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Una exposición para hacer visibles las conversaciones que atraviesan América Latina

Quince proyectos de siete países se encuentran en una muestra que visibiliza los vínculos, los aprendizajes y las metodologías que surgieron al trabajar entre territorios.

Laura Camila Arévalo Domínguez

26 de agosto de 2026 - 05:02 p. m.
“Hacer mundos en común” abrió sus puertas el 11 de agosto en la Sala de Arte SURA.
Foto: SANTIAGO VERGARA LOPEZ - LAPIC S
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Estamos tan obsesionados con el resultado, que fijarnos en un proyecto que se plasme en el proceso nos parece una excepción. En este momento, en Medellín, hay una exposición en el edificio de Suramericana que expone caminos: quiénes fueron los gestores de una idea, cómo se juntaron, qué pasó en el día a día y cómo fue que llegaron a una suerte de producto final. ¿Por qué a una suerte? Porque en el arte es difícil hablar de resultados inmediatos, cuantitativos. Uno podría contar cuántas obras hay allí, cuántos textos y cuánta plata se gastaron. ¿Pero y los efectos en ellos y en nosotros que ahora escuchamos lo que descubrieron? Esos solo podrán verse a través del tiempo.

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¿Cómo se lleva a una sala de exposiciones una conversación, una metodología de trabajo o el vínculo que dos organizaciones construyeron durante meses?

Hacer mundos en común reúne las experiencias, los procesos y los resultados de 15 iniciativas desarrolladas durante la primera edición de Cultura Latinoamérica, una convocatoria que puso a trabajar conjuntamente a organizaciones culturales de distintos países de la región.

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La iniciativa comenzó en 2024, cuando organizaciones culturales sin ánimo de lucro de países latinoamericanos fueron convocadas a presentar proyectos binacionales. Se recibieron más de 650 postulaciones y fueron seleccionadas 15 propuestas, lideradas por 30 entidades de México, República Dominicana, Panamá, Colombia, Brasil, Perú y Chile.

“Hacer mundos en común” reúne los procesos de 15 iniciativas desarrolladas durante la primera edición de Cultura Latinoamérica.
Foto: Santiago Vergara

Los proyectos se desarrollaron durante 2025 y pusieron en relación tantas metodologías y proesos, que terminaron por centrarse en cómo pueden la creación artística y la gestión cultural ensayar prácticas colectivas para imaginar otros futuros comunes en América Latina.

El desafío estaba en que buena parte de aquello que ocurrió durante esos procesos era difícil de convertir en un objeto de exposición.

“Esta es una de las curadurías más difíciles a las que me he enfrentado”, cuenta la curadora mexicana Gabriela Muguía, quien trabajó en el proyecto junto con la investigadora uruguaya Lourdes Silva, la gestora cultural argentina Luciana Fleischman y la museógrafa colombiana Diana Lucía Rodríguez.

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Muguía explica la dificultad a partir de una diferencia con una exposición convencional. Normalmente, dice, un artista llega con una obra y unas necesidades concretas para mostrarla: una iluminación, una base, unas condiciones espaciales. Aquí, en cambio, había que encontrar una forma para aquello que muchas veces no la tenía.

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“Esta exposición permite acercarse a los aprendizajes que circulan entre organizaciones, las metodologías que se comparten y las relaciones que permanecen después de terminado un proyecto ”, afirmó María Mercedes Barrera, gerente de Comunicaciones y Desarrollo Sostenible de Grupo SURA.
Foto: SANTIAGO VERGARA LOPEZ - LAPIC S

Un suelo común

La exposición reúne alrededor de 150 materiales entre obras, publicaciones, fotografías, registros sonoros, piezas audiovisuales, instalaciones y contenidos pedagógicos. Pero el propósito no fue simplemente reunir los resultados de los 15 proyectos.

Para Luciana Fleischman, la exposición fue concebida como “un suelo común” con ejes curatoriales que ofrecen una forma de recorrerlo, pero no buscan establecer una interpretación definitiva. Son, explica, “una lectura posible, no finita”, de aquello que las organizaciones hicieron.

