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Cien años de Delia Zapata Olivella, un legado de pasión y folclor

Hoy conmemoramos el legado y la historia de la bailarina y folclorista que dedicó su vida a la investigación y enseñanza de bailes tradicionales colombianos.

Andrea Jaramillo Caro

01 de abril de 2026 - 07:00 a. m.
Imagen de Delia Zapata Olivella. Este archivo es de su hija, Edelmira Massa Zapata.
Foto: Edelmira Massa Zapata.
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Delia Zapata Olivella llevaba a Colombia en la sangre y el folclor en su alma. Bailó por el mundo y dejó su huella en la investigación de las danzas en el país. Su legado ha sido homenajeado en múltiples ocasiones con colegios que recibieron su nombre y, más recientemente, en 2023, el Centro Nacional de las Artes fue nombrado en su honor.

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“Tenía una gran capacidad de amor por sus paisanos y una gran pasión por la música, la danza y todas las expresiones naturales del hombre”, dijo sobre ella su hija Edelmira Massa Zapata. “Decía que todo el mundo podía bailar y que simplemente había que darle las herramientas para que la persona trabajara y pudiera desarrollarse”.

Oriunda de Lorica, Córdoba, la bailarina, folclorista y profesora se crio en Cartagena, en el barrio de Getsemaní. Terminó su bachillerato en Cartagena en un momento en el que las mujeres podían estudiar hasta lo que hoy consideramos noveno grado. Su padre, Antonio Zapata, tuvo mucho que ver con este logro ante el Ministerio de Educación. Después de culminar sus estudios, comenzó a buscar el lugar para formarse en el arte y la cultura, un paso que también repitieron varios de sus hermanos.

“La familia Zapata Olivella constituye un raro fenómeno de vocación por las cosas de la inteligencia. Todos sus miembros, cuál más cuál menos, se dedican al servicio, sin remuneración, de la literatura y el arte. Y Delia Zapata no se ha escapado de esta especie de destino familiar”, reportó este diario en agosto de 1954.

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Al graduarse, en 1947, supo que no sería enfermera ni secretaría, así que se fue a Bogotá, donde se instaló para estudiar Artes Pláticas en la Universidad Nacional de Colombia entre 1948 y 1951, mientras tomaba, al mismo tiempo, clases de baile.

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En 1954, sus dotes de escultora fueron reconocidos con un premio que recibió en Barranquilla. A ella se le asociaba con características como la rebeldía y la fortaleza, cualidades necesarias para triunfar en el medio al que dedicó su vida. En ese mismo año, ella y su hermano Manuel vieron la presentación del Ballet Negro, dirigido por Katherine Dunham. Para ese momento, la bailarina ya llevaba dos años de casada y su hija, Edelmira Massa Zapata, tenía un año.

Al ver el espectáculo, los hermanos pensaron que podrían hacer algo similar en Colombia. Delia Zapata ya tenía experiencia con el folclor. Fabio Morón Díaz escribió para este diario: “Ha estudiado el folklore en sus manifestaciones auténticas, en el propio escenario en que ha nacido, y para ello ha tenido que visitar pueblos, aldeas y regiones lejanas: Santana y Soplaviento, por ejemplo. Su labor de recolección de las expresiones folclóricas no puede ser más cuidadoso. Indaga sobre los pasos, vestidos y gentes típicas. Para lograr todo esto busca la colaboración de las mujeres más ancianas del pueblo, las cuales regresan a vivir por el río del recuerdo en la ejecución de los bailes de sus mocedades. Entonces Delia Zapata hace sus apuntes y capta el sentido exacto de los movimientos y las actitudes. De esta manera se lleva a cabo el rescate del precioso folklore costeño, hoy deformado por ciertos afanes comerciales, y se recobran para el arte popular ritmos y figuras que parecían definitivamente olvidados”.

En ese momento se desempeñaba como la directora del Conjunto de Danzas Folclóricas de la Costa Atlántica y, según reportó Morón, conformarlo y financiarlo no fue tarea fácil. Treinta personas hicieron parte de este grupo y Delia Zapata fue la bailarina principal. “Delia personificaba, de hecho, una inquietud colectiva: los artistas de la época experimentaron preocupación por la falta de apoyo de las entidades gubernamentales. Esto fue visible en reportajes de revistas culturales como Plástica dirigida por Judith Márquez en la que se hacía llamados constantes al gobierno para el apoyo a la cultura”, escribió Carolina Marrugo Orozco para la revista de la Universidad de Cartagena, El Taller de la Historia.

“En Colombia se está perdiendo el folclore, porque ha sufrido mucha influencia foránea, especialmente de los ritmos antillanos como la guaracha y el mambo. De manera que para poder conseguir el verdadero folclore hay que trasladarse a las regiones en donde la influencia ha sido casi nula, por las dificultades de comunicación con el mundo. Por eso yo he visitado esos distintos lugares y por eso ha sido tan difícil la organización del conjunto, pues a veces he llevado a las muchachas a que vean la ejecución de los bailes en su plenitud original, para repetirlos luego en las sesiones de ensayo”, dijo Zapata Olivella en 1954.

