El Magazín Cultural

30 Nov 2020 - 2:45 p. m.

Churchill, matar o morir

Para Churchill la paz era la guerra, y la guerra, una necesidad para establecer un orden. La felicidad era el riesgo, combatir, si era necesario, y ubicarse de primero entre los primeros en la línea de fuego, sabiendo que ahí solo habría dos opciones. Recuperamos este texto por los 146 años del natalicio de Winston Churchill.

FERNANDO ARAÚJO VÉLEZ

Winston Churchill, el hombre que guió a Inglaterra y a los aliados a la victoria en la Segunda Guerra Mundial.  / Archivo Particular
Winston Churchill, el hombre que guió a Inglaterra y a los aliados a la victoria en la Segunda Guerra Mundial. / Archivo Particular

Fue director de escena, como primer lord del Almirantazgo británico, y decidió mal, o decidieron mal por él, y como consecuencia de sus órdenes, de sus contraórdenes, de su inseguridad seguida de su tremendismo, de su querer imponer su razón siempre, murieron más de 400 mil soldados en las batallas de Galípoli, Turquía, en 1915, durante la Primera Guerra Mundial, y luego, algunos meses más tarde, fue punta de cañón en Francia y Bélgica para matar o morir, porque la vida era eso en aquellos tiempos, y sólo matando o muriendo él podría lavarse las manos de la sangre de Galípoli.

Ya poco o nada importaban su pasado y sus logros. Haberse ido del lado de los liberales en los primeros años del siglo XX, y haber conseguido, con ellos, que los trabajadores tuvieran horarios, vacaciones, un salario mínimo y una hora de almuerzo. Los diarios sólo hablaban de Galípoli, y para enlodar aún más el nombre de Winston Churchill, rescataban la primera filmación en la que apareció. Iba de sombrero de copa y abrigo de pieles, y cruzaba por una calle donde al mismo tiempo la policía intentaba reprimir un atraco en el East End de Londres. Mientras ellos disparaban y algunos morían, Churchill, como secretario del interior, miraba, desconcertado. La película fue exhibida una y mil veces en los teatros ingleses, y los abucheos y silbidos se repitieron también una y mil veces.

Churchill había pasado de ser la estrella del firmamento político de la Gran Bretaña, a ser un truhán. De ser un héroe ovacionado por todos, a ser un villano. Así era su vida y así era él mismo, un hombre que pasaba del todo a la nada en un segundo, que brincaba de la ebriedad a la lucidez en un instante. Como escribió Anthony McCarten en su libro Las horas más oscuras, “Fijémonos primero en las fuerzas que lo configuraron durante aquellos primeros años que nos llevan al hombre en el que con toda certeza se convirtió: un hombre capaz tanto del miedo como de la mayor seguridad en sí mismo, tanto de la desconfianza en la propia persona como de la más absoluta convicción, tanto del mayor autodesprecio como de una autoestima exagerada, tanto de una belicosidad de perro de presa como de una indecisión angustiosa”.

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Muchos años más tarde, cuando el país político necesitó un reemplazo del primer ministro, Neville Chamberlain, quien no había podido organizar una defensa efectiva de Inglaterra contra las fuerzas nazis de Adolf Hitler luego de que la Segunda Guerra Mundial llevara ocho meses de invasiones, combates, traiciones, muerte y pánico, el pasado de Winston Spencer Churchill volvió a aparecer y su nombre se dijo y se calló en los corrillos del parlamento, hasta que por fin Chamberlain le propuso que lo sucediera en una legendaria reunión que sostuvieron con lord Halifax, el otro candidato, en el número 10 de Downing Street, Londres. El 9 de mayo de 1940 los británicos se pusieron en las manos de Churchill, a sabiendas de que era el único hombre que podría detener a Hitler, quien acababa de comenzar a cercar las fronteras de Holanda, Bélgica y Francia.