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Uno de esos ejes es “Traducciones situadas”, que observa lo que sucede cuando una experiencia desarrollada en un territorio entra en contacto con otra realidad latinoamericana. La traducción, en este caso, no se entiende únicamente como el paso de un idioma a otro: “Cómo leer desde afuera un territorio, qué traduzco. Y es importante revisar esto porque en los procesos de traducción semánticamente uno tiende a perder significación”, explica Muguía. No se trata solamente de “cómo decimos una cosa en un idioma o en otro”, sino de una “cosmovisión del mundo, de cómo entiendes la realidad”.

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La idea es la de una suerte de reflejo fracturado que se reconstruye: aquello que ocurre en Colombia puede adquirir otro sentido cuando se encuentra con lo que sucede en Brasil, México, Perú o Chile. Mirar al otro termina siendo también una manera de volver sobre el territorio propio.

Por eso, crear dentro de estos proyectos no necesariamente significa producir una obra terminada. También puede ocurrir al conversar con integrantes de otra organización, diseñar un taller para niños, dibujar juntos o sentarse a tomar un café.

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“Para mí es más fuerte la idea del cuidado: cómo las organizaciones a lo largo de todo un año empiezan a generar lazos éticos, lazos afectivos, disputas, porque no todo es romántico, no todo es hermoso, sino es una negociación”, afirma Muguía. Lo común, por lo tanto, puede construirse, cambiar y ser objeto de disputa.

Un ejemplo es “Amplificadas”, proyecto que pone en diálogo las culturas sonidera y picotera de México y Colombia. La iniciativa revisa las diferencias entre la historia y la producción sonora de ambos territorios y reflexiona sobre el lugar de las mujeres dentro de esas escenas culturales.

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Para Muguía, el proyecto permite pensar “el rol de la mujer, la cultura, pero desde la reconfiguración de la escena de la mujer dentro del territorio de las prácticas artísticas y culturales”, espacios que también deben disputarse.

Del proceso a la sala

La exposición debía encontrar, además, una forma de presentar la enorme variedad de materiales producidos. Fleischman explica que buena parte de las organizaciones generaron textos narrativos, poéticos y periodísticos. De ahí surgió “Raíz”, una pieza arquitectónica destinada a reunir y poner en circulación esa producción editorial.

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A ella se suman otros espacios colectivos. Una sala audiovisual reúne materiales que, dentro de la gran cantidad de registros producidos por los proyectos, tenían una condición cinematográfica. Tres pantallas presentan contenidos seleccionados y organizados específicamente para ese espacio.

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También está La tulpa, construida a partir de palabras claves y descripciones aportadas por los proyectos. El resultado es un mapa de ideas convertido en una experiencia interactiva y pedagógica. Para Muguía, se trata de un dispositivo en el que cada visitante puede ir construyendo su propia América Latina.

Incluso un PowerPoint podía encontrar lugar dentro de la exposición si permitía comprender un proceso. “¿Cómo expones un PowerPoint? Pues lo hicimos porque lo que ahí estaba expuesto era muy valioso”, explica Muguía.

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La primera edición de Cultura Latinoamérica tuvo una inversión de USD 1,5 millones, involucró a más de 2.300 agentes del sector creativo y llegó a más de 350.000 personas en la región. Sin embargo, “hacer mundos en común” intenta hacer visibles los conocimientos que circularon, las metodologías compartidas y las relaciones que quedaron entre las organizaciones.

La exposición propone que el resultado de un proyecto cultural no necesariamente termina en una obra. Puede estar también en una relación, una conversación o una manera distinta de hacer con otros.

Por Laura Camila Arévalo Domínguez

Periodista en el Magazín Cultural de El Espectador desde 2018 y editora de la sección desde 2023. Autora de "El refugio de los tocados", el pódcast de literatura de este periódico.@lauracamilaadlarevalo@elespectador.com
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