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Edelmira Massa (izq.) y su madre, la coreógrafa Delia Zapata.
Foto: Archivo Particular

Según un texto del Patronato Colombiano de Artes y Ciencias, en 1952, la folclorista llevó a Bogotá los primeros conjuntos de acordeón, caja y guacharaca, presentando a Fermín Pitre como principal intérprete. Además, en los años siguientes presentó a Antonio Morales y a los Gaiteros de San Jacinto. Con esta experiencia, más el grupo que ya tenía conformado la folclorista, los hermanos Zapata se empeñaron en llevar sus danzas a Bogotá al escenario del Teatro Colón.

Al principio, el entonces director, Fernando Arbeláez, se opuso a la presentación porque consideró que era un “escándalo presentar un grupo folklórico en un recinto construido para presentar conciertos y operas. Después de ver el espectáculo y ante las explicaciones de Manuel sobre arte y cultura, el director accede, Delia interpreta dentro del repertorio su primera creación coreográfica, ‘El alma de los tambores’, la crítica es muy favorable y a partir de entonces es llamada la Primera bailarina Negra de Colombia”, escribió Javier Alfonso Delgadillo Molano para la revista Comunicación, Cultura y Política.

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Por ese entonces, el grupo tenía diferentes compromisos en el país. Tras los que acordaron en la capital, que incluyeron una presentación en lo que hoy es la Plaza Cultural Santamaría y una actuación en televisión, estuvieron de gira por Nariño, Valle del Cauca, Cauca, Tolima, Caldas, Antioquia y Cartagena. En 1957, el éxito se volvió internacional: recibió invitaciones a París y, posteriormente, a destinos como la Unión Soviética, China, Checoslovaquia, Alemania Oriental y Alemania Occidental, cerrando la gira con una presentación en España.

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La maestra

Así se referían a Delia Zapata Olivella. Más allá de sus investigaciones y la expansión de las danzas folclóricas, su labor fue desarrollar una metodología para transmitir aquello que había encontrado y enseñar a otros no solo el valor de estas danzas, sino también la manera de moverse con esos ritmos ancestrales.

Llegó a esta conclusión durante la década de 1960, cuando fue nombrada Coreógrafa Titular y Directora del Cuerpo de Danza del Instituto Popular de Cultura de Cali, tiempo en el que también ganó una beca que la llevó a dictar un curso en el Departamento de música de la OEA en Washington en 1965. Durante ese año estudió las danzas negras de la mano de Katherine Dunham. “En la ciudad de Nueva York organizó el Grupo de Danzas Colombianas, realizó una presentación en el desfile del Día de la Raza y se ganó todo el cariño de la colonia colombiana de Nueva York, que le otorgó el Premio al Mérito”, escribió Delgadillo.

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Delia Zapata Olivella - La Danza del Garabatos

Creó la Fundación Instituto Folclórico Colombiano Delia Zapata Olivella y el grupo Danzas Tradicionales Colombianas Delia Zapata Olivella. Además, a finales de la década de 1960, trabajó con la Universidad Nacional de Colombia donde aplicó la metodología que venía desarrollando. Junto con la actriz Rosario Montaña compartió el proceso de creación para montajes como “Atabi”, “La última profecía de los chibchas”, “La Natividad Negra” y “Cabildo en Carnaval”. Esta colaboración y fusión de la danza, la música, el teatro y el arte desembocó en la creación de la Licenciatura en Danzas y Teatro en la Universidad Antonio Nariño de Bogotá, en 1976.

Enseñaba la danza a “personas que no tenían ninguna idea del manejo del cuerpo ni de como se desarrollaría en puestas escénicas en danza, teniendo como referente a la gente de la costa, quienes, de manera casi intuitiva, saben manejar su cuerpo”, escribió Molano Delgadillo. El entrenamiento comprendía cuatro fases, partiendo de la formación gimnastica, pasando por la relación cerebro-muscular, el control psíquico y la sensibilidad a los ritmos y movimientos.

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Centro Nacional de las Artes Delia Zapata Olivella.
Foto: El Espectador - José Vargas

Cuando estuvo en el Instituto Folclórico Colombiano su objetivo fue también formar profesores en danza que estudiaran bailes a partir de las investigaciones que realizaban. Decía que la juventud aportaba mucho al folclor y que así evolucionaban las tradiciones. “Cuando traemos una danza, traemos el contexto de su origen y su tradición y hacemos una especie de estampas que recojan las vivencias del ser humano de esa región y cómo y en qué momento utiliza determinadas danzas”, dijo en esa entrevista.

Delia Zapata Olivella falleció el 24 de mayo de 2001, luego de contraer la malaria mientras investigaba los orígenes del folclore colombiano en África. Su hija mantuvo vivo su legado durante más de veinte años y recogió sus apuntes y notas en diferentes libros. Su memoria aún nutre el entorno cultural colombiano y su nombre se sigue mencionando cuando se habla del Centro Nacional de las Artes Delia Zapata Olivella.

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Por Andrea Jaramillo Caro

Periodista y gestora editorial de la Pontificia Universidad Javeriana, con énfasis en temas de artes visuales e historia del arte. Se vinculó como practicante en septiembre de 2021 y en enero de 2022 fue contratada como periodista de la sección de Cultura.@Andreajc1406ajaramillo@elespectador.com
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