Sentarse a leer a David Betancourt implica tener la certeza de que se acerca un rato ameno, en el que será posible detenerse en una frase para reflexionar sobre ella, y también en el que habrá espacios para reírse y quizá repetir algún fragmento porque su ingenio y su estilo representan un sentido del humor que mezcla lo inesperado con lo cotidiano.
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“Bebestiario”, su libro de cuentos que vio la luz por primera vez hace 10 años, vuelve con nuevas historias que, sí, tienen en común lo que logra el alcohol, pero sin elogiarlo o vilipendiarlo, y muestra lo que puede haber detrás de él: soledad, fracaso, amistades, anécdotas para reír o para llorar.
“Una vez me preguntaban por ahí, en una entrevista, por qué en un libro mío que se llama ‘La conjura de los vicios’, con todos esos vicios que aparecían ahí, con esas obsesiones, no había un cuento sobre sexo. Y yo dije que yo solo escribía sobre lo que conocía. Este es el caso de Bebestiario. Como yo no sé de sexo, y sí de esto, lo he vivido, entonces por eso sale este libro. Porque este libro no es en ningún caso moralizante, aquí no se dice ‘no beban’ o ‘beban’. Ese libro lo escribió un alcohólico, ¿cierto? Una persona a la que le tocó durísimo el trago. Y entonces, en ese sentido, uno se da cuenta de que yo no estoy defendiendo el trago, pero tampoco lo estoy atacando. Y también, cuando uno se ríe leyendo esos cuentos, lo que pasa es que detrás de esas risas hay tragedia. Detrás de un borracho o de un alcohólico, todo puede ser muy divertido, pero a la vez hay algo muy triste y muy oscuro ahí”, afirmó David Betancourt en entrevista para este diario.
En uno de los cuentos se menciona a algunos autores como Baudelaire, Bukowski, Hemingway, entre otros, que han tenido alguna relación con el alcohol. Hablemos entonces de esa relación que ha tenido con la literatura.
Hay mucha literatura de esos escritores que llaman borrachos o literatura que es sobre borrachos. Quizás el más grande es “Bajo el volcán”, de Malcolm Lowry, que él decía que escribía con una mano y con la otra se sostenía, porque lo escribía verdaderamente borracho. Entonces yo hago como un inventario de borrachines de la literatura, pero los resumo todos en personajes de nosotros, que ni siquiera son escritores reconocidos, sino gente como cualquiera que puede perderlo todo por tomarse un trago.
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Y también está esa cuestión de que el escritor es borracho y escribe bebiendo. Y yo digo: en mi caso es imposible, porque yo siempre digo que cuando uno va a hacer las cosas, o las hace bien o no las hace. O sea, me destruyo tristemente, pero feliz. Y lo hago con disciplina y con empeño. Como hoy me toca destruirme, me destruyo un mes, si toca. Y cuando es a escribir, digo lo mismo.
¿En algún momento hay temor frente a eso de escribir sobre temas “políticamente incorrectos” e incomodar, o realmente no tanto?
Pues yo venía escribiendo un tipo de literatura que era como contar historias. Y un día dije que si uno va a escribir y va a gastar tiempo, en algún sentido tiene que incomodar. Es intencional. Cuando yo digo “incomodar” es al nivel de que, en ese mismo libro que veo acá, “La conjura de los vicios”, es tanto lo que incomodó que autores que hicieron textos se hicieron bajar.
Y yo digo mucho que estamos en una época de la delicadeza. Somos muy delicados y todo nos parece que está mal hecho. Y eso que vos llamás lo “políticamente incorrecto”, eso es lo peor que le puede pasar a la literatura.
En la vida real hay violadores, hay misóginos, hay todo tipo de males y de personajes nefastos. Y entonces, si uno, por ser políticamente correcto, los evita, la literatura va a dejar de existir, porque se supone que la literatura retrata la vida.
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Porque es eso, así suene charro: es separar la literatura de la vida. Y si vos empezás a sacar de la literatura las violaciones, los asesinos u otras cosas, nos quedamos sin Dostoyevski, sin Balzac, sin Lolita, nos quedamos sin tantas obras que son referentes de la literatura.
Entonces, si uno empieza a escribir pensando en que la gente le va a coger la mala, que lo van a dejar de leer, que va a dejar de vender, que la editorial en la que publica lo va a echar, pues la está embarrando.
O sea, lo políticamente correcto se encarga de algo nefasto, que es la autocensura, ni siquiera la censura.
Dice aquí en uno de los cuentos: “Escribir es una forma de exhibicionismo, le dijo Goldwin. Fuera de ese exhibicionismo, escribir requiere interés en la gente, el alcohol incrementa la sociabilidad, escribir implica imaginación, el alcohol promueve la fantasía”. Hablemos de ese fragmento.
