Nicolás ayuda a cargar costales con ropa, juguetes, botellas con agua y mercados para subirlos a la panga y que lleguen a Catrú. Una vez allí, se descargan y reparten entre los habitantes del pueblo que todavía esperan que vuelva a temblar.
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Ulises20(10892)•Hace 49 minutosAutoconstrucción es una alternativa viable y conveniente. El SENA tiene la experticia necesaria y los instructores idóneos. Es más, a los aprendices-operarios se les paga un salario y así se ayuda a solucionar otro problema: el del sustento diario, sin recurrir a subsidios. Hay alternativas de solución. Claro, no son "espectaculares", son efectivas
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Lola(15127)•Hace 1 horaEl terremoto sirvió para que una vez más saliera a la luz la miseria en la que vive el pueblo chocoano. Periodistas internacionales se fueron sorprendidos al ver la desigualdad social tan enorme que hay en Colombia. Visitaron los daños en Cali, la mayoría en estratos cuatro y cinco y luego el Chocó, la brecha social es abismal. Pero ya no se habla de plan Marshal, ni de las donaciones de los más ricos empresarios, ni de la ayuda de la fundación de la primera dama y mucho menos la del fondo mila.