Los colores vibrantes, las figuras humanas, la naturaleza y una visión del mundo placentera hicieron de David Hockney uno de los artistas más conocidos y recordados del siglo XX. Sus obras y su percepción de Los Ángeles definieron la estética de la ciudad en la década de 1960.
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Su frase insignia: “Love life” (Ama la vida) lo acompañó durante su vida e hizo parte integral de su obra. Los paisajes y escenas que pintó sobre lienzos, papel y, luego, en su iPad y iPhone en años más recientes, crearon un universo propio en el que resaltó su búsqueda de la verdad y su interés por capturar momentos cotidianos como tesoros.
En un tributo dedicado a Hockney, la artista Tracey Emin se refirió a él como “un gran artista y un hombre maravilloso, que con el poder del arte cambió la percepción de la identidad británica. Un homosexual orgulloso y fumador empedernido, que enarboló la bandera británica más alto que ningún otro artista”.
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David Hockney nació en Bradford, Yorkshire. Por el entorno en el que creció, no parecía estar destinado a ser artista. “Cuando fui a la escuela de arte un vecino me dijo: ‘Algunos de los que estudian arte no trabajan nada. ¡Unos vagos!’. Y yo le dije: ‘Oh, yo sí que voy a trabajar, no te preocupes’. Y así fue”, recordó el artista.
Comenzó sus estudios en el Bradford School of Art, desde donde comenzó a retratar la vida cotidiana de su ciudad natal, y continuó en el Royal College of Art en Londres, sintiéndose atraído por la actitud avant-garde de la universidad. Sus obras fueron exhibidas en una muestra titulada “New Contemporaries”, con la que la institución declaró la llegada del arte pop británico en 1961.
A pesar de que se le conoció como pintor, el artista británico fue mucho más que eso. Trabajó con collage, fotografía, grafito y herramientas tecnológicas que le permitieron ser reconocido como “una de las figuras más importantes del arte contemporáneo”.
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Una de las primeras obras que creó fue un retrato de su padre, Kenneth Hockney, en collage, una técnica que también utilizó para crear su autorretrato en 1954. En 1961 y mientras estudiaba en Londres, creó la obra con la que habló sobre el amor y su orientación sexual como hombre gay.
Titulada “We Two Boys Together Clinging”, una frase tomada de un poema de Walt Whitman, Hockney “presenta grafitis pintados como elemento figurativo en una escena en la que dos jóvenes se abrazan con una ingenuidad al estilo Dubuffet. Al usar el código alfabético de Whitman para identificarse a sí mismo y a sus amantes (”4.8″ significa “D. H.”, el propio artista), y dejando algunas palabras (como, podríamos suponer, “queer” y “boy”) ocultas, Hockney insinuó que se trataba de la representación de un acto ilegal, años antes de que la homosexualidad fuera despenalizada en la Ley de Delitos Sexuales de 1967″, escribió Matthew Holman para The Art Newspaper.
Para el crítico de arte Jonathan Jones, reducir a Hockney a la etiqueta del “primer artista británico abiertamente gay” sería un despropósito. Sin embargo, fue desde ahí que comenzó su revolución, pues su orientación sexual era solo una más de sus realidades. Y la pintó con la misma intensidad con la que retrató su vida en en Bradford.
Hockney expandió sus fronteras y miró hacia Estados Unidos. Durante la década de 1960 viajó a Nueva York, donde compartió con otros artistas como Andy Warhol. Así comenzó su historia de amor con el país norteamericano.
“El arte pop tenía una racha miserable tan ancha como un Chevrolet. La mayoría de sus grandes exponentes —Richard Hamilton, Andy Warhol, Gerhard Richter— no eran fans, sino críticos fríos de la nueva sociedad de consumo occidental que se estaba configurando hacia 1960. Entonces llegó Hockney. Una infancia en el paisaje industrial ennegrecido por el humo de Bradford produjo un joven artista tan libre de nostalgia como de esnobismo", escribió Jones para The Guardian.
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Sin embargo, la ciudad que le robó el corazón fue Los Ángeles. La costa oeste, específicamente San Bernardino, lo recibió en enero de 1964 y desde allí desarrolló algunas de las piezas por las que fue más recordado. “Cuando fui a Los Ángeles”, reflexionó Hockney, “fue tres veces mejor de lo que pensaba”.
En ese entorno se zambulló en una realidad que no era suya y eso le otorgó una visión privilegiada para retratar la cotidianidad de la región estadounidense que lo marcó. De hecho, entre 1964 y 1971 las piscinas brillantes de Los Ángeles se convirtieron en su enfoque predilecto y, apenas cuatro años después de mudarse a la ciudad californiana, creó “A Bigger Splash”, una de sus piezas más conocidas y que ha sido interpretada como una oda a la libertad y la expresión.
“Aunque ‘A Bigger Splash’ parece, a primera vista, un momento observado con meticulosidad, en realidad fue una fusión de experiencias personales y ajenas. El origen más inmediato de la pintura se remonta al descubrimiento fortuito por parte del artista de un manual técnico sobre la construcción de piscinas. Una fotografía de un chapuzón provocado por un buceador invisible y un trampolín, publicada por Sunset Books en 1959, sin la presencia de dos espectadores junto a la piscina, pronto se fusionó en el lienzo de Hockney con una versión estilizada del edificio que se encontraba detrás, similar a las que había estado dibujando recientemente en su cuaderno”, escribió Kelly Grovier para la BBC.
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En esta obra, Hockney dejó ver la influencia que había tenido en él un viaje previo a Egipto, con la planitud de los frescos antiguos y la paleta de colores que admiraba de los maestros del Renacimiento temprano como Masaccio, Fra Angelico y Piero della Francesca. Con el paso del tiempo, sus pinturas se iban volviendo más estáticas y lo presentaban a él como un espectador de la escena que retrataba. De acuerdo con Jones, un ejemplo de esto puede ser su obra más reconocida “Portrait of an Artist (Pool with Two Figures)”, en la que el crítico resalta lo solitario de la acción de observar, uno de los elementos característicos de Hockney.
Más allá de las piscinas, la década de 1970 llevó al artista hacia el realismo con obras como “Mr and Mrs Clark and Percy” (1970-71), en la que capturó la “intimidad amorosa y la desconexión silenciosa entre parejas”, según Holman.
Tras su periodo en Estados Unidos, regresó a Inglaterra y allí continuó con su exploración del retrato. Solía capturar la imagen de sus seres queridos y su círculo cercano varias veces.
Entrado el siglo XXI, Hockney no se limitó a la pintura, la fotografía o el dibujo. Se expandió hacia lo digital y el video comenzó a ser parte de su práctica artística, de la misma manera en la que los sets teatrales lo fueron durante el siglo XX.
Durante la pandemia del COVID-19 se mudó a Normandía, Francia. Y desde allí dijo: “Si me preguntan dónde vivo, siempre diría que dondequiera que esté. Soy un angelino inglés, ahora residente en Francia… Voy a enseñarles a los franceses cómo pintar Normandía". Durante esa época enfocó su atención en las flores, los estanques y los árboles, pero su verdadero aliado fue el lápiz digital de su iPad. Más tarde estos dibujos fueron presentados en una exhibición individual.
David Hockney no se apartó de su trabajo, aunque estuvo a punto de hacerlo en 2013, tras la muerte de su asistente. Con su visión del mundo y las obras que produjo a lo largo de seis décadas de carrera, se convirtió en uno de los artistas más queridos de Inglaterra.
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