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La informalidad laboral cedió frente al año pasado, pero todavía abarca a más de la mitad de los trabajadores colombianos. Al mismo tiempo, el país perdió unos 52.000 ocupados jóvenes en un año y las mujeres campesinas registraron una tasa de ocupación casi 35 puntos porcentuales inferior a la de los hombres, según el más reciente informe del DANE. De manera que detrás de los indicadores generales persisten diferencias profundas según la edad, el género y el lugar de residencia.
Entre junio y agosto de 2021, la tasa de informalidad era del 59,7 %. En el mismo periodo de 2026 llegó al 54,8 %, una reducción de 4,9 puntos porcentuales en cinco años. El cambio es considerable cuando se observa el periodo completo, aunque el resultado más reciente revela un avance mucho más lento: frente al 55,2 % registrado un año atrás, la caída fue de apenas 0,4 puntos.
La distancia entre las ciudades y el campo es más pronunciada. En las 13 principales ciudades y áreas metropolitanas, el 40,7 % de los ocupados trabajaba informalmente. En los centros poblados y las zonas rurales dispersas, la proporción ascendía al 83,1 %. Allí, más de ocho de cada diez trabajadores estaban en esa condición: en la burbuja de los empleados sin protección ni garantías en pensión y salud.
Las diferencias también aparecen al comparar ciudades. Sincelejo registró una informalidad del 65,4 %, seguida de Cúcuta y Riohacha, con 62,4 % y 61,6 %, respectivamente.
Bogotá tuvo la menor tasa, del 34,1 %; después se ubicaron Tunja, con 34,7 %, y Manizales, con 35,3 %. Entre Sincelejo y Bogotá hay 31,3 puntos porcentuales de diferencia.
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Menos jóvenes ocupados que hace un año
El empleo juvenil ofrece otra señal de deterioro. En el trimestre junio-agosto, Colombia tenía 5,17 millones de ocupados entre los 15 y los 28 años. Un año antes eran 5,22 millones: cerca de 52.000 más.
La tasa de desocupación de este grupo pasó del 14,8 % al 15,2 %, mientras que la tasa de ocupación bajó del 46,9 % al 46,7 %. La participación laboral, en cambio, aumentó ligeramente, del 55 % al 55,1 %.
En conjunto, aunque una proporción algo mayor de jóvenes participa en el mercado laboral, hay menos de ellos trabajando.
La industria manufacturera perdió ocupados jóvenes: pasó de 585.000 a 553.000. Transporte y almacenamiento siguió el camino contrario y sumó unos 19.000, hasta alcanzar los 390.000.
También cambió la composición del empleo: los trabajadores jóvenes con empleos particulares disminuyeron en unos 43.000, mientras que quienes trabajaban por cuenta propia aumentaron en 28.000.
Es decir, menos empleo en manufactura y más en transporte y almacenamiento; menos empleo particular y más empleo por cuenta propia.
A esa dificultad se suma la cantidad de personas que no estudian ni trabajan, los "ninis". Eran 2,33 millones de jóvenes, equivalentes al 21,1 % de la población entre los 15 y los 28 años.
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La brecha laboral de las mujeres campesinas
La desigualdad no se limita a la población joven ni al empleo informal. En el conjunto del país, la tasa de ocupación masculina fue del 70,9 %, frente al 47,6 % de las mujeres. También había más mujeres desempleadas: 1,19 millones, frente a 1,05 millones de hombres.
Entre quienes se identifican como campesinos, las diferencias son todavía más amplias. El DANE contabilizó 11,89 millones de personas campesinas de 15 años o más. Su tasa de ocupación fue del 56,5 % y la de desocupación, del 7,2 %, inferior a la registrada entre la población no campesina.
Es decir, más mujeres desempleadas, y peor aún entre quienes se consideran campesinas.
Ese es un palo en la rueda: el promedio cambia considerablemente al separar los resultados por sexo. La tasa de ocupación de los hombres campesinos llegó al 73,9 %; la de las mujeres fue del 38,5 %. Además, la desocupación femenina campesina alcanzó el 11,3 %, más del doble del 4,9 % registrado entre los hombres.
Si se habla de actividad económica, también está concentrada. La agricultura, la ganadería, la caza, la silvicultura y la pesca reunían al 39,1 % de los ocupados campesinos; el comercio representaba otro 12,6 %. En un contexto en el que la informalidad llega al 83,1 % en las zonas rurales dispersas, tener trabajo no garantiza por sí solo estabilidad ni protección social.
La reducción de la informalidad es real, pero el ritmo reciente ha sido modesto. Y el promedio nacional no cuenta toda la historia: los jóvenes son menos en el empleo que hace un año y las mujeres, en particular las campesinas, siguen encontrando una distancia considerable entre estar disponibles para trabajar y conseguir una ocupación.
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