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Angie Vega: un diálogo poético entre la cotidianidad y el trasegar humano

Desde que era niña, Angie Vega (1998) tuvo la certeza de que el arte sería la brújula que la guiaría en la vida. A través del óleo y los retratos, esta artista bogotana muestra, con un ojo sensible y lúcido, los entornos domésticos, el núcleo familiar y las intimidades que habitan en ellos.

Laura Valeria López

20 de marzo de 2026 - 07:09 p. m.
Angie Vega con su obra “Revestimiento” en el estudio de su casa.
Foto: Cortesía de Angie Vega
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A finales de 2025, Angie Vega arribó a Beijing. Esta no era la primera vez que sus pinceles y óleos la llevaban a nuevos territorios. En esta ocasión, fue la embajada de Colombia en China la que la invitó para que, durante unos días y bajo el evento Young Art in Colombia: Two Perspectives, sus obras habitaran en el salón de exhibiciones del Beijing International Club y así los visitantes pudieran acercarse a la cultura popular bogotana.

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En su maleta viajaban las obras que había seleccionado cuidadosamente para esta exposición, las cuales había desensamblado previamente del marco y solo llevaba con ella la lona costeña. Al llegar a la capital china y dejar rápidamente sus pertenencias en el hotel, debió salir hacia la galería para comenzar a montar sus pinturas en los nuevos marcos, tarea a la que estaba acostumbrada, y al siguiente día comenzar, oficialmente, a sus días en la ciudad asiática.

“Su obra me recuerda a una artista rusa”, le dijo una de las asistentes que se encontraba en la inauguración de la exposición. Este comentario confirmaba las enseñanzas que había dejado su paso por la escuela rusa. En julio del año pasado, luego de haber enviado su portafolio sin muchas expectativas y con la idea de que no se ganaría la beca para estudiar en Rusia, debido a que solo escogían a tres personas de cuarenta y cinco países distintos, se encontraba en pleno San Petersburgo. Una inmersión en la pintura clásica a través de la Residency Innopraktika School at Saint Petersburg Academy of Fine Arts 2025.

Durante un mes debía crear una sola obra basada en la propuesta de este encuentro: retratar Los valores globales; es decir, obras que, a través del lienzo, expresaran una enseñanza puntual, un valor que transmitir y, al final, exponer el porqué de su elección de ese valor. Primero debía dibujar el boceto en una hoja blanca y, posteriormente, llevar esta obra a la lona. Durante su estadía, bajo un horario riguroso y estricto, además de dedicarse a su proyecto final, debía tomar clases, ir a museos y a encuentros con aristas, y, naturalmente, descansar del olor de la trementina y el óleo.

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Angie Vega en el taller de la Residency Innopraktika School at Saint Petersburg Academy of Fine Arts. (2025)
Foto: Cortesía de Angie Vega

En su paso por los salones de la ASAB, durante sus años de estudios universitarios, se había dedicado a seguir diferentes artistas rusos, quienes no solo se habían convertido en referentes, sino que, sin saberlo, también se habían vuelto en esa luz que ilumina el sendero, uno que Vega llevaba andando hace tiempo -acompañada de maestros como Andrés Alarcón, Carlos Aguirre, César Meza y Raquel Paz-, uno que transitaba lento, paso a paso, pincelada tras pincelada.

Estos referentes, que se veían tan lejanos en sus días universitarios, hicieron parte de las sesiones en San Petersburgo. Y fue así como pudo ver cómo para ellos los pinceles se volvían una extensión de sus manos, cómo la respiración acompañaba cada uno de sus trazos, o cómo jugaban y escogían los colores para crear luces o sombras. Movimientos y decisiones que Angie fue volviendo suyos.

Pero antes de Rusia fue España cuando se postuló a la residencia artística Cuarentena. En el 2024 llegó a las Islas Baleares para enclaustrarse por un mes. El lugar en el que estuvo viviendo durante esas casi cuatro semanas, varios años atrás, había sido un sanatorio al que enviaban desde España a los enfermos a terminar sus últimos días en este plano, espacio que estaba acompañado de un cementerio por el que tuvo que caminar algunos días mientras sus maestros impartían sus clases entre las tumbas. Durante su curso no tuvo señal ni contacto con el mundo exterior, ya que no podían hacer uso de sus celulares, y sus días estuvieron acompañados por los demás estudiantes de otros países y los maestros Henrik Uldalen, Edward Povey y Phil Hale.

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Uno de los días más difíciles en la isla fue cuando les avisaron que durante esa jornada, una que duraba un poco más de 8 horas, debían pintar en silencio, sin hablar con nadie ni hacer uso de sus auriculares para encerrarse en sus propios mundos, poniendo la música como muros entre los demás.

Durante estas horas, Vega se entregó al sonido del mar, a los susurros de las olas y de los pájaros que visitaban la isla. Y, aunque al principio le costó un poco aceptar el silencio, empezó a entenderlo, a relacionarse con él, con la piel del silencio. Y sin romperlo, comenzó a evocarlo en sus trazos. Habitar su cuerpo desde otro lugar, a sentir cómo cada músculo de su brazo y espalda le iban indicando qué forma darle. A experimentar una meditación en movimiento sin saberlo, a estar –valga la redundancia– en estado de contemplación. “Aunque no fue fácil estar en silencio, sí es algo que vengo buscando, escuchando cada vez más. He tratado que el silencio habite mis cuadros”.

