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Del entierro de Neruda a la sombra de Víctor Jara (Obras inconclusas XVII)

Pese a los riesgos que por la situación política que atravesaba Chile en 1973 implicaba ir a las honras fúnebres de Pablo Neruda, millares de sus seguidores, amigos y familiares salieron a la calle y acompañaron su ataúd desde su casa, La chascona, hasta el Cementerio General de Santiago de Chile. De alguna manera, según diversos textos y testimonios, aquella fue la primera manifestación del pueblo contra la dictadura recién instaurada de Augusto Pinochet.

Fernando Araújo Vélez

28 de diciembre de 2025 - 03:00 p. m.
La procesión que acompañó al cuerpo de Neruda hasta el cementerio esa tarde fue vigilada todo el tiempo por agentes de seguridad del gobierno de Augusto Pinochet y por soldados a caballo y a pie del Ejército Nacional.
Foto: EFE
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La noticia de la muerte de Pablo Neruda se regó por el mundo en menos de 24 horas. Las declaraciones se multiplicaron. Louis Aragón dijo que Neura era el mayor poeta de su tiempo, y agregó, “Ya sé que estaba enfermo. Pero no por ello es menor cierto que, en la crisis que afecta a todo Chile, nos asaltan pensamientos que no me atrevo a formular”. Rafael Alberti escribió: “La tremenda tragedia que envolvió a su país en estos días, esa terrible angustia impuesta cruelmente al poeta fue el cuchillo, la bala final que acabó con él”. Mario Vargas Llosa elogió su obra, en especial “Residencia en la tierra”, “un auténtico prototipo del surrealismo de nuestra lengua”, y dejó en claro que no sabía con exactitud las circunstancias de su muerte, “pero a buen seguro que en ella habrán influido las horas sombrías que está atravesando su patria”.

En su libro “Neruda, el príncipe de los poetas”, Mario Amorós escribió: “Desde México, la sección local del Pen Club remitió una carta al general Pinochet, suscrita, entre otros, por Arthur Miller como miembro honorario, en la que expresaron: ‘Al lamentar el deceso de Pablo Neruda, precipitado sin duda por la tristeza de ver la tragedia que vive su pueblo, condenamos en nombre de la razón, la democracia universal y la cultura, al grupo de infames usurpadores que usted encabeza’”. Jorge Amado, Eduardo Galeano, Gonzalo Losada, su editor durante los últimos 30 años, la Unesco, por intermedio de Fuad Sarruf, de René Maheu y Atilio Dell’Oro Miani, entre tantos otros, se manifestaron con palabras similares, pasando del elogio a la obra de Neruda, al cáncer que vivía Chile.

“El funeral de Pablo Neruda, el martes 25 de septiembre de 1973, fue una emotiva metáfora de su vida y de su poesía”, escribió Amorós. Miles de estudiantes, de activistas, de profesores, trabajadores, sindicalistas, escritores, amigos y familiares del poeta se apostaron a lado y lado del camino que llevaba desde La chascona hasta el Cementerio General, vigilados por agentes de seguridad del gobierno de Augusto Pinochet y por soldados a caballo y a pie del Ejército Nacional. En la mañana sellaron el ataúd, y minutos más tarde le dieron comienzo al desfile. Hubo poesía, cantos, gritos, silencios, llanto, arengas, lecturas de la obra de Neruda. En realidad, según los testimonios de la época, fue la primera manifestación de rebeldía popular de los chilenos contra el gobierno recién instaurado.

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Víctor Jara fue asesinado por las fuerzas militares del régimen de Augusto Pinochet en el Estado Nacional de Santiago de Chile, el 16 de septiembre de 1973. Tras la caída de la dictadura, rebautizaron este escenario deportivo con su nombre.

