La periodista y corresponsal de guerra colombiana Catalina Gómez Ángel recibió este viernes el Reconocimiento a la Excelencia de la Fundación Gabo, un galardón anunciado el pasado 4 de junio y entregado por Jaime Abello Banfi, director y cofundador de la institución.
Tras un video que resumió su trayectoria, Gómez Ángel subió al escenario para pronunciar un discurso en el que reflexionó sobre el oficio de corresponsal, la cobertura de conflictos como los de Irán y Ucrania, el papel de las mujeres periodistas y el legado de colegas que marcaron su carrera. A continuación, el discurso completo.
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Gracias a la Fundación Gabo, al Consejo Rector, a las instituciones que hacen posible este premio.
A mi familia y amigos, que son como familia, que están hoy aquí conmigo y a quienes no les he dado una vida fácil estos años. Gracias. Ustedes han sufrido desde que decidí irme, pero también quiero que sepan que han sido mi mayor apoyo. Recuerdo a mi madre… posiblemente la persona más nerviosa que he conocido, pero también la más valiente.
Nunca me pidió que dejara este oficio…
Este reconocimiento ha sido, sin exagerar, una de las mayores alegrías de mi vida.
También una de las mayores sorpresas.
Esto se debe a que vengo de esta región del mundo donde muchos colegas siguen trabajando bajo amenazas, persecución o exilio. Por eso recibo este reconocimiento con una enorme gratitud, pero también con mucha responsabilidad.
Porque este reconocimiento no lo recibo solo a título personal. Lo hago también en nombre de las muchas mujeres de lengua hispana y portuguesa que hemos elegido contar el mundo lejos de nuestras fronteras. Mujeres que intentamos comprender las sociedades que hay detrás de los despachos de agencia y ponerles rostro. Ojalá muy pronto seamos muchas más.
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En estos años, muchas veces me he preguntado: ¿qué aporto a la conversación de los países que cubro? Y, sobre todo, si ¿vale la pena insistir por permanecer en Irán o regresar constantemente a Ucrania?
La respuesta no siempre es clara.
Hay momentos en los que todo es cuesta arriba. A los retos de trabajar sobre el terreno se suman los problemas económicos de nuestros medios, la dificultad de vender una historia sobre un país cuando no pasa algo importante y las restricciones impuestas por las autoridades locales que en los últimos tiempos prefieren dar acceso a influencers que respaldan su discurso y no a periodistas que se hacen preguntas.
Pero también, de vez en cuando, pasan cosas que confirman la importancia de nuestra presencia. En mi caso, una de ellas ocurrió el pasado enero en Teherán.
Después de semanas de protestas, se había convocado una gran movilización. Nadie sabía qué iba a pasar. De repente empezaron a salir familias enteras de sus casas hasta convertirse en una gran multitud. Las milicias y las fuerzas de seguridad estaban cada vez más nerviosas. No tardaron en cortarnos internet y las líneas telefónicas.
Después de años de cubrir protestas en esas mismas calles, era fácil concluir que estábamos frente a un escenario diferente. Nos retiramos esa noche con la sensación de que asistíamos a un momento histórico, pero no teníamos cómo comprobarlo. Veíamos algunos vídeos a través de las televisiones que llegaban por satélites, que son ilegales en Irán, pero la experiencia nos ha enseñado que no podemos concluir nada a partir de esas imágenes.
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Al día siguiente no tuvimos otra opción que recurrir a la metodología de los viejos reporteros: ir al café, hablar con la gente e intentar entender lo que estaba pasando. Todos conocían a alguien —o conocían a alguien que conocía a alguien— que había muerto o había resultado herido.
Así durante varios días. Cada mañana y cada tarde actualizaba mi crónica esperando que se abriera una ventana para poder enviarla, hasta que finalmente ocurrió.
Ese día confirmé el valor de estar allí. No tenía todas las respuestas ni alcanzaba a comprender la dimensión de lo que estaba ocurriendo. Pero había visto la represión, escuchado los testimonios y entendido algo que no podía percibirse desde lejos. Ese día pensé: tal vez sí ha valido la pena permanecer todos estos años aquí.
Pero lo retador no terminó ahí. Porque la realidad cambió rápidamente cuando Estados Unidos e Israel iniciaron la guerra y, con ella, también lo que sucedía dentro de la sociedad. Tuve que hacer un esfuerzo mental inmenso, conversar con mucha gente, hacer muchas preguntas, para poder narrar la transformación en el sentimiento de una parte de la sociedad iraní. Lo que me contaban muchos contradecía la realidad que había contado semanas antes.
Pero para eso estamos los corresponsales: para detectar esos cambios y contarlos. Nuestro oficio consiste primero en intentar entender. Y eso exige la honestidad de aceptar que no existen certezas.
Creo en la importancia de estar en las calles, de observar detenidamente, de conversar. Y en una mirada que no se construye en solitario.
Por el contrario, construye con las personas que nos abren las puertas de sus vidas. Pero también con el trabajo en equipo. Para mí esta profesión es un aprendizaje continuo gracias a la interacción continua con otros periodistas y productores locales, de verlos trabajar, de leer sus crónicas o ver sus informes. Muchos de ellos están hoy aquí, y quiero decirles que los admiro y quiero.
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Kaveh, quien ha estado a mi lado durante estos años y quien ha cubierto más guerras que yo, me ha dado grandes lecciones. Tal vez la más valiosa fue un día que yo no sabía si continuar mi cubrimiento en Siria debido a que la noche anterior habían atacado fuertemente. Al plantearle la duda por teléfono, preguntó: “¿Qué dice tu corazón?”. Colgué el teléfono y seguí con mis planes.
Quizá por eso admiro tanto lo que la Fundación Gabo ha construido durante todos estos años: un lugar donde los periodistas aprendemos a ampliar la mirada, a cuestionar nuestras propias certezas y a aprender de las experiencias de otros.
Somos muy afortunados de tenerlos.
Y quiero aprovechar para dirigirme a ti, Jaime Abello.
En momentos tan tristes como los que has vivido, creo que no hay mejor prueba del legado que han construido a través de la Fundación que esta comunidad de periodistas reunida hoy para abrazarte.
Hoy también quiero recordar en este escenario a Rodrigo Pardo, que marcó profundamente mi manera de entender este oficio y que me dio el primer impulso para cubrir conflictos.
Fue uno de los periodistas más brillantes, rectos y humanos que ha tenido Colombia.
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Cuando era director de RCN Televisión, apostó por cubrir a profundidad lo que estaba pasando en Oriente Medio. Me acuerdo cuando lo llamé para contarle que me habían dado la visa a Damasco; me dijo “vaya” y me aprobó un presupuesto con el que podía trabajar decentemente en zona de guerra, que nunca son baratas. Era un riesgo que él corría; al fin y al cabo yo nunca había cubierto una guerra, y menos con las complejidades de la televisión.
Mi visita coincidió con una de las primeras grandes matanzas de la guerra que pude cubrir.
Recuerdo que al día siguiente, al abrir los ojos, había un mensaje suyo: “Vas abriendo noticiero”. Era una victoria para él, que creía que las noticias internacionales eran importantes, que el mundo hay que contarlo y que es importante hacerlo con una mirada latinoamericana.
Hoy quiero recordar a Rodrigo, que nos hace una falta enorme, porque en un mundo tan complejo y que cambia tan rápido, marcado por conflictos que nos afectan a todos, donde cada vez se apuesta menos por el cubrimiento internacional, su legado es aún más importante.
Gracias.