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En el siglo XVII el río Támesis se congeló. La temperatura se redujo en un grado centígrado. Fue una “pequeña edad de hielo”. El cambio climático desencadenó agudas sequías a lo largo de Europa y otras regiones del mundo. Las inundaciones, las bajas temperaturas y los cataclismos políticos y sociales fueron el pan de cada día. Las actividades agrícolas y manufactureras se vieron duramente afectadas. Las epidemias, las hambrunas y la inflación de precios de los alimentos minaron los ingresos de las personas e impulsaron grandes migraciones. Las tasas de mortalidad aumentaron drásticamente en las zonas más pobladas. Fue una crisis global. El historiador Geoffrey Parker lo llamó el siglo maldito. En el siglo XXI el Ártico se descongela y tal vez ya estemos entrando en una “pequeña edad de fuego”.
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Las tragedias ocasionadas por desastres naturales han dejado de ser únicamente noticia en los países periféricos y en las últimas semanas se han presentado inundaciones que han dejado más de un centenar de muertos en Alemania. Por otra parte, temperaturas de más de 40° C han azotado países como Grecia, generando dantescos incendios en una nación que ha afrontado una década de austeridad, en donde, irónicamente, hasta los recursos para sus cuerpos de bomberos han sido diezmados en los programas de ajuste de la Unión Europea.
Hoy las realidades del cambio climático y su conexión con desastres naturales afectan a diferentes regiones del planeta por igual, no hay que olvidar en el caso colombiano las recientes tragedias de Providencia y la avalancha de Mocoa en 2017. Sin duda son síntomas de una crisis general.
El reciente reporte del panel intergubernamental sobre cambio climático (IPCC, por su sigla en inglés) alerta, una vez más, sobre las realidades del calentamiento global y cómo las emisiones de gases efecto invernadero por parte de las actividades humanas son las responsables de un incremento de 1,1° C en el calentamiento del planeta en el último siglo.
Si se miran en detalle los datos, una gran parte de este aumento en la temperatura se ha dado en los últimos 40 años, un período que claramente coincide con un capitalismo mucho más desregulado y globalizado, en el que las políticas de libre mercado han permeado a todo el planeta. En efecto, a partir de los años 70 se observa un quiebre en la tendencia de la temperatura global, que corresponde con el fin de New Deal y el comienzo de la revolución conservadora, asociada al eslogan de Margaret Thatcher, “No existe alternativa” (TINA, por su sigla en inglés).
Sin embargo, las condiciones y circunstancias de las crisis climáticas de los siglos XVII y XXI no son las mismas. Las bajas temperaturas y el congelamiento terrestre durante la pequeña edad de hielo obedecieron a factores estrictamente naturales, reducción de manchas solares, erupciones volcánicas, entre otros cambios en los ecosistemas. Por el contrario, como lo muestra con rigor el IPCC, la mayor parte del incremento de las temperaturas de los océanos, de la tierra y de la atmósfera registrados desde los años 60 proviene de las actividades humanas.
Claro que existen alternativas. Como lo advierte el informe, para evitar los cataclismos de un abrupto cambio climático a causa de aumentos de la temperatura entre 1,5° y 2° C en los próximos años, se requiere reducir “de manera inmediata, rápida y a gran escala las emisiones de CO2 y otros gases de efecto invernadero”.
La “pequeña edad fuego” es, quizás, una tragedia evitable. Sin embargo, aún persiste el negacionismo y la subestimación consciente de los impactos de la crisis climática sobre la economía y el bienestar social.
El profesor Steve Keen mostró recientemente que los ejercicios realizados por los economistas para evaluar las consecuencias del aumento de la temperatura terrestre sobre el PIB son espurios. Las predicciones de costos tan pequeños que reportan los análisis de economistas como Nordhaus, Premio Nobel de Economía, provienen de hacer supuestos poco creíbles: por ejemplo, excluir del análisis 90 % de las actividades económicas porque se realizan de puertas para adentro, asumiendo lo que se tiene que demostrar.
Como dice el profesor Keen: “Que se haya hecho un trabajo tan malo, y se lo haya tomado en serio, no es entonces una impostura intelectual como el engaño de Sokal. Si el cambio climático lleva a resultados catastróficos que algunos científicos hoy consideran abiertamente, estos economistas neoclásicos serán cómplices de causar la mayor crisis no solo en la historia del capitalismo, sino potencialmente en la historia de la vida en la Tierra”.
