21 Mar 2021 - 11:18 p. m.

Augurios para la educación

En un momento en el que la virtualidad se ha convertido en el paisaje cotidiano, la educación se enfrenta al reto de construir comunidades virtuales, al tiempo que cumple con su rol de educar desde el modelo de enseñanza para la comprensión.

Natalia Merizalde Rubio

No sé qué le enseñaron a mi abuela paterna —a quien no conocí— en el colegio. Muy probablemente, ella quiso ir a la universidad, pero sus posibilidades no llegaban tan lejos; nació en 1914. A pesar de eso, era una pianista y una artista maravillosa. Su esposo, mi abuelo, le llevaba veinte años. Estudió en el San Bartolomé, que aún en ese comienzo del siglo XX quedaba en la Plaza de Bolívar. Sabrá Dios qué aprendió. A mi abuelo materno le enseñaron en la universidad de derecho, justicia y filosofía. Fue un hombre soñador, también un hombre de su época que aún considera a las mujeres en un nivel inferior, y tiene en la mente la convicción de que el hombre es el que debe tener el poder sobre todos los asuntos humanos. A mi abuela materna le enseñaron del cuidado, del amor; dio todo por su familia, me enseñó a tejer y compartimos muchas tardes juntas.

A mi madre le enseñaron geografía en medio de la época de la Guerra Fría, y ciertamente a su generación la caracteriza esa polarización entre un mundo comunista y otro capitalista. A mi padre lo educaron los curas agustinos. Contaba él cómo a la clase de matemáticas entraba el profesor con un cigarrillo en la boca. Un día se estaba adelantando con el cuaderno de un compañero, y el cura, furibundo, lanzó su cuaderno por una ventana hacia la calle. Mi padre recuerda con gran humor aquel incidente en que las hojas de su cuaderno bailaban cayendo sobre la calle 93 con carrera 15. La educación funcionaba a partir de memorizar a la fuerza y repetir aquello que, a lo mejor, no es tan importante recordar.

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