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Las fotos de perfil no son menos acartonadas y repetitivas. Todos hemos visto esa toma al lado de la Torre Eiffel, o de espaldas a la cámara y de frente a Machu Picchu haciendo la V de victoria con ambas manos. Queremos mostrar a todas luces esa vida llena de acontecer, lo lejos que hemos llegado, la forma en que triunfamos contra la adversidad de la depresión.
Detrás, todos lo conocemos, se esconde el sentimiento de haber sido dejado atrás por la vida en materia amorosa, lo agresiva que nos parece la existencia con sus conflictos y sus desavenencias, el hecho de que llevamos a la virtualidad como un producto vendible los afectos, con todo el edulcoramiento marquetero del que intenta vender un producto.
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Lo vendido acá, claro, soy yo…al tiempo que soy mi propio vendedor. Soy un buen producto, no he salido del mercado. La realidad de la vida y del amor, sin embargo, está en otro lado, porque el amor de verdad nunca lo venderemos como un producto que sólo tiene visos positivos.
A nuestra madre o a nuestros hijos nunca le diremos “Mira, yo te amo, pero sólo quiero los buenos momentos, la risa, la sorpresa, ir a las carcajadas bajo la lluvia”. El amor real implica dificultad, y suele ser un largo proceso de negociación que se desarrolla a través de una conversación que tiene altas y bajas.
Las plataformas configuran la experiencia digital del amor porque su deseo es que todo ocurra en línea. Se trata de una rutina de venta que es redituable en la medida en que permanezcamos más tiempo en la aplicación. Y las nuevas generaciones son un “target” perfecto.
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Los datos revelan que las personas Gen Z, nacidos entre 1997 y 2012, pasan al año 1000 horas menos de cara a otras personas que las generaciones precedentes, en promedio 2,7 horas menos por día. La función que la inteligencia artificial ha venido a suplir es la de llenar los huecos de las habilidades interpersonales perdidas, como por ejemplo ofrecer frases “starters”: cómo arrancar una conversación, qué decir en seguida de que la otra persona responde. La fluidez de las relaciones humanas parece suspendida, un recurso que se extingue. No ha de sorprendernos que más de la mitad de las personas de esta generación se describan a sí mismas como solitarias en medio de las rutinas unipersonales, las horas de pantalla y su renuencia a buscar consejos de otras personas.
Dicen sentirse más cómodos -un concepto fundamental no sólo en las apps de citas sino en la conformación de las nuevas formas de interacción contemporánea- pidiendo consejos a la IA en materia de relaciones que buscando la recomendación de un amigo.
Es mucho lo que no vemos. Más de la mitad de los usuarios de las apps son hombres. Un porcentaje mínimo de ese grupo tiene una mayoría contundente de los “likes” de las mujeres. Los demás en realidad no tenemos mucha oportunidad. No vemos la cantidad de personas que nos han dado un “swipe” a la izquierda, sólo el “like” ocasional que creemos nos reasegura que no somos tan indeseables. No vemos la compleja ingeniería que nos clasifica según nuestra apariencia, que nos empareja con otros que supone son de nuestro mismo nivel económico, cómo impulsa los perfiles que pagan membrecías costosas.
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El fondo que se oculta y al tiempo se trasluce, el combustible que alimenta el éxito contundente de las plataformas de citas, es que se nutren de un complejo juego con la vulnerabilidad humana. El juego de las apps de citas engancha porque gira en torno al enorme poder que nos otorga el “swipe”, el de rechazar o aceptar a una persona a la que no nos aproximaríamos por intimidante o flirtear con quien nunca nos atreveríamos en la calle.
Nos permitimos el “swipe” a la derecha por los motivos más insignificantes, como el simple gesto de alguien que nunca hemos visto en persona, y nos damos el lujo de despachar a la izquierda a otro por el más banal detalle: el color de su camisa, una mirada…un rasgo que se trasluce a la vida real en las relaciones contemporáneas en las cuales termino una posible historia de amor porque el otro usa en Whatsapp emoticones que considero erróneos o se ríe de una forma desparpajada. Ya lo decía Oscar Wilde, que para decepcionar a otro en el amor basta simplemente ser de cualquier manera.
Las dimensiones epidémicas de la soledad, el apego a zonas de comodidad no significa que incluso los Gen Z -por no decir que todos los demás- no deseen una relación, conversaciones significativas, “engagement”, ese extraño concepto de “enlace” contemporáneo que ha venido a excluir la idea de compromiso y a significar experiencia inmersiva temporal.
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Lo que han conformado las apps de citas no son nuevos modos de “relacionamiento” en los cuales nos proporcionan un acercamiento, sino una nueva forma de concebir las relaciones mismas. Poco reparamos que las plataformas no son facilitadoras de la vida, sino complejos mecanismos que crean formas de vida que no hemos escogido, que no son naturales con respecto al resto de nuestra existencia que transcurre en el mundo real.
Ir al supermercado y comenzar una conversación con un extraño simplemente parece algo que haría un psicópata que colecciona cabezas. Lo que decimos y lo que se nos permite en las apps de citas no podría decirse cara a cara.
La idea de que no podemos conocer personas para relaciones románticas en el lugar de trabajo, por ejemplo, será una de esas máximas implícitas de nuestro tiempo que nadie comprende por qué y que devendrá ridícula examinada con el paso del tiempo, como aquella de hace cincuenta años que afirmaba que un verdadero hombre nunca llora.
La nueva dinámica que impone la industria de las relaciones virtuales es que el amor se asemeja a un juego digital de rol en el cual me engancho con otro por un tiempo, nunca con la intención última de algo más, aunque sí con la esperanza de encontrar todo lo que me falta, todo lo que es significativo y que parece pender como la sombra de una vida con sentido que añoro.
Soñamos secretamente con ser arrancados de nuestra cortina de soledad autoimpuesta por el amor, de las imposibilidades que sentimos nos definen. Y sí, las relaciones están a la orden de día dice Zygmunt Bauman en Amor Líquido; todo el mundo desea una relación, sin querer las implicaciones que ellas conllevan, como el mal de amor, el complejo proceso de negociación con el otro, la vinculación que a menudo conlleva una limitación de mi tiempo. Pero como bien lo profesan los budistas, el amor es tiempo.