Bueno, primero eso es como una especie de... Es que el alcohol nos brinda o nos da tantas cosas felices. Uno se vuelve una especie de diosecito cuando está bebido. Es como: me siento muy seguro cuando soy inseguro, siento muchas cosas que no soy capaz de hacer cuando estoy sobrio.
El problema es que el alcohol no funciona igual en todas las cabezas, ¿cierto? Ahí también dice en el libro como: no le eche trago a un violento, porque ese es otro tipo de borracho.
Y en cuanto al exhibicionismo, pues ese es otro ataque que hacen constantemente después del libro mío El fracasador: “Como vos te mostrás mucho y ese ego tuyo”, y siempre como queriendo resaltar: “¿Y por qué aparece tu nombre en los libros? ¿Y por qué todo es tan cercano a vos? ¿Por qué no escribís ficción y sí solo autoficción?”.
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Entonces, como que digo que son para mí carajadas. Primero, hay que saber separar entre escritor y autor y, pues, entre autor y narrador. Y segundo, a la gente no le debe importar ni siquiera cómo es el autor. Y si el autor es muy creído, allá él; la literatura es otra cosa. Pero el alcohol y la literatura, pues, en ese sentido van muy de la mano con ciertas cosas como la seguridad y el ego del escritor.
Digamos, un poco en la línea en la que vamos, también en otro de los cuentos el narrador dice: “Les decía que en la literatura había que asumir riesgos, porque si uno no asume riesgos, ¿para qué escribe? Había que atreverse, soltarse, tirarse al vacío, reírse de todo, de todos, hasta de la literatura”.
Sí. La literatura está llena de —y hablemos de los tiempos de hoy— muchos nombres y de literatura muy regular o muy similar. O sea, pues a mí me censuran y me dicen que no les puedo llamar por los nombres a los autores, entonces yo juego con ellos. Por ejemplo, Mario Mendiozan, juegos como con esos nombres para seguir jugando con ellos.
Pero yo digo que, primero, la literatura que se hace, los escritores en su mayoría la hacen pensando sobre todo en la trama. Entonces: “Yo voy a contar una historia sobre esto”, y ese es su interés, la trama. Esos libros pueden funcionar muy bien, y creo que funcionan muy bien y se venden mucho. Y cuando le preguntan a alguien de qué trata el libro, cuenta: “Es de una señora que iba por ahí, que le pasó esto y aquello”, y cuentan la historia.
Mientras que hay otros libros que para mí pueden ser más imperfectos, pero son más de escritores. Cuento, por ejemplo, entre esos a Felisberto Hernández, a Roberto Arlt, a muchos, ¿cierto?, el mismo Quijote. Que uno dice: “Yo ahí no estoy leyendo ni siquiera una historia que me están contando”. La historia me importa cinco. Está bien, me encarretó, pero yo me estoy quedando ahí es en lo que hace el escritor distinto, lo que llaman el estilo.
Yo leo escritores por estilo. Esos son los escritores que a mí me gustan. Esos escritores que usted dice: “Uy, qué maravilla cómo suena, cómo escribe”, y uno está todo empeliculado y hasta lo que está contando se le pasa.
Para usted hacer eso sobre cualquier cosa tiene que asumir riesgos. Y yo creo que esa es la literatura, pues por lo menos es la que yo defiendo.
¿Cómo logra adaptar ese lenguaje coloquial antioqueño que termina siendo tan preciso para lo que está contando en estas historias? ¿Cómo es esa relación de ese lenguaje con el sentido del humor?
Primero, cuando me hablan de mis libros siempre me dicen: “¿Y vos no pensás en traducciones? O sea, ¿quién te va a traducir si vos seguís escribiendo así?”. Y “La vendedora de rosas” ya la tradujeron, me imagino. Y me dicen: “¿Y la traducción? ¿Y el cine?”.
Menciono mucho que, por ejemplo, Jorge Franco es un escritor que escribe para ser traducido y escribe para ser llevado al cine, porque la literatura de él es una literatura como si fuera más bien un guion. Hay otros escritores, Juan Gabriel Vásquez, Héctor Abad Faciolince, que es una literatura que, a mi modo de ver, es más plana. Hay otros escritores que me parece que asumen muchos riesgos, que es lo que hablábamos ahora.
Y para todo el mundo todo es tan correcto y con tantas palabras de diccionario que suena demasiado a literatura y suena muy poco a vida. A mí lo que me interesa es que mi literatura suene a vida. Y lo repito mucho: a mí me encanta que mis personajes no sean personajes, sino que sean gente.
Hablemos de la soledad que quiso trabajar en este libro y si tiene también, por supuesto, relación con la embriaguez.
