La nueva Ruta de la Seda podría pasar por Colombia, pues el país se prepara para dar un paso clave en su relación con China.
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Aunque la reunión de la comisión de Relaciones Exteriores que trataría este tema fue cancelada a última hora del miércoles, se espera que la posible adhesión de Colombia a la iniciativa Franja y la Ruta sea anunciada la próxima semana durante el Foro China-CELAC, al que asistirá el presidente Gustavo Petro.
¿Qué es (y qué no es) esta plataforma global impulsada por China? ¿Qué implicaciones tendría para el comercio, la infraestructura y la política exterior de Colombia? ¿Qué tan real es el riesgo de tensar la relación con Estados Unidos? ¿Y qué puede ganar un país como Colombia si acepta unirse al “club de amigos” de la segunda economía más grande del mundo?
La invitación de China
Aunque comúnmente se le llama la “nueva Ruta de la Seda”, su nombre oficial es la Iniciativa de la Franja y la Ruta, y conviene aclarar desde el principio que no se trata de un tratado de libre comercio, una alianza militar, un bloque económico como la Unión Europea ni una estructura con normas obligatorias para sus miembros.
Como su nombre lo da a entender, se inspira en la antigua Ruta de la Seda, esa telaraña comercial que, del siglo II a. C. hasta el siglo XV, conectó a China con Europa a través de Asia central y Medio Oriente.
En 2013, Xi Jinping, presidente de China, propuso una versión adaptada a los retos del siglo XXI. Lo hizo en dos discursos: uno en Kazajistán, donde habló del cinturón económico de la Ruta de la Seda, y otro en Indonesia, donde introdujo la idea de la ruta marítima de la seda del siglo XXI. Ambos conceptos dieron origen a la Iniciativa de la Franja y la Ruta, que China define como una estrategia de cooperación global basada en infraestructura, conectividad, comercio y financiamiento.
Se trata, en esencia, de un memorando de entendimiento (MoU) bilateral amplio que cada país firma con China de acuerdo con sus intereses y necesidades.
Un convenio que puede ser tan extenso o tan simplista como se quiera; en países como Serbia, Perú y en naciones africanas se ha traducido en megainversiones en infraestructura.
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Otros, como Ecuador o Chile, han abierto la puerta a financiamiento o transferencia tecnológica. También hay países que han firmado el memorando y no han desarrollado proyectos concretos, y algunos que se retiraron de la Franja y la Ruta, como Italia (en 2023) y Panamá (en febrero de 2025).
Camilo Defelipe Villa, profesor del Departamento de Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana, comenta que esta iniciativa puede ser mejor entendida como un andamiaje o una caja de herramientas para facilitar la cooperación.
En sus palabras, la Franja y la Ruta es un proceso de integración económica internacional basado en un modelo de red, así como una marca país que canaliza financiamiento chino, que busca impulsar relaciones bilaterales, especialmente con países en desarrollo.
Así las cosas, la Franja y la Ruta es una plataforma que responde al propósito de China de consolidarse como un actor global. Como toda herramienta, puede ser tan útil —o tan riesgosa— como el uso que se le dé.
¿Qué hay de bueno en la Franja y la Ruta?
La Franja y la Ruta no es un cheque en blanco de China. Podría verse, más bien, como un menú de posibilidades tan variado como el de un restaurante chino.
Esas oportunidades podrían pasar por mejorar la infraestructura vial, acelerar la transición energética o ampliar las rutas comerciales para llegar a más mercados.
Ahí es donde China entra en escena: no solo como la segunda economía del mundo, sino como un país con músculo para invertir en caminos, puertos, energía limpia y tecnología. En África y Asia ya ha financiado trenes, centrales solares, autopistas y hasta proyectos de internet; en América Latina destaca la reciente puesta en marcha de megaproyectos como el puerto de Chancay, en Perú.
Si Colombia entra a esta plataforma, podría atraer inversiones para zonas del país que siguen desconectadas, darle un empujón a la conectividad 5G o a los planes de movilidad eléctrica, o facilitar la salida de más contenedores con café, cacao, aguacate, flores o carne bovina.
El intercambio entre Colombia y China mueve cerca de US$17.000 millones al año, y el comercio bilateral se ha multiplicado 700 veces desde 1980 hasta 2024. China es el segundo origen de las importaciones en Colombia, con productos que van desde computadores y teléfonos móviles hasta neumáticos. Pero las ventajas no son automáticas ni están garantizadas.
Todo dependerá de cómo se negocie, qué proyectos se prioricen y qué tanto se quiera proteger la industria local.
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¿Y cuáles serían los riesgos?
Aunque sumarse a la Franja y la Ruta no implica firmar tratados de libre comercio ni alianzas militares, el tema sí despierta interrogantes en el plano geopolítico y comercial.
La primera señal de alerta viene de Estados Unidos, el socio histórico de Colombia y, al mismo tiempo, el gran contendor de China en el escenario global.
Tras conocerse la intención del Gobierno colombiano de discutir su posible adhesión a esta plataforma, Mauricio Claver-Carone, enviado especial del Departamento de Estado para América Latina, lanzó una advertencia cargada de ironía: “El acercamiento del presidente Petro con China es una gran oportunidad para las rosas de Ecuador y el café de Centroamérica”.
