La autora colombiana Alejandra Jaramillo Morales presenta este martes 11 de agosto su más reciente novela, Las ermitañas del mar (Alfaguara), una historia centrada en la figura de Manuela Sáenz —líder patriota y figura clave de las guerras de independencia de América del Sur— vista desde la mirada de Jonatás, la mujer afrodescendiente que la acompañó a lo largo de cinco décadas.
El lanzamiento se realizará a las 7:00 p. m. en la Casa del Teatro Nacional y contará con una conversación entre la autora y Catalina Navas. También habrá una lectura dramática de fragmentos del libro en la voz de la actriz Diana Vivas y Mila Correa.
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“En Las ermitañas del mar Alejandra Jaramillo deshace nudos y recorre vacíos insondables de la historia de la Gran Colombia a través de las voces de dos mujeres: la esclava y la libertadora, cuyo trasiego nos revela la faceta escondida de seres que hoy son inmortales”, destacó la escritora Albalucía Ángel Marulanda en la contraportada del libro.
A continuación, el primer capítulo:
Viajera de las aguas 1856, veintiún años en Paita
Oscuridad. Negrura tersa. Me mece la liquidez de un vientre oscuro, insondable. Vientre sordo. Oigo cadenas, gritos. Seres atados de pies y manos, con cepos en los cuellos. Aguas perturbadas. Gritan. No quiero despertar. No quiero regresar. Es la oscuridad del barco. Es mi abuela sometida, su cuerpo ablandado en sudores, líquidos de otros, es una noche incesante sobre el mar. ¿Cómo contar los días en esa oscuridad?
Huelo la inmundicia. Oigo los gritos. Llanto que acepta, que se entrega. Oigo el roce de esos cuerpos apelmazados. Oigo el deseo de la muerte. Un canto que ruega, que abrumado alaba a los dioses y las diosas y pide compasión. Gran Changó, inmensa Yemayá, ¿por qué? Oigo el canto que pregunta: bella Oshún, amado Olodumare, ¿cómo pueden permitir este viaje, esta dominación? Ruegan a Elegba, el ser entre los vivos y los muertos, a todos los dioses y diosas de su terruño, para que los regrese de esta tierra que ahora es pura agua, inmensa agua. Siento las ondas bajo la mole que surca el mar, alejándolos, deshaciendo la vida de la pradera, del canto de los hondos ríos, del verdor, de la libertad. Yo era semilla en ese corazón que gemía. Yo, pálpito de ese ser que no entendía de qué turbulencia la vida inventaba tanto horror. ¿Qué dios vengativo permitía tanto?
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En la oscuridad del cepo veo ahora a mi madre parir en el encierro. Hija que vale, que venderán, que le arrancan. El hedor metálico de la sangre, el cuerpo lacerado, herido, surcado de violencias. Quiero quedarme allí, antes del suspiro, del llanto, de la esperanza, del tormento. Quiero mecerme en las aguas oscuras de sus entrañas. Cantar bajo el agua. Cantar para siempre entre burbujas. Oír eternamente el llanto de la madre, el dolor de su cuerpo, el deseo de no entregarme al mundo. Oigo el grito, el rechinar del machete al cortar la piel. El llanto. Es la madre, esa otra, que es ella misma y otra y todas, la madre que se repite, la madre que prefiere la muerte. Es la madre que tasajea el cuello de la niña. Es la madre que quita vida. Que detiene el dolor. Grita, madre mía, tú también, que me quieres para la muerte y no para el sacrificio. Grita, madre, y hunde el metal. Sálvala, salva a tu hija del horror, de ser cuerpo sin sentido, sálvala. Déjala volver libre a la negrura pacífica del vacío. La negrura perfecta donde todas las almas habitarán un día. ¿Este espesor oscuro, este vaivén entre la paz y el horror es la muerte?
Me llaman, no quiero volver. Nunca regresar de la dulzura del vientre, de saberme semilla de corazón, onda de viento seco, temeroso. Luz de madre esclavizada, madre que nunca permanece. Me llaman. No hay voz. Una mano me saca. Quiero vivir entre la oscuridad, oscilando entre la memoria candente que me habla y la paz rotunda del fondo. La mano me jala, me saca del agua, me arrastra a la vida del llanto, del aguante, de la dureza. Es una mano suave, no, la otra mano no. No es la que estruja. La que arranca los cabellos del jalonazo, la que clava las uñas, la que odia y somete en cada movimiento. Es otra mano. ¿Es la muerte la mano de la libertad?
Abro lo ojos. La veo. Manuelita duerme en su hamaca. El grito recorre mi cuerpo entero, se empuja por las piernas, aletea en el vientre, estalla en el pecho. Callo. No quiero despertarla. Manuelita. ¿Cómo dejarla? Cómo abandonarla a su suerte si ha sido mi propia suerte. Cómo dejarla ahora que escribíamos nuestras memorias, ahora que tejíamos el pasado para entender. Quiero empujarla a la negrura. Sé que Manuelita también está cansada, también amaría vivir en ese lugar donde las madres no se han ido, donde no hay abandono, donde no han surgido el dolor y la desolación. Sé que quiere volver a esa calma. La mano me jala. Pero no puedo dejar a Manuela. Medio siglo de compañía. Todas las andanzas y las quietudes compartidas, toda una vida siendo los ojos, el corazón, las tripas mismas de ella. Yo, Jonatás, la que no tiene dueño y nunca supo ser libre. Yo, Jonatás, la que ama a su Libertadora, la que nunca creyó y sin embargo la acompañó en todos sus sueños. Yo, instrumento de la vida de Manuelita, cómo puedo dejarla. Yo, la esclava ilustrada, la que aprendió todos los pensamientos de Manuela. Yo, Jonatás, la espía que vislumbró la vida en esos años de luchas criollas. ¿Seré por fin un ser con vida propia?