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Los cambios del capitalismo en los últimos 40 años, con el impulso de la apertura comercial y financiera, han deslocalizado las dinámicas de producción y a la vez han incrementado los niveles de intercambio global. Para los libros de texto en economía este suele ser un escenario óptimo, pues las lógicas de intercambio priman por encima de las de producción y distribución en la economía de la corriente principal. Sin embargo, en este enfoque se olvidan las consecuencias distributivas y climáticas del modelo actual de acumulación y consumo, que hoy más que nunca empiezan a ser visibles y están conectadas. El top 0,1 % de los ciudadanos del planeta con mayor riqueza, quienes más se han visto beneficiados de un modelo de acumulación actual, también son quienes muchas veces emiten mayores niveles de gases efecto invernadero con sus niveles de vida en aviones privados, viajes al espacio exterior, yates y ritmos de consumo exorbitantes.
Como lo ha mostrado la profesora Daniela Gabor, de la Universidad de Bristol, no existen señales que dichos patrones vayan a cambiar con las nuevas políticas para combatir el cambio climático. Las iniciativas recientes de los organismos multilaterales como “convertir billones en trillones” y “maximizar el financiamiento para el desarrollo”, se sustentan en una profundización del modelo de privatización y desregulación financiera.
La profesora Gabor lo llama el “Consenso de Wall Street”. El esquema consiste en que los mercados de capitales globales sean la fuente de financiamiento de los proyectos de desarrollo de los países pobres. Para ello, se requiere que los recursos públicos se dirijan a garantizar la rentabilidad de los inversionistas privados. Se promueve el uso intensivo de la banca en la sombra y los esquemas de titularización y la ingeniería financiera. Para reducir los riesgos de la inversión en infraestructura pública y hacerlos atractivos se promueven los contratos de alianzas público-privadas, en donde las contingencias y los riesgos de demanda de las inversiones se transfieren al Estado (de-risking, en inglés). Del mismo modo, los bancos centrales cumplen un nuevo papel. Deben proteger a los tomadores de riesgo mediante operaciones financieras que transfieran los riesgos de tasa de cambio y liquidez a los balances públicos. Ello llevaría, según sus defensores, a movilizar trillones de dólares para el “desarrollo” con apenas unos cuantos billones de dólares de los contribuyentes.
Como en los “bonos Carrasquilla”, todo suena muy bien. Sin embargo, ya conocemos los resultados del emprendimiento del exministro colombiano. De hecho, como las garantías y los subsidios a los inversionistas privados se registran como pasivos contingentes, no afectan el déficit ni la deuda, dando una engañosa impresión de austeridad y rigor presupuestal. Sin embargo, en la mayor parte de los casos, los proyectos resultan ser mucho más costosos para los contribuyentes que si los hubiera adelantado directamente el Estado. Hoy muchos municipios pobres de Colombia padecen la espada de Damocles de los “bonos Carrasquilla” y carecen de la infraestructura de agua y alcantarillado. El modelo Wall Street de lucha contra el cambio climático no reduce los riesgos de la pequeña edad de fuego, pero a la vez incuba una bomba tóxica y peligrosa, una gran crisis financiera.
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Los escenarios son lúgubres, sin duda. Más aún cuando el modelo es responsable de las vulnerabilidades que se les crean a las economías en la transición energética, en especial para aquellas, como la colombiana, en la que buena parte de sus ingresos ha dependido de la explotación de materias primas como el petróleo y el carbón (sobra decirlo, fuente importante de gases de efecto invernadero).
No es una mayor desregulación financiera ni más privatización de bienes públicos lo que nos salvará de la crisis global. Se requiere un cambio de rumbo, es cierto. El gradiente lo debe adelantar un Estado emprendedor, tal como lo sugiere la profesora Mariana Mazzucato.
En Fahrenheit 451, la novela distópica de Ray Bradbury, el camino para conservar el conocimiento de los libros consistía en que dos personas memorizaran, por mitades, el Quijote.
En otras palabras, la solución a un problema global provenía de mecanismos de coordinación que busca mejorar el bienestar social de todos los ciudadanos. Bien haríamos en tomar nota de aquellas páginas.
* Profesores Escuela de Economía, U. Nacional de Colombia.