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“El mar es un pixel” toca varios temas: la tecnología, la cultura de la cancelación, la inteligencia artificial... entre muchos otros. ¿Por qué quiso hablar de esto a través del arte?
Yo tenía dos temas en la cabeza que quería combinar en El mar es un pixel. Por un lado, estaba la tecnología, no particularmente la inteligencia artificial y, de hecho, la escribí antes de que se desatara esta locura en la que estamos ahora, pero sí esa tecnología que cuando irrumpe en el mundo, lo resquebraja y lo reinventa. Hablo de tecnologías de las que ya no hay vuelta atrás, como lo fueron el fuego, la rueda, el tocadiscos, la televisión, el internet o, ahora, la inteligencia artificial. Y junto a eso quería hablar del tema del honor en la sociedad contemporánea, que se ve reflejado, para mí, en las listas. Las listas a las que queremos pertenecer, a las que tememos pertenecer, y, sobre todo, qué pasa cuando no estamos donde quisiéramos estar.
Ahora, sumado a esto, tenía un impulso formal, podría decir lúdico, de escribir la obra en verso. Todos esos elementos metidos en el contexto de una historia dieron como resultado esta obra que es una especie de entretenimiento intelectual, con mucha reflexión y mucha confrontación con toda esa psicosis contemporánea alrededor de estos temas. Eso era lo que queríamos poner sobre la mesa con la obra.
¿El haberla escrito en verso fue una forma de rebelarse contra ese lenguaje excesivamente breve en el que nos ha metido la tecnología o cuál era la intención de escribir esta obra así?
Esa oposición está muy presente no solo en el lenguaje, sino en toda la obra. Diría incluso que quienes estamos en las artes escénicas, en las artes vivas, evidenciamos de una manera muy visceral esa oposición, en tanto que ponemos carne y hueso en contraposición a lo digital y la fugacidad a la que invita la tecnología. Una obra de teatro implica que la gente se desplace a unas coordenadas del mundo específicas a una hora específica simplemente a ver actuar a un grupo de personas y creo que ese sentido ritual del teatro lo hemos dado por hecho durante décadas. Este tsunami de lo digital nos está invitando a revalorizarlo.
Ahora bien, lo de escribir la obra en verso en particular lo abrazo y lo comparto, y en futuras entrevistas seguramente sumaré a mi discurso lo que mencionas de hacerlo como un acto de resistencia frente a la fugacidad de la comunicación y de la conversación contemporánea. Pero la realidad es que lo hice más pensando en devolverle una antigua musicalidad al espectador de teatro, pero de una manera distinta. Cuando pensamos en teatro en verso hay una asociación inevitable con lo academicista, con lo remoto, con un español antiguo, con conjugaciones que nos son ajenas. Quería hacer el experimento formal de tener la musicalidad del verso en un español contemporáneo, coloquial. Y al estar haciendo una obra sobre el honor, como en el teatro del Renacimiento se hacían tantas, sentía que era una oportunidad para explorar eso.
En ese sentido, ¿qué conversaciones quería abrir con “El mar es un pixel”?
La obra la construimos como una especie de ensayo escénico con el que queríamos entrar en ese “infierno social” que crea la irrupción de una nueva tecnología. A través del punto de vista de cuatro personajes y un juguete, que son quienes interactúan en el escenario, me interesaba explorar qué nos pasa, en términos de magnetismo y de excitación social, cuando llega algo nuevo que nos va a ayudar, que no nos cuesta y que llena vacíos que no sabíamos que teníamos. Y, junto a eso, qué perdemos; qué estamos dispuestos a sacrificar, cuándo ese sacrificio es lúcido y luminoso y cuándo es un sacrificio en el que perdemos una porción de humanidad de la cual no hay retorno. Esa es la conversación en la que quería entrar.
¿Cómo cree que hacer esta obra ha cambiado la relación que tiene con la tecnología?
Creo que todo fue consecuencia de una crisis que tuve con la tecnología. Para mí, hacer teatro es un acto de resistencia frente a lo digital. Diseñar una escena con la sofisticación con la que buscamos hacerlo es como un grito de guerra contra la pantalla y contra vivir siempre con la cabeza agachada mirando el celular. Pero, al mismo tiempo, abrazar una postura de rechazo a la tecnología, no tener redes y no entrar en esa comunicación, me parece cerrar los ojos ante lo inevitable. Y si como creador teatral dejo de dialogar con el presente, entonces, ¿qué hago en el teatro, que es el arte del presente? Toda esa crisis y esa serie de paradojas son las que derivaron en la obra y que me gustaría que el público se quede conversando después de ver El mar es un pixel.
En una entrevista para El Espectador, Mauricio Kartún dijo que el teatro era “el arte que sobreviviría a la inteligencia artificial”. ¿Está de acuerdo?
Sí, absolutamente de acuerdo. Empezando porque nunca es buena idea estar en desacuerdo con Mauricio Kartún, pero, más allá de eso, coincido por completo porque, para mí, el teatro es el arte más sofisticado de la historia de la humanidad. En el teatro vemos artes plásticas, vemos arte digital, danza, música, poesía, narrativa, literatura, cine, tecnologías, ciencia; es decir, abraza la combinación con muchas disciplinas.
Eso hace que siempre pueda estar dialogando con el presente. Y el encuentro y lo ritual del escenario han corroborado una y otra vez que tienen un poder con raíces incluso ancestrales, que no se cae frente a ningún avance tecnológico.
¿Cómo le gustaría que los espectadores vivieran esta obra durante el FIAV 2026?
Lo que le quisiera decir a la gente es que se acerque al Teatro Cafam a ver El mar es un pixel, porque va a tener una experiencia de humor combinada con mucho vértigo, profundamente hilarante por momentos y, a la vez, con puntos de confrontación personal con el presente y con la tecnología. Es un viaje lleno de vuelcos emocionales e intelectuales que nos emociona mucho traer acá. Además porque el diálogo entre la sociedad mexicana y la colombiana, y lo digo basado en lo que he visto a lo largo de mi carrera profesional, siempre ha sido fértil y nutrido: nos duele lo mismo, vibramos de lo mismo, sangramos de los mismos lugares. Entonces confío en que la obra va a tener una resonancia muy particular y muy memorable acá en Colombia.
