La inteligencia artificial ya entró a las aulas, pero su presencia no se traduce automáticamente en una mejora en el aprendizaje. Esa es la advertencia central de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que en su reciente informe Digital Education Outlook 2026 analiza la rápida incorporación de esta tecnología en los salones de clase y plantea una verdad incómoda para estudiantes y docentes: apoyarse en la IA para hacer o completar una tarea no significa que haya aprendido algo. “Su uso siempre debe guiarse por principios pedagógicos claros”, se lee en el documento.
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Stéphan Vincent-Lancrin, subdirector de división y economista sénior en educación de la OCDE, fue el encargado de dirigir este informe que, además, examina cómo herramientas como ChatGPT o Gemini están transformando y, en algunas ocasiones, distorsionando la experiencia educativa en distintos países.
Uno de los puntos que trata gira en torno a la literatura académica, que ya ha acumulado evidencia suficiente para mostrar que, cuando los estudiantes utilizan inteligencia artificial generativa de propósito general sin orientación pedagógica, el aprendizaje efectivo suele ser limitado.
La razón, explica Vincent-Lancrin en entrevista con El Espectador, es que este tipo de herramientas están diseñadas para realizar tareas en lugar de apoyar procesos de aprendizaje. “Eso supone un problema para actividades educativas que no están pensadas para ser simplemente ‘resueltas’, sino para que los estudiantes desarrollen conocimientos y habilidades”, señala. En la práctica, añade, muchos alumnos recurren a la IA de manera “perezosa”, dejando que la herramienta haga el trabajo por ellos. “A esto los investigadores lo llaman ‘descarga cognitiva’ o ‘pereza metacognitiva’”.
Estos conceptos ya han sido observados empíricamente en las aulas. Aunque los estudiantes pueden obtener mejores resultados durante la práctica, por ejemplo, al resolver ejercicios de matemáticas, varios estudios muestran que su desempeño empeora en los exámenes, donde no está permitido el uso de IA generativa.
Algo similar ocurre en el área de lenguaje. “Los estudiantes que usaron este tipo de IA para elaborar un ensayo obtuvieron muy buenas calificaciones”, comenta Vincent-Lancrin, pero luego “fueron incapaces de recordar con precisión lo que habían escrito, a diferencia de quienes trabajaron por su cuenta o usaron un motor de búsqueda”.
Por estas razones, el informe alerta que una dependencia excesiva de la inteligencia artificial generativa reduce el compromiso metacognitivo de niños y niñas, lo que provoca “una desalineación entre el desempeño en la tarea y el aprendizaje genuino”. Frente a este riesgo, la OCDE sostiene que los enfoques más prometedores no pasan por prohibir la tecnología, sino por integrarla de manera cuidadosa, pues, a sus ojos, “los sistemas híbridos que combinan la IA generativa con modelos pedagógicos explícitos muestran mayor potencial que los chatbots de propósito general”.
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¿La IA como un tutor?
La OCDE, sin embargo, no se limita a lanzar advertencias. En su informe también identifica el potencial que puede llegar a tener la inteligencia artificial generativa como tutor educativo, en la medida en que “puede mantener diálogos flexibles y personalizados, adaptándose a las necesidades individuales de los estudiantes”.
Este tipo de sistemas, explica el documento, incluso podrían incorporar estrategias pedagógicas clásicas, como el método socrático, para fomentar el pensamiento crítico y la reflexión. La cautela, no obstante, sigue presente, porque “la evidencia aún está en desarrollo, pero los prototipos muestran resultados prometedores”.
El problema, sugiere Vincent-Lancrin, no es la tecnología en sí, sino la forma en que se integra en las aulas. Las herramientas de uso general, añade el investigador, pueden mejorar los resultados del aprendizaje cuando forman parte de un plan pedagógico explícito, y su verdadero potencial “aparece cuando se diseñan específicamente para la educación; no para resolver tareas, sino para acompañar los procesos de aprendizaje”.
En ese escenario, los docentes cumplen un papel clave. El informe analiza cómo un uso adecuado de la IA generativa podría convertirse en un apoyo para su trabajo cotidiano. Según Vincent-Lancrin, estas herramientas pueden servir para planificar clases, elaborar materiales didácticos, revisar contenidos o brindar retroalimentación más detallada a sus estudiantes.
La OCDE, sin embargo, lanza una alerta clara: delegar excesivamente a la IA estas tareas puede frenar el desarrollo profesional de los maestros, limitar su aprendizaje y deteriorar, con el tiempo, competencias clave de su oficio.
El riesgo no es menor. Un uso desmedido también puede afectar la relación de los docentes con sus alumnos. “Si no lees el trabajo de tus estudiantes ni les das tu opinión profesional sobre lo que hacen, se pierde el propósito de la evaluación”, advierte el informe.
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Evaluar, recuerda la organización, no debería ser solo un acto sancionatorio, sino una oportunidad para motivar y mejorar; y, en la práctica, concluye la OCDE, la IA se está usando más como herramienta de trabajo docente que como recurso pedagógico explícito en el aula.
Otro de los temores que aborda el documento es la idea de que la inteligencia artificial generativa esté reemplazando a los profesores. Frente a esa preocupación, los investigadores son concluyentes al asegurar que, hasta ahora, no existe evidencia que respalde esa hipótesis. Por el contrario, señalan que las herramientas actuales “carecen de juicio pedagógico, no comprenden el contexto del aula ni pueden asumir responsabilidades educativas”. El rol del docente, subrayan, sigue siendo central para orientar, contextualizar y evaluar el aprendizaje.
Eso no significa que la IA no tenga un papel relevante. El informe destaca su potencial para apoyar especialmente a los docentes menos experimentados, a través de simulaciones de aula, prácticas de manejo de grupo, retroalimentación pedagógica o acompañamiento en decisiones didácticas en tiempo real. Aun así, la OCDE alerta que su integración directa en la enseñanza sigue siendo limitada y desigual entre países, un fenómeno que podría profundizar las brechas que persisten en la actualidad.
Vincent-Lancrin, no obstante, plantea un matiz. Usada con criterio, la IA podría convertirse en una aliada para reducir desigualdades, no para ampliarlas. “Si se emplea desde el inicio para ayudar a los estudiantes a adquirir habilidades clave para seguir aprendiendo, puede disminuirlas; o si se usa para hacer más eficaz la tutoría para todos”, señala.
Además, recuerda que muchas de estas herramientas son gratuitas y funcionan incluso en contextos con baja conectividad y dispositivos móviles que son básicos.
La advertencia final del informe apunta a un patrón preocupante y es el de llevar al aula herramientas que no fueron diseñadas para enseñar. En algunos países, encontraron los investigadores de la OCDE, varios docentes están recurriendo a chatbots abiertos sin adaptación educativa, lo que puede derivar en errores, sesgos, dependencia excesiva del alumnado o un distanciamiento con el currículo escolar.
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Por eso, plantea Vincent-Lancrin, las instituciones educativas que ya usan IA generativa deberían, como mínimo, advertir a los estudiantes y sus familias sobre sus límites. “A menos que se utilicen de manera muy inteligente, es posible que no aprendan nada”, señala y añade que “algunos alumnos creen que estas herramientas les facilitarán el proceso de aprobación, pero tarde o temprano descubren que no se puede ser un fraude para siempre”.
Esa es, en el fondo, la conclusión del informe: la inteligencia artificial generativa puede mejorar la educación, pero solo si se diseña y se usa para apoyar el aprendizaje. Cuando se convierte en un atajo para resolver tareas, el riesgo es el de empobrecer su proceso educativo.
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