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Una de las filosofías más influyentes de la antigüedad fue inspirada no por el sabio Sócrates ni por los presocráticos ni por Aristóteles, sino por un ratón. Esta historia comienza cuando un expatriado de la ciudad jonia de Sínope, en el sur del Mar Negro, llega a Atenas en el siglo IV a.C. como un desposeído viajero errante. Recién llegado a la ciudad, cuentan los doxógrafos que recogieron su historia, se sentó en unas escaleras a rumiar un pedazo de pan, sobrecogido por la pena al no haber sido invitado a unas festividades públicas. Observó entonces cómo se le acercó un pequeño ratón que se deleitaba con las boronas que se le caían. Si esta criatura no necesita casi nada para satisfacerse, yo tampoco, razonó Diógenes, conocido en tiempos de Platón como Diógenes el Perro y a quien se le atribuye el inicio del cinismo que llegó a convertirse en una suerte de secta filosófica. De allí en adelante, vivió de la manera más “natural” posible, tomando por casa un viejo barril, viviendo de la caridad, comiendo las sobras que le arrojaban en los banquetes como a un perro —de allí Diógenes el Perro—, sin compañera porque solía decir que los amantes son desdichados por placer. Pidió a sus conciudadanos que al morir arrojaran su cuerpo en lo abierto para que se pudieran alimentar los carroñeros y las aves, ante lo cual los atenienses le reclamaron: ¿Y para qué quieres hacer eso, acaso no te importa? A lo cual pidió entonces que dejaran su cuerpo a cielo abierto con un palo en la mano: ¿Y para qué quieres un palo en la mano si estás muerto? le replicaron, ante lo cual respondió: ¡Precisamente! ¿Qué me importa que se coman mi cuerpo si estaré muerto?
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El cinismo de Diógenes no sólo hacía alusión a su forma de vida marginal, desvergonzada —defecaba, se masturbaba en público, afirmando que ojalá, frotando el estómago, se apaciguara el hombre como frotando el pene se apacigua el deseo sexual—, semejante a lo que hoy compararíamos con la de un “habitante de la calle”. Diógenes hizo de ella un espejo en negativo de la de sus conciudadanos, hambrientos de placeres triviales y de poder. Se cuenta que en alguna ocasión, ya siendo muy conocido por los atenienses y admirado por algunos, Alejandro Magno, quien era el hombre más poderoso del mundo, se paró frente a él mientras tomaba el sol tendido al lado de su tonel y le dijo: “Pídeme lo que quieras, lo que sea te lo daré”, a lo cual Diógenes respondió: “Que te quites porque me tapas el sol”. Despreciaba no sólo el poder que no deseaba para sí mismo, sino que repudiaba el “triunfalismo” humano de emprender grandes proyectos. Se cuenta que festejaba cuando alguien que se iba a casar se arrepentía, cuando el que se iba a embarcar decidía no hacerlo, cuando el que iba a ingresar a la política se abstenía. Mientras la sociedad festeja en logro, el triunfo del propósito, Diógenes nos recordaba que la naturaleza en últimas nos gobierna, y que todo gran proyecto termina hecho boronas.
El cínico no renuncia a los placeres porque ve en el sacrificio y el tormento un valor en sí mismo. En este orden de ideas, Diógenes no comparte con los ascetas de la India o de China, o con la tradición de los místicos cristianos, la idea de encontrar redención en la renuncia o en el dolor. Simplemente no quiere ser esclavo de las pasiones del comer, del beber, del sexo, de la locura del poder en las cuales los demás ciudadanos parecen enfocar toda su existencia. A través de sus acciones, Diógenes quería mostrar que el sabio está por encima de la ambición de riquezas, honores, dominio que marcan la vida de lo que Kant llamó “el rebaño humano”, la gran masa de “animales domésticos entontecidos”. Señala Carlos García Gual en su libro sobre Diógenes que el cínico denuncia en últimas no sólo las vidas individuales, sino el mismo pacto cívico de una comunidad que le parece inauténtica y perturbada, y prefiere vivir como los animales con tal de escapar de la alienación que nos procura y en la que nos sumerge el núcleo social.
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La idea de enseñar por medio de sus propias acciones radicales, de su estilo de vida o a veces de crasas apelaciones al sentido común juega un papel no sólo en la forma de vida cínica, sino en la filosofía. Se cuenta que en alguna ocasión, mientras Platón definía el hombre como el único bípedo implume y recibía los aplausos de los filósofos en la Academia, Diógenes desplumó un gallo y lo lanzó en medio de la reunión diciendo “Ahí tienen ustedes al hombre de Platón”. No se trata de una mera broma o de un insulto, sino de un llamado a ver, por encima de la definición unificadora, la diferencia, la enorme gama de posibilidades a las que nos expone el mundo real ante la definición aparentemente inapelable del diccionario. Su relación con los filósofos fue siempre la de la afrenta, la de la exposición, al tiempo que se sentía un filósofo capaz de vivir verdaderamente según los preceptos filosóficos, algo que no era para el común de las personas. Mientras que la gente da limosna a los pobres por temer que pudieran caer en la pobreza, alguna vez dijo, no dan limosna a los filósofos porque realmente no pueden creer que terminarán convertidos en uno.
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“Ser tonto y tener trabajo, eso es la felicidad” es una lúcida y desvergonzada formulación del cinismo de nuestros tiempos, comienza diciendo García Gual en el libro acá referido. Por el contrario, el cinismo antiguo se centraba en ser inteligente y cumplir una tarea, lo cual supone una conciencia desgraciada en un mundo alienante. La vida de Diógenes nos recuerda, en medio de la sociedad del “like” desesperada por beber de la aprobación social, de definirse dentro de ella, que en un mundo profundamente inadecuado en el cual un (posible) pederasta termina como “el líder del mundo libre”, en el cual el hombre más rico del orbe hace ostentación de los símbolos del nazismo, que ser exitoso según las normas de la sociedad a menudo denota no la virtud sino su contrario…y que en ese mundo ser marginal es un camino a la verdadera integridad que demanda una vida ética.
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