Existe un amplio consenso en la literatura: después de las condiciones familiares de origen, la calidad del maestro es el factor escolar que más influye en el aprendizaje de los estudiantes. Numerosos estudios basados en modelos de valor agregado muestran que la diferencia entre tener un maestro muy efectivo y uno promedio puede traducirse en avances significativos en el aprendizaje en un solo año escolar. Además, investigaciones recientes encuentran que los efectos de un buen maestro no se limitan a las pruebas estandarizadas: también se reflejan en mayores probabilidades de asistir a la universidad y mayores ingresos en la vida adulta.
La pregunta clave entonces es evidente: ¿qué características tienen los maestros que generan más aprendizaje?
Una primera conclusión, que suele sorprender, es que no hay evidencia sólida de que tener más títulos académicos mejore el aprendizaje de los estudiantes. Estudios en distintos países muestran que tener una maestría o un posgrado adicional, en general, no se asocia con mejores resultados de los alumnos. Esto no significa que la formación docente no sea importante, pero sí indica que acumular credenciales formales no necesariamente se traduce en mejores prácticas pedagógicas.
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En cambio, la evidencia sí identifica dos factores con efectos claros. El primero es la experiencia docente: los maestros tienden a mejorar significativamente durante los primeros años de su carrera, especialmente durante los primeros tres a cinco años de enseñanza. El segundo es el dominio del área que enseñan. Los maestros con un conocimiento sólido del contenido disciplinar, especialmente en áreas como matemáticas o ciencias, tienden a generar mayores avances en el aprendizaje de sus estudiantes.
Por esta razón, varios de los sistemas educativos más exitosos del mundo han optado por elevar la selectividad para ingresar al magisterio. Finlandia, por ejemplo, selecciona a una pequeña fracción de los postulantes a las carreras de educación, privilegiando estudiantes con alto desempeño académico. En Chile también se han introducido requisitos mínimos de puntaje en los exámenes nacionales de admisión para estudiar pedagogía. La lógica es sencilla: si queremos mejores maestros, debemos comenzar por atraer a los mejores estudiantes hacia la profesión docente.
Colombia enfrenta un desafío particularmente serio en este frente. Las cifras muestran que los estudiantes que eligen estudiar licenciaturas obtienen en promedio los puntajes más bajos en las pruebas Saber 11 entre las distintas áreas de formación. Y el problema persiste incluso al final de la carrera: cuando están a punto de graduarse, los estudiantes de licenciatura también obtienen, en promedio, los puntajes más bajos en matemáticas y lenguaje en las pruebas Saber Pro en comparación con estudiantes de otras profesiones. Es decir, estamos reclutando para una de las profesiones más importantes del país a quienes, en promedio, tuvieron los desempeños académicos más bajos.
Si queremos mejorar la calidad de la educación, esta realidad debe cambiar.
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Una política que Colombia debería considerar es establecer requisitos académicos más exigentes para ingresar al magisterio. Por ejemplo, podría exigirse que quienes aspiren a convertirse en maestros del sector oficial hayan obtenido puntajes altos en la prueba Saber Pro, tanto en competencias genéricas, como lectura crítica y razonamiento cuantitativo, como en las competencias específicas de su área disciplinar. Esta medida ayudaría a asegurar que quienes ingresen a la docencia cuenten con habilidades académicas sólidas y dominio de los contenidos que deberán enseñar. Además, incentivaría a las facultades de educación a fortalecer la calidad de su formación.
Por supuesto, elevar los estándares de ingreso podría generar preocupaciones sobre una eventual escasez de maestros, pues hoy los estudiantes con mejores desempeños suelen preferir profesiones con mayor prestigio y mejores condiciones laborales. Sin embargo, el cambio demográfico que experimenta el país abre una oportunidad para ser más selectivos: la disminución en el número de niños implicará que en el futuro se necesiten menos docentes. Al mismo tiempo, es importante preguntarse qué hacer con quienes desean ejercer como maestros pero no alcanzan los puntajes mínimos. Una alternativa sería ofrecer programas de nivelación que refuercen conocimientos fundamentales en áreas como matemáticas, lenguaje y ciencias. Estos programas también podrían beneficiar a maestros en ejercicio con evaluaciones de desempeño bajas.
Cualquier reforma, además, debe partir de un principio básico de justicia y realismo: en el sistema educativo colombiano ya hay miles de maestros comprometidos que realizan un trabajo admirable, muchas veces en contextos muy difíciles. Por ello, una política orientada a mejorar la calidad docente no puede limitarse a endurecer la puerta de entrada; también debe fortalecer a quienes ya están dentro del sistema. Esto exige una apuesta decidida por la formación continua, enfocada en el fortalecimiento del conocimiento disciplinar, mejores prácticas pedagógicas y el uso de la evaluación como herramienta de mejoramiento profesional.
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A esto se suma otra señal inquietante: la oferta de formación inicial docente sigue siendo muy heterogénea en calidad. Según la base de datos del SNIES, en Colombia existen casi 600 programas de licenciatura, de los cuales solo el 35% cuenta con acreditación de alta calidad.
La evidencia es clara: Colombia no solo enfrenta dificultades para atraer a los estudiantes con mejores desempeños hacia la docencia, sino que además forma a sus futuros maestros en un sistema con grandes diferencias de calidad entre programas. Si el país quiere dar un salto en la calidad de su sistema educativo, la política pública debería comenzar por una pregunta sencilla pero decisiva: ¿cómo atraer, formar y retener a los mejores para la profesión docente?
*Decana, Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad Javeriana
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