Hay historias de terror que azotan la imaginación porque se mueven en la frontera difusa entre la realidad y la ficción. En ese punto, el cine convierte la tragedia en intuición sensitiva. La película Aún es de noche en Caracas llega al clímax existencial de la tragedia humana. Desarrolla una propuesta intimista donde el silencio no colapsa: se tramita en una nítida nostalgia de un pasado a orilla de playa, sudor de pueblo y tambor.
Adelaida, una niña que apenas logra esbozar una risa y cuyo sentido de protección luce alterado, aparece y desaparece, reflejando el colapso emocional de la Adelaida adulta, que lucha por mirarse en el espejo o en alguna vieja fotografía sin desmayarse. No hay en ella consuelo definitivo; solo la contemplación del pasado en fotografías arrojadas sobre un suelo de cosas desordenadas.
Los diez primeros minutos de la película son un retrato descomunal de un país sin salvavidas. Mejor dicho: sálvese quien pueda, porque la tragedia está a la orden del día. Se escucha en el murmullo de los vecinos y se ve en la “basura” extraña de la noche anterior. Así es Caracas: estresante en su tesitura civilizatoria y, en sus peores versiones, fiel a ese dicho popular que la presenta como la sucursal del cielo o del infierno.
Adelaida mira a ese país roto desde la ventana del apartamento con su corazón hecho pedazos. Como espectadores, no abarcamos toda la magnitud, y desde la creación cinematográfica, no hay exageración. Para quienes sabemos qué pasó y cómo pasó, ello no impide otra mirada de asombro y aflicción; solo nos expone a una memoria cuyas imágenes reactivan las alarmas del sistema nervioso.
En la Venezuela del año 2017, vivir y sentir la tragedia era una cotidianidad afirmada. A veces se vivía —o se sobrevivía— sin plena conciencia de ello. Aquello nos expuso a lo peor de una sociedad fracturada, peleando sin que fuese una guerra civil.
Para el productor y actor Edgar Ramírez, es un tema existencial: “El punto más oscuro de la noche es antes del amanecer. Nueve años después, esa oscuridad de Caracas pudiera estar entrando en su etapa final antes de la luz”. También advierte que la memoria de aquellos acontecimientos está hecha de imágenes que detonan la rabia, la tristeza y la impotencia; que hemos sido gobernados por una maldad que violentó puertas y ventanas, identidades y comportamientos, desde lo más podrido del poder autoritario.
Ver la nevera vacía, sufrir los cortes permanentes de luz y agua, recibir la humillante y desnutrida caja del CLAP, o quedar atrapado en la corrupción social de motorizados o funcionarios del gobierno, apenas es un atisbo de todo aquello que se vivió.
Pero volvamos a Adelaida, a sus despojos y a ese sentido histórico de la tragedia. Por ejemplo, en Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos, de Miguel de Unamuno, el conflicto es irresoluble y el dolor forma parte de la aceptación de la vida.
No todo deviene en destino voluntario ni en construcción fatalista. En Adelaida se condensa la suma de todos los males: ella no tiene ningún control, apenas campea las circunstancias. A su lado, en una esquina, está Caracas envuelta en llamas, donde unos muchachos se protegen con escudos artesanales y corren entre nubes de humo tóxico para huir, encapuchados, tratando de salvarse de una bala que pueda romperles algún hueso del alma.
Cuando creemos que ya hemos tocado fondo, aparece el fantasma Santiago. Muerto en vida, entra en escena para dar testimonio de cómo el miedo telúrico —esa sensación de no existencia, con el dolor anestesiado— arrastra su mirada hacia el sacrificio en un injusto infierno. Es la demostración fáctica de que el terror no tiene cercos.
Era un muerto contando su último relato, sentenciado moralmente, indigno y sucio, tratando de huir de las sombras de un miedo que apenas podía soportar. Sí, el chavismo es tortura en las calles y en la tumba; y su narrativa de mentiras también tortura a la verdad, al logos: es tierra arrasada.
Sin embargo, para Santiago y Adelaida quedaron fuerzas para una botella de vino y un polvo desesperado de distracción y despedida. “Lárgate ya” funciona como sentencia de que todo aquello no tenía arreglo: solo la huida o la muerte. La tragedia solo empaca maletas y Adelaida gira una última mirada de despedida por la ventana hacia ese país que no dejará nunca de ser fuego, aunque sea de noche. “Aún es de noche en Caracas” es una película que nos invita a una reflexión profunda e inacabada, desde ese punto de vista el mandado está hecho.