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Afuera se escuchan las ruedas de la carreta que lleva los muertos a la fosa común, ahora que este pueblo se consume en la enfermedad. En la difteria que trajo un marinero extraviado. Oigo la nave que camina entrela vida y la muerte y se acerca a la puerta que abre Elegba y deja los cuerpos en la última morada de los habitantes de Paita, allá en la cima del cerro, bajo el sol más inclemente. Me pregunto cuántos de esos cuerpos arrumados en la carreta, los que acompañarán a mi propio cuerpo, habrán comprado nuestros dulces, cuántos habrán venido hasta esta casa a oír hablar a la Libertadora del Libertador, que después de paria se convirtió en heroína desterrada. Cuántos habrán tomado sus lecciones de matemáticas o inglés, cuántos serán sus ahijados. Quiero gritar. Quiero decirles que no aspiro a ser enterrada junto a otros cuerpos, como esclava en el barco, atada a la vida de tantos otros desconocidos que vivos o muertos llegaban hasta estas playas. Quiero cumplir el sueño del agua. Entrar en el mar y no volver. Dejarme llevar por tus aguas, Yemayá, tú que eres el mar que ruge. ¡Que me tiren al agua! Porque allí, después de los vaivenes, de los ires y venires, me encontraré con la oscuridad y seguro, qué más quisiera yo, me recibirá mi abuela con los brazos abiertos, y junto a ella todas sus diosas y sus dioses y yo sabré reconocerlos, sabré dejarme arrullar por sus cantos que he olvidado. Tantos años sin la abuela, tantos años sin oír su voz. Tantos años esperando el retorno a estas aguas de mar que no miran al África que quiero mirar, pero que son las aguas que llevan y traen. Esta ansia de llegar al mar para que las aguas me arrastren al fondo de la negrura, de la paz. ¿Pero qué hacer con Manuelita, que tiene las raíces sembradas en este continente?
Cómo dejar a Manuela entre carnes sin nombre, asombrada de ese final, perdida en la inmundicia. ¿Y si se salva, si la muerte no se la lleva, si las raíces de su cuerpo la atan a la vida...? Así como mi semilla sin tierra volará, tal vez Manuelita no, tal vez se quede esperando en cada segundo la muerte, que como a su amado le juega malas pasadas. Mis ojos se cierran. Tengo el pescuezo cerrado. Un hilo minúsculo de aire alcanza a entrar por mi nariz. Ya no queda espacio. Toco mi cuello y lo siento como un balón lleno de agua. Debo verme como una tortuga a punto de reventar. Miro a Manuelita. No puedo saber si la difteria se apoderó de ella. ¿Pero cómo no, si yo muero a su lado?
Juana Rosa entra, la oigo con su caminar más joven que nunca. Tiene la cara cubierta de telas. Si no fuera porque la conozco, reconozco los pasos, podría ser cualquier otra mujer. Pienso en lo difícil que será para Juana Rosa cuidar a Manuelita sin mí, cómo levantar ese cuerpo inmenso y limpiar sus suciedades. Me ahogo. La mano viene a llevarme. Esa mano de madre que regresa y me acaricia. Negra tersura. Quiero levantarme. Quiero salir a buscar el mar. Deseo ondear en el agua hasta la eternidad. Quiero volver a la paz de la oscuridad. Oigo la velocidad lacerante del látigo. Veo a la abuela resistir, la madre en el cepo, el látigo la fustiga, como fuego le abre la piel. De allí vengo yo, de esas sangres que refulgen dolor. De ahí vengo yo y no puedo moverme. ¿Será eso la muerte?
Oigo el mutismo lento del abatimiento. El silencio de la sinesperanza. La mudez que me aleja de la vida. Ese hueco entumecido en el alma, ese lugar para esconderse de no soportar, de no querer vivir. Oigo la risa de Manuelita, veo su sonrisa. Somos dos niñas que cabalgan. Oigo el gorjeo de su risa, que vuela al viento entre mis pelos. Oigo mi risa, llena de miedo, sin saber quién me castigará, quién tendrá el derecho del golpe, del corte, del escarmiento. Oigo mi risa, que sabía confiar en esa niña, en esa joven, en esa mujer decidida a cambiar el mundo. Nunca entendí de qué se componía ese amor, qué le daba fuerza a un amor imposible que nos hacía inseparables. Ella criolla, yo negra; ella rica, yo pobre. Ella con sentido, yo sin sentido.
El ahogo, como el grito, me sacude. Sube y baja por el cuerpo como un terremoto. La mano me guía. ¡No! No puedo dejar a Manuelita. ¡No! No puedo morir fuera del agua. ¡No! Cómo dejar entre muertos sin nombre a la más ilusa, a la Libertadora de América, la Caballeresa del Sol. No. Manuelita es capaz de salvarse. Juana Rosa sabrá curarla y dejarán que me lleven, dejarán que mis carnes duerman sin agua, sin vida, sin la hondura que por años he esperado. La mano me jala y yo oigo el ahogo de Manuelita. Perdóname, mi niña. Perdóname por dejarte. Perdóname por haberme cansado antes que tú, por no ser la fuerza que corte tus raíces y te vuelva a sembrar en el sepulcro.