A cinco años de la meta global, el mundo no logrará que todos los niños, niñas y jóvenes estén en el sistema educativo en 2030. Hoy, 273 millones siguen sin escolarizar. Pero, contrario a lo que podría parecer, esto no implica un fracaso total de la agenda en educación. Así lo plantea el Informe de Seguimiento de la Educación en el Mundo (GEM, por sus siglas en inglés) 2026, que acaba de ser publicado por la UNESCO. Este es el primero de una serie de tres documentos que buscan revisar qué ha funcionado (y qué no) en el intento por cumplir el Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) 4, el cual plantea garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad.
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Pablo Fraser, jefe de monitoreo del GEM, explica que este informe se centra en dos aspectos clave: el acceso y la equidad. En términos simples, se trata de entender cuántas personas logran entrar al sistema educativo y quiénes siguen quedándose por fuera, pese a los avances que se han conquistado en las últimas décadas. Tras una serie de análisis, añade, la razón principal por la que los países no alcanzarán el acceso universal en 2030 responde a una combinación de factores estructurales.
Por ejemplo, “en los países de ingresos bajos, la población en edad escolar se ha duplicado en lo que va de siglo, mientras que en los de ingresos medios bajos ha crecido un 25 %”. Es decir, los sistemas educativos han tenido que expandirse a una velocidad sin precedentes, en un contexto en el que el progreso reciente se ha desacelerado, como por ejemplo lo que sucede con la reducción de la desescolarización, que se ha estancado.
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En esta discusión, agrega Fraser, precisamente es clave hablar de las tasas de no escolarización, es decir, el número de personas que están por fuera del sistema educativo. Aunque entre 2000 y 2015 hubo una caída importante (la población fuera de la escuela se redujo en 127 millones), la tendencia se ha estancado en los últimos años. Entre 2015 y 2024, de hecho, la cifra aumentó en nueve millones.
“La presión demográfica, especialmente en países de bajos ingresos, los conflictos y las limitaciones estructurales de los sistemas educativos están frenando los avances”, explica. Hoy, el 75 % de la población fuera de la escuela se concentra en África subsahariana y Asia meridional. Las consecuencias de este rezago son alarmantes, como señala Fraser, pues que no todos los estudiantes terminen la secundaria limita las oportunidades laborales, reduce la productividad y profundiza las desigualdades. En general, anota, se debe a que los niños, niñas y jóvenes que “no completan la educación suelen ser los más desfavorecidos”.
El abandono escolar y la entrada tardía siguen siendo variables clave. Aunque el mundo ha ampliado la cobertura, hoy hay cerca de 330 millones más de niños, niñas y jóvenes en la escuela que en el 2000, el rezago sigue siendo enorme. A esto se suman los conflictos. “En los países más afectados, los datos oficiales subestiman la población fuera de la escuela en al menos 13 millones”, señala Fraser y agrega que detrás de estas cifras hay realidades diversas, como niñas que no pueden asistir por normas sociales o legales, familias que no logran asumir los costos de la educación y estudiantes que viven en contextos de guerra o desplazamiento donde ir al colegio no es seguro. A este ritmo, advierte el informe, la finalización universal no se alcanzaría sino hasta 2105.
A pesar de este panorama, no todo es negativo. Fraser señala que, si bien hay motivos de preocupación, pues al ritmo actual no se alcanzará la meta, no calificaría esta situación como un fracaso, sino como una señal de que el desafío es más complejo de lo previsto.
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De hecho, indica que las tasas de finalización de educación básica y media han seguido mejorando. “Desde 2000, la finalización de primaria pasó del 77 % al 88 %, y la de secundaria superior del 37 % al 61 %”, asegura. Por eso, advierten los autores del informe, el primero de la serie Cuenta regresiva hacia 2030, puede ser engañoso medir el éxito únicamente en función de si se cumplieron las metas. En muchos países, los avances han sido significativos, incluso sin alcanzar los objetivos globales.
Entre las razones que explican por qué algunos países avanzaron más rápido, los autores destacan decisiones políticas sostenidas, mayor inversión pública, condiciones económicas favorables y factores sociales que van más allá del sistema educativo.
