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Los nuevos resultados de PISA 2025 no deberían sorprendernos. En Colombia llevamos años discutiendo cobertura, gratuidad, infraestructura, alimentación escolar y conectividad, todos asuntos importantes, pero hemos sido mucho menos consistentes en implementar políticas públicas cuyo objetivo explícito y medible sea que los estudiantes aprendan más y mejor.
Los resultados son preocupantes. A los 15 años, solo el 29% de los estudiantes colombianos alcanza el nivel mínimo de competencias en matemáticas, frente al 65% en los países de la OCDE. En lectura lo logra el 46% y en ciencias el 50%. Prácticamente no tenemos estudiantes de desempeño sobresaliente en matemáticas y apenas el 1% llega a los niveles superiores en lectura y ciencias.
Tampoco podemos atribuirlo simplemente a un mal año. Entre 2022 y 2025 los resultados prácticamente no cambiaron. El problema es precisamente ese: estamos estancados en niveles muy bajos. Frente a 2015, además, la proporción de estudiantes de bajo desempeño aumentó cinco puntos porcentuales en matemáticas y doce en lectura.
Colombia no está sola. En varios países los resultados también han caído durante la última década. Al menos tres grandes transformaciones pueden estar afectando los aprendizajes. La pandemia produjo cierres de escuelas y pérdidas importantes de aprendizaje. Las redes sociales y el creciente tiempo frente a las pantallas compiten con la lectura, el estudio y la capacidad de concentración. Y, más recientemente, la inteligencia artificial ofrece oportunidades extraordinarias, pero también el riesgo de convertirse en un atajo para no leer, escribir, argumentar o resolver problemas. La tecnología está cambiando a los estudiantes mucho más rápido de lo que estamos cambiando la educación.
Pero el deterioro internacional no puede convertirse en una excusa. Algunos sistemas educativos han logrado mejorar o recuperar aprendizajes mediante políticas deliberadas y sostenidas. La lección es importante: los resultados pueden cambiar cuando las políticas se concentran en lo que ocurre dentro del aula.
Las consecuencias trascienden las aulas. Un joven que tiene dificultades para comprender un texto, interpretar información o utilizar matemáticas para solucionar un problema llegará en desventaja a la educación superior y al mercado laboral. Y un país en el que siete de cada diez jóvenes no alcanzan las competencias matemáticas mínimas difícilmente podrá aumentar su productividad, innovar y aprovechar las oportunidades de la inteligencia artificial.
¿Qué podemos hacer?
Primero, poner el aprendizaje en el centro de la política educativa. Necesitamos evaluaciones diagnósticas periódicas desde primaria, sencillas y oportunas, que permitan identificar qué sabe cada estudiante y dónde están sus rezagos. Evaluar no debe servir para castigar, sino para actuar. La evidencia internacional muestra que enseñar de acuerdo con el nivel real de aprendizaje, en lugar de asumir que todos dominan lo correspondiente a su grado, puede producir mejoras importantes.
Segundo, repensar la formación docente. No basta con capacitación general en pedagogía. Los maestros necesitan fortalecer también sus conocimientos en matemáticas, lectura y ciencias y contar con herramientas eficaces para enseñarlos. Las evaluaciones de conocimientos deberían servir para focalizar la formación y acompañar a los docentes en el aula. Experiencias de pedagogía estructurada, por ejemplo, muestran que combinar buenos materiales, formación práctica y acompañamiento puede mejorar significativamente los aprendizajes.
Tercero, poner la tecnología y la inteligencia artificial al servicio del aprendizaje. Podemos utilizar herramientas de aprendizaje adaptativo para identificar las dificultades de cada estudiante, ajustar ejercicios a su nivel y proporcionar retroalimentación inmediata. Al mismo tiempo, las escuelas deben establecer reglas claras sobre cuándo utilizar la IA y cuándo los estudiantes deben resolver, escribir y argumentar por sí mismos. Entregar computadores o permitir el uso indiscriminado de chatbots no constituye una política educativa.
Cuarto, implementar programas intensivos de recuperación: tutorías individuales o en grupos pequeños, tiempo adicional para quienes presentan rezagos y estrategias que permitan enseñar según el nivel de competencias. No podemos seguir promoviendo estudiantes de un grado a otro mientras acumulan vacíos cada vez más difíciles de cerrar.
Finalmente, necesitamos mejores incentivos. Rectores, maestros, secretarías de educación y colegios deberían ser reconocidos por lograr avances verificables en aprendizaje, permanencia y reducción de brechas. Esto requiere metas claras, información, acompañamiento a los establecimientos con mayores dificultades e incentivos para atraer y retener buenos docentes donde más se necesitan.
PISA nos recuerda algo elemental que hemos perdido de vista: acceso y aprendizaje no son sinónimos. Colombia ha hecho esfuerzos importantes para llevar más niños, niñas y jóvenes al sistema educativo. El siguiente gran desafío es conseguir que estén, permanezcan y, sobre todo, aprendan.
*Decana de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Pontificia Universidad Javeriana.
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