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La Guerra Civil española a través de la muerte de Federico García Lorca

La sublevación militar convirtió Granada en escenario de persecución y fusilamientos. En medio de esa violencia, el asesinato del poeta quedó como uno de los episodios más conocidos de una tragedia que alcanzó a miles de personas.

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Natalia Ortega
19 de agosto de 2026 - 02:59 p. m.
"Romancero gitano", una de las colecciones de poesía más famosas de Federico García Lorca, fue publicada en 1928. Esta obra consta de 18 poemas y fue fundamental para el reconocimiento de Lorca como uno de los grandes poetas de la literatura española del siglo XX.
"Romancero gitano", una de las colecciones de poesía más famosas de Federico García Lorca, fue publicada en 1928. Esta obra consta de 18 poemas y fue fundamental para el reconocimiento de Lorca como uno de los grandes poetas de la literatura española del siglo XX.
Foto: Agencia EFE
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El verano en que Federico García Lorca volvió a Granada la noticia corrió en papel y tinta, ajena a la certeza de que al poeta le quedaban apenas 35 días de vida.

“Se encuentra en Granada, desde ayer, el poeta granadino don Federico García Lorca. El ilustre autor de Bodas de Sangre se propone pasar una breve temporada con sus familiares”, publicó el 15 de julio de 1936 El Defensor de Granada. El Diario Católico replicó el anuncio al día siguiente y, el 17 de julio, el Noticiero Granadino reconfirmó su estancia. Tres notas en tres días seguidos, como un empeño en dejar constancia de su regreso a una ciudad que pronto se convertiría en trampa.

Mientras la prensa local daba cuenta de su regreso, el país se fracturaba. El 17 de julio comenzó el golpe de Estado contra la Segunda República en el Protectorado de Marruecos. Al día siguiente, la sublevación se extendió a la Península y comenzó la Guerra Civil española.

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Para el 20 de julio, las fuerzas golpistas habían tomado el control de Granada. Empezaron a aparecer los paredones agujereados por las balas que habían atravesado cuerpos —cuerpos de hombres y mujeres que en algún momento, en silencio o a gritos, suplicaron a los falangistas que no los mataran—, y esos agujeros anunciaban, ahí y en el resto de España, la llegada de la dictadura de Franco. Un régimen que Lorca no llegaría a conocer y que era, en cada uno de sus pensamientos, su antítesis.

Miles de esos cuerpos cayeron sin que sus nombres quedaran registrados nunca en la prensa. El de Lorca sí llegó, y de alguna forma, se convirtió en el rostro de la tragedia.

Lorca y sus críticas

En Lorca, la poesía y la mirada política no eran caminos separados. Ambas partían de una misma sensibilidad frente a las injusticias de su tiempo.

En sus versos de poesía y en su teatro se lo advirtió a su público, hasta en la última obra que terminó, La casa de Bernarda Alba, que cierra con la premonición de un personaje: “Nos hundiremos todas en un mar de luto”. Pero más allá de lo que insinuaba en sus obras, su postura —aunque nunca militó en ningún partido— se había vuelto concreta, visible, algo que no hacía falta leer entre líneas.

Según cuenta el hispanista Ian Gibson en El asesinato de García Lorca, en 1933, tras el nombramiento de Hitler como canciller de Alemania, la prensa española seguía de cerca “las persecuciones de que eran objeto, con creciente intensidad, los judíos de aquel país, algunos de los cuales empezaron a huir a España, llevando consigo relatos de primera mano de las atrocidades que cometían los nazis”.

A principios de abril de ese año –añade el libro de Gibson– el poeta firmó, junto con otros intelectuales y artistas, el manifiesto de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética, promovida por el catedrático de Derecho Romano y militante comunista Wenceslao Roces.

Poco después, un adelanto de la nueva revista comunista Octubre llevó el nombre de Lorca al frente de una lista de firmantes. Según Gibson, “la segunda página del adelanto llevaba un manifiesto contra el hostigamiento de los nazis a los escritores alemanes, firmado por un grupo de intelectuales españoles de izquierdas. García Lorca encabezaba la lista. Es importante subrayar, sin embargo, que su rechazo del fascismo no implicaba su aceptación del marxismo. No se afiliaría nunca al PC y no publicó ningún texto en Octubre”.

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Eran expresiones que mostraban que Lorca, al igual que otros intelectuales de la época, tenía una posición clara frente a los acontecimientos políticos de su tiempo. Ya en 1929, dos años antes de la llegada de la República, el poeta y otros escritores de su generación habían manifestado de manera explícita su rechazo a la indiferencia política, con la publicación de un documento que expresaba su insatisfacción con el régimen dictatorial del general Miguel Primo de Rivera, su deseo de buscar nuevos senderos políticos y su intuición de que pronto nacería la España tan largamente esperada. “El texto, fechado en abril de 1929 (...) puede parecernos hoy ingenuo. Pero en su día significaba una importante toma de conciencia por parte de un grupo de jóvenes que creían que, sin unos profundos cambios políticos, España se desmoronaría”. Y se desmoronó.

“La vida no es noble, ni buena, ni sagrada”

La Granada —y la España— que siguieron al 20 de julio no conocerían la compasión. El gobernador civil José Valdés Guzmán se convirtió en el jefe de los falangistas en esa ciudad, donde se declaró el estado de guerra. A partir de ese momento, cualquier persona podía ser detenida y fusilada sin juicio. Los militares asesinaban por cualquier motivo, o sin ninguno, como lo describe el personaje del padre de García Lorca, en la película Muerte de un Poeta (1987).

Años antes de que los militares se sublevaran, en su poema Oficina y denuncia de Poeta en Nueva York (1929 - 1930), Lorca ya había retratado esa misma violencia deshumanizada:

Los muertos se descomponen bajo el reloj de las ciudades,

la guerra pasa llorando con un millón de ratas grises,

los ricos dan a sus queridas

pequeños moribundos iluminados,

y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada.

Esa mirada angustiada parecía anticipar la violencia que se apoderaría del país pocos meses después. Las elecciones de febrero de 1936 dieron la victoria al Frente Popular, que asumió el Gobierno y puso en marcha medidas como la liberación de presos políticos y el impulso al reparto de tierras entre campesinos. Al mismo tiempo, los sectores más radicalizados de la derecha intensificaron su oposición al nuevo Gobierno y avanzaron hacia la conspiración militar.

Entonces comenzaron las detenciones, los interrogatorios y los fusilamientos. Para los militares, todos podían ser “rojos” —como llamaban las fuerzas falangistas a los republicanos—, sin importar cuánto lo fueran en realidad. En ese clima de persecución, la familia del poeta empezó a presentir su propia tragedia.

Federico García Lorca fue asesinado en agosto de 1936, pocos días después de su detención en Granada. Tenía 38 años. En un informe de 1965 firmado por la Jefatura Superior de Policía de Granada, el poeta quedó disminuido a “socialista y masón” y proclive a “prácticas de homosexualismo”.

“Quiero dormir un rato, un siglo, pero que todos sepan que no he muerto”, había escrito Lorca cuando vivía en Nueva York. Lo logró.

Natalia Ortega

Por Natalia Ortega

Periodista de la Universidad Javeriana. Interesada en temas de género, paz y memoria.@ortegarnatalianortega@elespectador.com
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