En otras palabras, lo que quiso decir el funcionario estadounidense es que, si Colombia mira hacia China, Estados Unidos podría mirar hacia otro lado.
Además, el momento para hablar de la Franja y la Ruta es sensible. En las últimas semanas, Colombia ha intentado acercarse a la administración Trump con el objetivo de negociar la eliminación o, a lo sumo, la flexibilización del arancel universal del 10 % que impuso EE. UU. a casi todas sus importaciones.
En este contexto, un movimiento de Colombia con dirección hacia China se podría interpretar como un cambio de alineación. ¿Vale la pena abrir este frente justo ahora?, se preguntan los gremios empresariales.
Bruce Mac Master, presidente de la ANDI, dijo hace poco: “Hacer esto [ingresar a la Franja y la Ruta], ¿a cambio de qué? ¿Qué justificación tiene desde el punto de vista de la estrategia internacional de estos días?”.
El caso de Panamá ilustra cómo estas tensiones pueden escalar. En febrero de 2025, el presidente panameño, José Raúl Mulino, anunció la cancelación del acuerdo de cooperación con China en el marco de la Franja y la Ruta, tras una visita del secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio. La decisión fue interpretada como una respuesta directa a las presiones estadounidenses para limitar la influencia de Pekín en la región y en el Canal de Panamá. China lamentó la medida y acusó a EE. UU. de ejercer “presión y coerción” sobre Panamá para sabotear la iniciativa.
También hay inquietudes en el ámbito económico. “China no es una economía de mercado y tocaría aceptarla con todas sus consecuencias. Los subsidios, las devaluaciones y el control estatal pueden causar mucho daño [a la economía colombiana]”, advierte Javier Díaz, presidente de Analdex.
El temor más grande, según los gremios, es que el país termine reprimarizando su economía; es decir, concentrando sus exportaciones en materias primas de interés para China y dejando de lado la producción con valor agregado, pues no hay que olvidar que el gigante asiático sigue siendo la fábrica del mundo.
Como en cualquier acuerdo internacional, se tendrá que proceder con cautela. Un ejemplo es el caso del acero: el gremio siderúrgico colombiano ha denunciado el ingreso de acero extranjero —especialmente desde China y Rusia— a precios de dumping, lo que desestabiliza el mercado interno. Por eso, medidas como las salvaguardias anunciadas en 2024 no deberían descartarse en eventuales negociaciones.
Además, un dicho popular entre economistas recuerda que “no hay almuerzo gratis”. Y es que uno de los temores es que los capitales chinos terminen elevando aún más la deuda pública colombiana —ya alta de por sí—, sin dejar beneficios tangibles en la industria local.
Los expertos señalan que, si no se establecen condiciones claras en una eventual cooperación con China, esos recursos podrían concentrarse únicamente en sectores como la minería o grandes obras, sin fortalecer a las empresas locales ni generar más empleo. Ecuador, por ejemplo, aprovechó la Franja y la Ruta para mejorar su infraestructura, pero también contrajo deuda significativa con bancos chinos.
Un paso hacia China
En un entorno global incierto —marcado por la guerra de aranceles entre Estados Unidos y China, la caída en la demanda de petróleo y la desaceleración de varias economías desarrolladas—, consolidar una relación estratégica con la segunda potencia mundial podría abrirle nuevos caminos a Colombia. Más aún cuando el país intenta avanzar en su agenda de diversificación comercial.
Para aterrizar expectativas, es clave aclarar que la posible adhesión a la Franja y la Ruta no implicaría una llegada masiva e inmediata de capital chino. Esa presencia ya es una realidad, de cierta forma.
Hoy, empresas de ese país construyen el metro de Bogotá, desarrollan proyectos de energía solar, operan minas como la de Buriticá, en Antioquia, y abastecen al mercado colombiano con buses eléctricos, celulares y maquinaria agrícola.
En el frente comercial, Colombia exporta unos 464 productos a China, incluyendo 30 bienes agrícolas. Aunque el carbón y el petróleo siguen siendo protagonistas, bienes como el café, la carne de res, las flores, el cacao y las pulpas de fruta han ganado terreno en un mercado con más de 1.400 millones de consumidores.
Para David Castrillón, profesor de la Universidad Externado, el mayor desafío no es comercial, sino estratégico.
“China lleva décadas aquí y no la tomábamos en serio. Queremos tratar más con China y, al mismo tiempo, mantener buenas relaciones con Estados Unidos, ¿no? Este es el momento para definir qué tipo de relación queremos construir con China sin que esto sea visto como una amenaza”, asegura el docente.
Por más tentador que suene subirse a una iniciativa global que ya suma más de 150 países, el verdadero reto será aprovecharla con cabeza fría: conectando oportunidades con desarrollo local y diversificando, sin caer en nuevas dependencias.
La Franja y la Ruta no debe ser vista como una fórmula mágica ni como un giro en la política exterior, sino como una herramienta que Colombia podría usar a su favor, según analistas. Más que elegir entre China o Estados Unidos, se trata de definir qué quiere Colombia y con quiénes está dispuesta a recorrer su camino.
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