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Andrés Moya: “En Colombia hacen falta espacios para procesar y compartir el dolor”

Andrés Moya ha dedicado 20 años a Semillas de Apego, un programa de atención psicosocial a cuidadoras víctimas del desplazamiento forzado y del conflicto armado. Esta es la historia de cómo un economista terminó liderando una organización de salud mental.

Santiago Gómez Cubillos

03 de agosto de 2026 - 07:00 a. m.
Moya es doctor en economía de la Universidad de California en Davis y trabaja como profesor asociado de la Universidad de Los Andes.
Foto: Cortesía
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Sus alumnos dicen que usted se define constantemente como un “bicho raro”. ¿Por qué?

Un poco porque los temas que yo trabajo. Soy profesor de economía en la Universidad de los Andes y lo que investigo no es necesariamente lo que uno pensaría que hace un economista. Llevo mucho tiempo trabajando en desplazamiento forzado y, dentro de ese campo, en los últimos años me he enfocado en el desarrollo infantil temprano y su conexión con la salud mental. Eso, de nuevo, puede parecer raro: alguien podría preguntarse por qué eso es economía. Pero parte de la historia y de mi trabajo muestra que la salud mental es uno de los vínculos que hemos olvidado y que puede explicar la persistencia de la pobreza en esta población.

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¿En qué momento de su carrera se dio cuenta de esa conexión?

Hay dos historias paralelas que explican eso: una académica y una personal. La académica ocurrió en el 2005, cuando acababa de salir la sentencia T-025 de la Corte Constitucional, que establecía que el Estado colombiano debía atender con prioridad a la población desplazada. En ese entonces no había mucha información ni datos sobre esta población, entonces yo empecé a trabajar el tema con Ana María Ibáñez y en una de las primeras salidas de campo nos enfrentamos al tema de la salud mental. Llegamos a una casa muy humilde en Altos de Cazucá. La persona que nos recibió dijo que podíamos hacer el piloto de la encuesta, pero que tenía que ser desde su cama, porque no tenía la energía para levantarse ni para comunicarse con facilidad. Desde su desplazamiento, unos meses antes, había permanecido en esa condición. Ese fue un choque muy grande, porque nos hizo ver que habíamos sido ingenuos al llegar con encuestas muy detalladas sobre activos, consumo, ingresos o empleo —lo que normalmente mide un economista—, sin considerar que estas personas habían vivido eventos profundamente traumáticos y que la manifestación más evidente era el impacto en la salud mental.

¿Y cuál fue la historia personal?

En ese mismo periodo tuve que enfrentar experiencias familiares que, como muchas personas en Colombia, había puesto por debajo del tapete. Mi papá sufrió una enfermedad de salud mental que en ese momento no entendíamos ni sabíamos manejar. Había poca información, mucho estigma y mucha vergüenza, y yo había tratado de dejar eso atrás. Pero poco a poco entendí que la salud mental no era un tema de debilidad del carácter o falta de esfuerzo. De hecho, mis conversaciones con mi papá antes eran de ese tipo: yo le decía que tenía que esforzarse más, que debía poner más empeño. Eso no solo es contraproducente, sino que refleja que como sociedad aún no sabemos hablar de estos temas.

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En ese sentido, ¿cómo nació Semillas de apego?

Nació, en parte, de otra experiencia que tuve en un trabajo de campo y que me llevó a confrontar mis propios sesgos. Para mi tesis de doctorado volví a Colombia en 2011 a hacer trabajo de campo y en la primera sesión, el 20 de enero en Tierralta (Córdoba), estaba explicando el tema cuando llegó una mujer con su hija, una niña de cuatro o cinco años. Como es natural, estaba inquieta y mientras yo hablaba se movía por todo el salón. Y estuvo así un rato hasta que en un momento la mamá la tomó, le gritó “No más”, le dio una cachetada y la sentó. Fue un choque muy fuerte, no solo por lo violento de la escena, sino porque nadie se inmutó: era algo completamente normalizado. Durante los ocho meses de trabajo de campo vi ese mismo patrón: un trato muy duro hacia los niños, con disciplina negativa, violencia física y verbal, completamente naturalizada. Al comienzo, desde mis propios sesgos, pensé: esto está mal, hay violencia contra los niños. Pero luego vino también la confrontación de esos juicios. ¿Cómo hace una madre desplazada, que ha sido víctima de la violencia, que vive en pobreza y exclusión, muchas veces sola, para manejar emocionalmente esas situaciones? ¿Cómo logra responder de otra manera cuando su hija está inquieta en un espacio así? Ahí está, en buena medida, la génesis de Semillas de apego, en que me pregunté no solo por lo que le pasaba a los niños, sino también a los adultos que cuidan. Cuidar es profundamente retador.

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¿Qué fue lo primero que descubrió al hacerse esa pregunta?

Que en contextos así, las labores de cuidado desbordan las capacidades de las personas para conectarse de forma sensible con sus hijos. Reconocí una carga que no estábamos viendo, especialmente sobre las mujeres: el peso del conflicto, del desplazamiento y, al mismo tiempo, del cuidado. Y lo peor es que no había programas ni intervenciones ni siquiera un reconocimiento de lo difícil que era esa labor en estos contextos. A partir de ahí surgió la necesidad no solo de investigar, sino de diseñar una intervención que ayudara a romper ese ciclo. Nos aliamos con expertas de la Universidad de California en San Francisco, que tenían un modelo muy alineado con lo que estábamos observando y con ellas diseñamos un piloto en 2015 en Bogotá, con 67 mujeres desplazadas por el conflicto. En 2018 hicimos una evaluación de impacto en Tumaco, con resultados positivos que mostraron que había mucho por hacer. Hoy el programa está en 12 municipios de siete departamentos, llega a cerca de 4.000 familias al año y trabaja con poblaciones diversas afectadas por conflicto, desplazamiento, migración y pobreza extrema.

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De esta compilación de historias, ¿qué diría que ha aprendido de cómo procesamos el dolor en Colombia?

Creo que hacen falta muchos espacios para procesar el dolor y para compartirlo. Incluso para muchas de estas familias en contextos de conflicto y desplazamiento es casi un lujo pensar en ese dolor. Ha habido mamás que nos han contado historias muy traumáticas, pero que al final dicen que no tienen el tiempo ni el espacio para pensar en eso porque tienen que velar por sus hijos. Y ahí nos toca decirles: “está bien, pero para poder cuidar de ellos, tiene que cuidarse usted misma”. El conflicto, además, rompe el tejido social y hace que sea aún más difícil procesar el dolor. Y también está la falta de herramientas, incluso de palabras, para poder nombrar y compartir eso. Ahora, sí veo que esto ha ido cambiando. Hoy, en términos de investigación, servicios y legislación, la situación es muy distinta a antes. Pero todavía nos falta reconocer que este es un país que ha pasado por muchas experiencias traumáticas y mucho dolor, y que no hemos tenido los espacios para compartirlo, reflexionarlo y abordarlo.

Por Santiago Gómez Cubillos

Periodista apasionado por los libros y la música. En El Magazín Cultural se especializa en el manejo de temas sobre literatura.@SantiagoGomez98sgomez@elespectador.com
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