“No hay soluciones únicas, pero sí una lección clara: el progreso sostenido requiere combinar políticas educativas con inversiones en salud, protección social e infraestructura, adaptadas a cada contexto”, comenta Fraser, doctor en Teoría y Política Educativa, y Política Educativa Comparada e Internacional, y destaca los casos de Georgia, Madagascar, Marruecos, Togo, Turquía y Vietnam, donde han reducido las tasas de no escolarización en más de un 80 % desde 2000. En ese panorama, América Latina aparece como un caso particular.
El caso de América Latina
América Latina aparece en el informe como la región con el sistema educativo más equitativo en el mundo; sin embargo, muestra que todavía persisten desafíos importantes en inclusión y en los avances en acceso, que se han desacelerado en los últimos años. Fraser, quien trabajó durante más de siete años en la OCDE, destaca el caso de Bolivia, donde se han reducido fuertemente las desigualdades. “La tasa de finalización de secundaria inferior entre los adolescentes más pobres pasó del 31 % en 2000 al 94 % en 2012”, señala y pide no perder de vista los avances de Chile en educación superior, donde el acceso se ha expandido rápidamente.
Otro de los casos que resalta el informe es el de Costa Rica, que logró reducir la proporción de jóvenes fuera de la escuela en edad de secundaria superior del 28 % al 4 % entre 2002 y 2023. “En 2016, casi una cuarta parte de los jóvenes más pobres del país no estaba escolarizada; en apenas cinco años, esa cifra se redujo en un 80 %”, señala el informe.
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Estos buenos índices, en opinión de los autores del informe, se deben, en parte, a las políticas que han buscado reducir la brecha. Programas como la Bolsa Família en Brasil (que llega actualmente a más de 20 millones de familias), Familias en Acción en Colombia (que incrementó la finalización de la educación secundaria en cuatro puntos) o Progresa en México (el cual demostró mejoras duraderas en el nivel educativo) “han demostrado efectos sostenidos en la permanencia escolar y en la finalización de la secundaria”.
También hay avances en educación inicial. El informe señala que en el mundo solo 10 países destinan al menos el 1 % de su Producto Interno Bruto (PIB) a la atención y educación de la primera infancia. Ecuador es el único de América Latina en ese grupo. “En la región, las brechas entre hogares ricos y pobres prácticamente se han cerrado, un resultado asociado a marcos legales más sólidos, coordinación institucional y mayor inversión pública”, reseñan los autores en el informe.
¿Y Colombia? El informe no le dedica un capítulo específico, pero sí destaca el impacto de Familias en Acción en la finalización de la secundaria. A juicio de Fraser, licenciado en sociología, el país “va en la dirección correcta, pero con desafíos claros. Por un lado, ha logrado avances sostenidos, como la tasa de finalización de secundaria superior, que pasó de poco más del 60 % en 2013 a cerca del 80 % en 2024; por el otro, el acceso sigue mostrando un comportamiento más complejo. Fraser dice que “Colombia no es diferente de otros países en la región. Ha logrado reducir la exclusión educativa y se mantiene por debajo del promedio mundial” y agrega que “comparte su principal reto en cuanto a la desescolarización”.
El desafío ahora, a los ojos de Fraser, tanto para Colombia como para los otros países de la región, es romper ese estancamiento y apostarle a las políticas de educación inclusiva, que siguen siendo limitadas, ya que solo cerca de la mitad de los países cuenta con una definición legal clara. En toda esta discusión, los autores comentan que no se puede desestimar el contexto demográfico, en su opinión, este marcará el futuro de los sistemas educativos. “Mientras la población en edad escolar podría disminuir en las próximas décadas, las decisiones que se tomen hoy serán determinantes para sostener (o perder) los avances alcanzados”, agregan los autores.
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Entre las recomendaciones que ofrecen los investigadores está que los países entiendan que el acceso universal a la educación no depende de una fórmula única ni de soluciones rápidas, sino “de decisiones sostenidas en el tiempo, de políticas que entiendan las desigualdades de cada uno y de la capacidad de los sistemas educativos para no estancarse después de los primeros avances”.
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