Si vos tenés la botella al lado, tenés más borrachos al lado que estén con vos. O sea, el borracho que tiene plata, anda feliz, porque tiene incluso hasta quien lo lleve a la casa. Pero el borracho que no tiene, si no pasó el traguito y se quedó con ganas, pues se quedó con ganas y sin amigos. Y pasa mucho en el libro, pero eso viene de una historia tremenda que pasó en mi vida de un ladrón que me iba a robar, y sí, si yo hubiera querido, lo hubiera podido atracar a él.
Ahora hablemos también de esa exploración de la amistad en el libro, porque varias de las historias tienen que ver con escenarios de amigos bebiendo.
Yo me crié con muchos amigos y todos eran muy bebedores. La gente es muy unida, pero al final termina siendo muy unida por la bebida. O sea, está como el trago de por medio. Hay muchas amistades que solo se encuentran para beber. Entonces: “Hey, ¿cuándo nos vamos a ver? ¿Cuándo nos vamos a ver?”. Pero no se ven para charlar, sino que se ven para beber.
A mí me encanta eso, pues, también, como decir: “Hey, vamos a encontrarnos a beber”. Pero se vuelve como una costumbre: esos amigos solo insisten en la bebida. Pero los juegos de la amistad... Hablábamos ahora de la soledad, pero pasa que yo cuando escribo olvido. O sea, yo ignoro el libro. Este libro ni siquiera es la edición. Esto es una reedición. Este libro se publicó hace más de diez años y aquí volvió a aparecer, pero volvió a aparecer como otro libro.
Hay otro diálogo que me recuerda a La estrategia del caracol: “¿Para qué plata si no hay dignidad?”.
Es que la dignidad es de las cuestiones más complejas y más grandes. O sea, eso está ahí en la película, pero está sobre todo en una película que se llama Cuestión de principios, una película argentina. Pero también la tiene García Márquez. La dignidad siempre, yo creo que siempre, va a ser comprable de alguna forma. Los más dignos de los dignos, en algún momento pasará algo con esa dignidad.
Otro tipo de pensamiento que sale en el libro, ¿cierto? O sea, nos creemos los más correctos y todos somos una partida de hipócritas y de indignos y estamos dispuestos a hacer de todo para pasarle por encima al que sea por cualquier beneficio.
“Y el odio perdura, mono. El odio no se cansa”. Quizá lo vimos en la pasada época electoral…
Sí, eso lo vemos todo el tiempo. El odio no se cansa y siempre va a estar disponible para usarlo. Yo, en las elecciones que mencionás, tuve que aguantar mucho. A mí me dieron por todas partes porque pasa que los escritores no asumen una posición por una pendejada que se llama cuidar lectores.
Entonces: “Si yo digo que voy a votar por este, los del otro no me van a leer”. Y yo dije lo que pensaba. Y al decir lo que pensaba, todo el tiempo me decían: “No te voy a leer”, “te elimino”, “guerrillero”. Es que con solo una palabra yo ya di mi posición política. O sea, sin serlo, ya me hice etiquetar. Y eso pasa. Entonces, esa es otra cuestión muy importante de la literatura: que ahí también están los riesgos.
Los riesgos de un escritor también están en las posiciones que toma al salirse de la literatura. Igual, el compromiso de un escritor es sobre todo con la literatura. O sea, a García Márquez le decían que si tenía algún compromiso político con el país o eso, y él decía: “No, mi único compromiso es con la literatura”. ¿Y qué es eso? Escribir bien. Vargas Llosa, al final, veías que había una posición, y si leías a Vargas Llosa antes, veías que había otra posición.
Y a mí me encantan los escritores que asumen una posición. Y en ese caso, y con el respeto de aquí de los que no piensen como yo, sí la asumí y la asumí de frente. Y eso me costó, pero me encanta que me cueste, porque es como una especie de limpieza.
Yo sentía como que era una limpieza de lo que estaba pasando. Pasa que la primera consecuencia de mi posición fue que mis tías me dejaron de leer.
Entonces yo dije: “Listo, ya mis tías me dejaron de leer, pues vamos por otro tipo de lectores”. Y después ya mi papá me decía: “Tené mucho cuidado con esas cosas”. O sea, creían que la literatura era como si yo estuviera en el mismo estatus de Jaime Garzón, como la visibilidad que tenía él.
O sea, yo sé jugar porque Fernando Vallejo lo jugó toda la vida y le funcionó mucho. Pero eso también es como estrategias de un escritor. Como hay escritores que se hacen querer a punta de ser re tibios. Y como son tibios en la escritura, son tibios en sus pensamientos. A mí no me importa hacer lo que se me dé la gana, hasta con opiniones políticas.
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