Poco a poco y paso a paso, los dolientes empezaron a recordar a algunos de los viejos compañeros y amigos de Pablo Neruda, comenzando por Salvador Allende, inmolado en el Palacio de la Moneda 14 días atrás, el 11 de septiembre, y continuando por Víctor Jara, el cantor del pueblo, asesinado en el Estadio Nacional. Su viuda, Joan Jara, escribió tiempo después en un libro que tituló “Víctor, un canto inconcluso”, “la presencia de decenas de periodistas extranjeros, equipos de filmación y cámaras de televisión nos protegía de agresiones y hostigamientos, pero cuando la comitiva llegó al último trecho de la marcha en la plazoleta que da frente a la entrada principal del cementerio, un convoy militar formado por vehículos blindados la rodeó en dirección opuesta y se acercó amenazador”.

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Ante la amenaza, frente a ella, la multitud gritó “¿Compañero Pablo Neruda, presente, ahora y siempre! ¡Compañero Salvador Allende, presente, ahora y siempre! ¡Compañero Víctor Jara, presente, ahora y siempre!”. En su libro, Joan Jara relataría que pocos días después del golpe del 11 de septiembre, un muchacho de nombre Héctor había llamado a la puerta de su casa y le había informado que el cadáver de su esposo estaba arrumado entre decenas de cadáveres, y que si no lo identificaba, lo echarían a una fosa común. “Bajamos un oscuro pasadizo y entramos en una enorme sala. Mi nuevo amigo me apoya la mano en el codo para sostenerme mientras contemplo las filas y filas de cuerpos desnudos que cubren el suelo, apilados en montones, en su mayoría con heridas abiertas, algunos con las manos todavía atadas a la espalda”.

Había jóvenes y viejos, dijo. Casi todos, de hombres trabajadores, escribió. “Cientos de cadáveres que son seleccionados, arrastrados por los pies y puestos en un montón u otro por la gente que trabaja en el depósito, extrañas figuras silenciosas con las caras cubiertas con máscaras para protegerse del olor a putrefacción. Me paro en el centro de la sala, buscando a Víctor sin querer encontrarle, y me asalta una oleada de furia. Sé que mi garganta emite incoherentes ruidos de protesta, pero Héctor reacciona instantáneamente: –¡Shhh! No debes decir nada, si no, tendremos problemas. Espera un momento. Iré a averiguar dónde debemos ir. Creo que no es aquí’”. Cuando halló a Víctor Jara, se preguntó, le preguntó qué le habían hecho para consumirlo así en una semana.

“Era Víctor, aunque lo vi delgado y demacrado. ¿Qué te han hecho para consumirte así en una semana? Tenía los ojos abiertos y parecía mirar al frente con intensidad y desafiante, a pesar de una herida en la cabeza y terribles moretones en la mejilla. Tenía la ropa hecha jirones, los pantalones alrededor de los tobillos, el jersey arrollado bajo las axilas, los calzoncillos azules, harapos alrededor de las caderas, como si hubieran sido cortados por una navaja o una bayoneta... el pecho acribillado y una herida abierta en el abdomen... las manos parecían colgarle de los brazos en extraño ángulo, como si tuviera rotas las muñecas... pero era Víctor, mi marido, mi amor. En ese momento también murió una parte de mí. Sentí que una buena parte de mí moría mientras permanecía allí, inmóvil y callada…”.

Neruda y Jara se habían conocido varios años atrás, a principios de los 60. Hacían parte del Partido Comunista, y participaron juntos en diversas actividades por y para el pueblo, por y para la libertad. Incluso, Jara creó y dirigió una obra para recibir a Neruda poco después de que recibiera el Nobel de literatura. La primera tumba, que más que tumba era un hueco en el patio de México del Cementerio Central, a la que fueron llevados los restos de Neruda estaba ubicada al lado de la de Víctor Jara, y junto a decenas de decenas de otras, marcadas con cruces negras. En palabras de Mario Amorós, “La lápida de mármol, en la que solo figuraban su nombre y la fecha de su fallecimiento, marcó durante dieciocho años uno de los lugares inexcusables de la memoria democrática”.

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Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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