Tras sus residencias y viajes, regresa siempre a Bogotá, a compartir con ese entorno que es el hogar, uno que construyó su abuelo y ahora es habitado por ella, sus hermanos y sus padres. Esta casa, ubicada en el barrio San Vicente (El Tunal), en el sur de este distrito salvaje, la construyó el padre de su mamá, quien, como muchos colombianos, llegó a la capital debido a la violencia y al desplazamiento sistemático, buscando nuevas oportunidades. Una casa, que, como narra Vega, fue tomando forma según las necesidades que iban apareciendo, sin un plano, sin un arquitecto.

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Las paredes azules, el color favorito de su abuelo, de la casa han inspirado su obra y que hacen parte de ella; fueron labradas durante años por un artesano, quien no sabía que lo era y que, paradójicamente, no le permitió a su hija dedicarse al arte, pues todos conocemos esa creencia de que nadie puede vivir del arte o la música o la danza, que en esta ciudad –en este país– hay que estudiar otra vaina pa’ poder conseguir lo del día o lo del mes y sacar a la familia adelante.

A través del óleo y los retratos, Angie Vega retrata la intimidad de los entornos domésticos.
Foto: Cortesía de Angie Vega

Y sus papás llevaban —llevan— a esos artesanos que son nuestros campesinos por debajo de la piel, pues su papá se inclinaba hacia la técnica plein air (pintura al aire libre) y el óleo, mientras que su mamá se iba más por el dibujo de retratos y cuerpos y la técnica de carboncillo, actividades que terminaron en hobby, porque hay que estudiar una carrera que sí sirva pa’, y él se volvió ingeniero de sistemas y su mamá se fue por la enfermería, aunque luego se haya dedicado al hogar. Pero hay cosas que no se pueden negar, que se llevan en la sangre; entonces Angie terminó estudiando artes contando con el apoyo de sus papás, aunque también tuvieran la misma preocupación que los suyos: “¿de qué va a vivir esta muchachita?”. Y ha vivido de la convergencia de las pasiones de sus papás, pues las obras de Vega se basan en hacer retratos bajo la técnica del óleo.

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Sus días empiezan cuando el sol ya ha recorrido la espalda de los cerros y comienza a iluminar la capital. Se prepara un batido, hace unas horas de ejercicio y luego se encierra durante unas 8 horas en su estudio. Aquí, en este espacio sagrado, mientras limpia los pinceles, organiza los óleos y los caballetes, y se dispone a pintar, abre la ventana y se pone a escuchar la ciudad, la banda sonora de Bogotá. En otras ocasiones, por ese mismo marco de hierro gastado, se anima a mirar de frente su barrio con delicadeza, pero estando alerta de qué imagen le hablará, le pedirá que la haga suya para luego narrarla a través de sus trazos. Otras veces se queda mirando esa casa en la que hacen ataúdes; cuenta que “pasan cosas muy chistosas” en ese lugar que moldea la madera para acunar a esos cuerpos que volverán al útero de la tierra.

“A los alrededores de mi casa hay familias que, como muchas de esta zona, tienen su emprendimiento en el garaje de su casa, y en la cotidianidad de esas familias y esos negocios encuentro imágenes que me llaman la atención. Les tomo una foto y luego las pinto”. Y, aunque estas imágenes cotidianas hacen parte del universo de sus pinturas, Vega siempre vuelve a los rincones de su casa, la verdadera musa de su obra. “Busco en estas paredes azules esas historias que no conozco, que no han sido mencionadas para luego poder pintarlas, retratarlas”.

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Cuando la ciudad la abruma y el ruido sobrepasa esa banda sonora que es Bogotá, cierra la ventana, se aleja del marco de hierro gastado y le da vida la música clásica o esa salsa que escucha tímidamente, de vez en cuando, pero que disfruta siempre. Al comenzar la noche, Angie sale de su templo y hace parte del ecosistema activo de su hogar; luego, si el cansancio no es mucho, se mete entre su cama a leer alguno de los libros que viven en su mesita de noche. Hay días en los que en las tardes se las dedica a sus amigos o a visitar alguna exposición de arte o a recorrer la ciudad.

Su arte ha sido el vehículo que le ha permitido preguntarse y, asimismo, entender los arquetipos que habitan en los entornos domésticos populares, pues en sus pinturas, que nacen de una observación pausada y delicada, los objetos, el uso de la luz y la intimidad de estas viviendas y familias plasman con una basta honestidad la cotidianidad que en ellas se teje.

No se equivoca la historiadora de arte Laura Páez cuando dice que la obra de Angie Vega no había viajado en vano en repetidas ocasiones a escenarios como Francia, Estados Unidos, México o Rusia. De igual manera, Páez detalla que su obra “se erige como un dispositivo de memoria: un modo de reelaborar lo cotidiano desde la lucidez y sin idealización, para enunciar la belleza y la tensión de lo ordinario. En ese sentido, Vega desarrolla una poética del habitar, donde la casa es metáfora y traducción simbólica de las dichas, carencias, dificultades y victorias de ese colectivo íntimo que es el núcleo familiar, mientras que ofrece a través de él una mirada a la naturaleza misma de la sociedad, siempre en reelaboración, siempre susceptible al cambio”.

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