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La invención del París que creemos eterno

En el siglo XIX, Napoleón III impulsó una transformación radical de París bajo la dirección de Georges-Eugène Haussmann. La renovación cambió la estructura de la ciudad, modificó sus dinámicas sociales y dio origen al paisaje urbano que hoy la caracteriza.

Alejandro González
París, la capital de Francia, es conocida como la ciudad de la luz.
Foto: David Franklin

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París no era aún la ciudad de las luces cuando el Emperador se propuso transformarla para siempre. Era una ciudad ahogada sobre sí misma, un laberinto medieval en el que la luz y el aire no encontraban el camino. Ni siquiera la elegancia había llegado a sus orillas: la basura se vertía al Sena, el hacinamiento era extremo, y el tráfico era imposible. Sólo el cólera, el tifus y otras enfermedades encontraban las condiciones para prosperar en aquel ambiente que llenó durante siglos la ciudad de pobreza y crimen.

Los cambios que la ciudad necesitaba desde la Edad Media hubieron de esperar largo tiempo. En 1852, un presidente de noble linaje daba el golpe de estado que le proclamaba Emperador del Segundo Imperio Francés. Su nombre era Napoléon III. Era este un sobrino de Napoleón condenado al destierro, que tras una vida en Londres vio en la decadencia de París el síntoma de una crisis nacional. Poco después de su coronación, encargó a Georges Eugène Haussmann la tarea de airear, unificar y embellecer la ciudad. Puso a su disposición los medios necesarios, y el prefecto se puso a trabajar con tal determinación que, cuando hubo terminado, había demolido un cuarto de las viviendas y trasladado a un tercio de la población.

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Las renovaciones de Haussmann tumbaron los antiguos callejones de París para crear un nuevo orden. Siguiendo en el modelo londinense, se crearon amplios bulevares llenos de luz y aire limpio, se abrieron los espacios para dispersar las miasmas portadoras del cólera y se diseñó un nuevo entramado que conectaba los cuatro puntos cardinales. Muchos de los lugares emblemáticos de la ciudad, como la Ópera Garnier y el Hotel du Louvre fueron creados entonces. E incluso los más nobles monumentos se vieron afectados por aquel viento de renovación, pues la Sainte-Chapelle y Notre-Dame dejaron de estar ahogadas entre callejones y muros para recibir la luz de sus nuevas plazas.

(FILES) This photograph shows Paris's Opera Garnier on the sixteenth day of a strict lockdown in France to stop the spread of COVID-19 (novel coronavirus), on April 1, 2020.
La Ópera Garnier de París se declaró como monumento histórico en 1923.
Foto: AFP - BERTRAND GUAY

Quizás convenga recordar que no todo se vio favorecido. En aquel París, eran las grandes fortunas quienes habitaban la periferia, atraídas por el espacio y la seguridad, y eran muchos los que ocupaban las calles laberínticas del París de Victor Hugo. Napoleón III se aseguró de darle la vuelta a aquella escena inverosímil y encargó a Haussmann que su renovación dificultase a los pobres hacer barricadas y revueltas callejeras. Finalmente, el cambio decidió también quien podía vivir allí: la demolición del viejo París, en cuyo lugar apareció el París de los bloques con fachada de piedra y balcones de hierro, provocó el desplazamiento de miles de familias obreras que hubieron de trasladarse al extrarradio para poder vivir.

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El colofón final de la transformación fue la anexión, en 1860, de los suburbios que entonces quedaban fuera de los muros. Su integración cambió la escala de la ciudad: de doce distritos se pasó a veinte, y al reto de renovar la ciudad se añadió el de conectarla con aquellas incorporadas. Todo había de terminar en 1870 con la dimisión de Haussmann, criticado entonces por el parlamento a causa de sus sobrecostes y por el pueblo por haber dado la vuelta a su ciudad. Ocho meses después, Napoleón III era capturado por los alemanes y el Segundo Imperio Francés llegaba con ello a su fin a la vez que terminaban las renovaciones capitalinas.

Haussmann dejó un París nuevo a su paso. El tamaño era el doble y la población era el cuádruple. El París de la oscuridad y de Los Miserables había desaparecido y en su lugar afloró una ciudad nueva y monumental, de grandes parques y avenidas que iluminarían la Belle Époque. La ciudad había cambiado tanto, en tan poco tiempo, que ya no encajaba en los viejos mapas. Quien la hubiera visitado dos décadas antes apenas habría podido reconocerla al volver.

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Por Alejandro González

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