Churchill entonces asumió y habló de “sangre, sudor y lágrimas”, y bebió y lloró y luchó, y habló de actitud, y recordó la carta que su padre le envió cuando por fin, luego de dos intentos, fue aprobado en la academia militar de Sandhurst. Allí, el séptimo duque de Marlborough, Randolph Churchill, le dijo, “Querido Winston: Me sorprende bastante el tono de entusiasmo que empleas por haber sido incluido en la lista de Sandhurst. Hay dos maneras de aprobar un examen: una encomiable, y otras todo lo contrario. Por desgracia tú has escogido este último método, y parece que estás encantado de tu éxito. Con todas las ventajas que tenías, con todas las capacidades que crees estúpidamente poseer y que algunos parientes tuyos te atribuyen, con todos los esfuerzos que se han hecho para que tu vida resultara fácil y agradable (…), este es el gran resultado con el que te presentas entre los aprobados de segunda y tercera categoría (…)”.

Aquella carta fue un latigazo para Churchill. Por ella, comprendió que estaba solo, y que dependía de él mismo. Las veces que habló ante el pueblo inglés para unirlo ante el enemigo que se aproximaba, sin repetir las palabras de su padre, las decía. Su mensaje era un mensaje de fuerza, de ir a enfrentar a la muerte, de no amedrentares ante la soledad. Incluso, cuando en un comienzo ni Estados Unidos ni Rusia habían decidido hacer parte de los aliados, declarándose neutrales, y los nazis habían tomado Francia, reunió a su gabinete y pronunció dos frases que pasarían a la historia: "Bien, señores, estamos solos. Por mi parte, encuentro la situación en extremo estimulante”. El peligro lo estimulaba, lo estimuló siempre, desde sus épocas en Handhurst y como húsar del cuarto regimiento de la reina, y después, como periodista en la guerra de los Bóeres en Sudáfrica.

Allí, fue detenido y enviado a un campo de prisioneros en Pretoria, pero logró escaparse. Su vida era un subir y bajar, un caer y un levantarse. Churchill tomaba. Churchill arriesgaba. Churchill era su propio personaje, un hombre “capaz solo de descansar en la acción, de encontrar satisfacción únicamente en el peligro, y paz únicamente en la confusión”, como el protagonista de Savrola, su única obra de ficción. Churchill tenía cien ideas por día, como diría Franklin Teodoro Roosevelt, “cuatro son buenas, y las otras 96 son sumamente peligrosas”. Churchill se jugaba la vida y lo sabía, siempre estuvo convencido de que debía jugarse la vida. El mundo estaba a punto de colapsar, de incendiarse del todo, y cuando todo estaba en contra, cuando el ulular de las sirenas era ya una constante, cuando las bombas caían, la única opción era jugarse la vida.

Por eso retornó a la escena de los conflictos y las decisiones, luego de haberse exiliado diez años. Durante esos diez años escribió, pensó, dictó conferencias, fue a las carreras de caballos, tomó brandy, fumó y fumó sus infinitos habanos, viajó y observó el mundo y se detuvo especialmente en Alemania, donde vio “todas aquellas bandas de fornidos jóvenes teutones marchando por las calles y los caminos de Alemania, brillando en sus ojos la luz del deseo de morir por su patria”. Tras ellos estaba Adolf Hitler, y detrás de Hitler, Himler, Hess, Goering, Goebbels, la herida jamás cerrada por la derrota en la primera gran guerra, el ansia de venganza, el imponerse a punta de fuerza y de exaltar las más bajas pasiones, el odio a los judíos. Tras ellos estaba la guerra. Churchill lo entendía y lo decía, aunque lo mandaran callar. Lo decía y suplicaba para que quienes decidían en Inglaterra entraran por fin en razón, pero ellos, Chamberlain y lord Halifax, prefirieron ir a hablar con Hitler para hacer acuerdos que jamás se iban a cumplir.

Cuando ya era algo tarde, llamaron de urgencia al borracho periodista, al escritor y pintor y político, observador, irascible e irónico Churchill para que los salvara. Y Churchill los salvó. Los unió. Los convenció. Los motivó. Y después, cuando por fin se acabó la larga noche, los miró a los ojos cobrándoles una a una sus cobardías. Su victoria fue su gran venganza. Entonces entró en la gran historia de la humanidad, y su figura y su voz empezaron a hacer parte del cine, de la literatura, de la pintura y la memoria.

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