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¿Qué podría decir sobre la reciente edición del Festival Internacional de Cine de Cali?
Cumplimos con lo que nos propusimos: generar un tejido de conversación. Entendemos el cine como una posibilidad de escuchar al otro, de encontrarnos a partir de una historia y de abrazar los desafíos y las miradas diversas del mundo. Este año también nos propusimos pensar cómo llegar a nuevos públicos y comprender sus formas de consumo. Además, fortalecimos los espacios de enunciación desde las poblaciones étnicas. Llevamos varios años apostando por las obras audiovisuales realizadas por personas de comunidades afros e indígenas, y en esta edición transversalizamos esa apuesta en toda la programación, tanto en la parte académica como en la de proyección.
¿Qué momento la sorprendió durante esta edición?
Hubo varios. Cada evento, cada charla y cada encuentro tiene su propia luz. En la gala de apertura, por ejemplo, presentamos una película caleña que refleja la potencia de una nueva generación de cineastas jóvenes y talentosos. Fue muy bien recibida. Esa misma noche tuvimos la intervención de un grupo de drag queens, porque el festival es un espacio abierto a diferentes manifestaciones artísticas y a la diversidad.
¿Qué elementos de una película le llaman más la atención?
Me conmueven las películas que me generan preguntas. No me interesa el cine que lo entrega todo, el que resulta predecible. Prefiero las películas que permanecen conmigo, que me habitan y me hacen pensar mucho después de haberlas visto. Para mí, el buen cine no debe ofrecer respuestas, sino provocar reflexiones. Cuando produzco, también pienso en eso: en transmitir un mensaje y en entender por qué quiero hacerlo.
¿Hay una película que la haya marcado de esa manera?
Sí. Deseando amar, del cineasta Wong Kar-wai, es una obra maestra. No narra una historia de amor convencional, sino que aborda la imposibilidad del amor. El montaje es rítmico, la música y el arte son deslumbrantes, y cada elemento estético refuerza la historia. Siempre que pienso en esa película vuelvo a esa pregunta esencial: ¿cómo amar ante los obstáculos y, a la vez, cómo amar desde ellos, a pesar de todo?
¿Qué la motivó a dedicarse al audiovisual?
No hubo un único detonante. Fui criada en una familia vinculada con el arte y la educación. Mis padres eran docentes; a mi papá le gustaba escribir, hacer fotos y ver cine. Desde niña asistía a obras de teatro, títeres, conciertos y películas. Cuando llegué a la universidad, elegí Comunicación porque era lo más cercano al cine. Veía el programa Rostros y rastros y me fascinaba imaginar cómo se hacían las películas. Aunque mi primer amor fue la fotografía, que considero la gran sacerdotisa del audiovisual.
Desde su experiencia, ¿cómo cree que el cine puede transformar a una comunidad o sociedad?
El cine transforma tanto en su proceso como en su resultado. Hacer una película implica crear una familia, un trabajo colectivo que enseña empatía y colaboración. Y cuando una obra llega al público, genera discursos y símbolos que dialogan con la sociedad.
Actualmente preparo La marcha del hambre, una película sobre un suceso histórico de la educación pública en Colombia. Al proyectarla en sindicatos, los docentes reconocen esa historia olvidada y se sienten llamados a honrar las luchas de sus antecesores. Esas reacciones muestran que el cine cumple una función de memoria y movilización.
Las películas también pueden transformar comportamientos cotidianos. Hay cortos, como Abuela Grillo, que sensibilizan sobre el cuidado del agua. No se trata de creer que una película cambiará el mundo, pero sí de entender que puede inspirar pequeñas acciones que, en conjunto, generan transformaciones reales.
¿Cuáles han sido los mayores retos en su camino en el audiovisual?
Cuando empecé, no existían clases de gestión cultural ni de producción en mi formación. Aprendí haciendo. La academia enseña la técnica, pero no cómo materializar una obra. Esa carencia me llevó a formarme de manera autodidacta, trabajando con otras personas y proyectos. Hoy me reconozco como una gestora cultural hecha en el hacer.
A lo largo de mi carrera he enfrentado el desafío de combinar los roles artísticos con los de gestión. En el cine, muchas veces quien dirige también debe producir, administrar recursos y garantizar la sostenibilidad del proyecto. He aprendido a ver eso como parte de mi labor: ser gerente de una obra cultural.
También he asumido la necesidad de visibilizar a las mujeres en el campo audiovisual. Fundé Disney Lab con ese propósito. A través de investigaciones sobre brechas de género, descubrí los obstáculos y violencias que aún enfrentamos. Por eso impulso espacios de formación y acompañamiento, y defiendo la creación de entornos seguros para que más mujeres puedan dirigir, producir y liderar sus proyectos.
¿Qué cualidades considera esenciales para dedicarse al cine?
Primero, es necesario encontrar el lenguaje con el que uno quiere narrar el mundo. Cada persona tiene esa capacidad, pero debe descubrir con qué se conecta emocional y creativamente. Luego viene el deseo: el motor de todo. Hay que desear profundamente lo que se hace, ya sea una película, un festival o un libro. El cine exige también organización y planeación. Es un medio con múltiples frentes: producción, arte, sonido, distribución. Sin orden, nada fluye. Y, por último, la empatía. Trabajar en cine implica relacionarse con muchas personas y realidades distintas. No se puede dirigir sin entender al otro. La empatía genera respeto y confianza, elementos indispensables para cualquier proceso creativo.
¿En qué situación está el cine y hacia dónde se dirige?
El cine vive un momento desafiante por la irrupción de la inteligencia artificial. Hay quienes la ven como una herramienta que puede resolver tareas técnicas, pero también representa un riesgo para los oficios creativos. Algunos ya la usan para editar o componer música, mientras otros temen ser desplazados. Sin embargo, creo que cada tecnología transforma nuestras formas de percepción sin eliminar lo anterior. Así como la fotografía no hizo desaparecer la pintura, la inteligencia artificial coexistirá con el cine tradicional y abrirá nuevos caminos.
También creo que debemos mantener viva la experiencia colectiva de ir al cine. Puede sonar romántico, pero para mí sigue siendo un acto profundamente humano entrar a una sala oscura y ver cómo la luz proyecta una historia. Esa experiencia de encuentro es la esencia del cine.
En el Festival Internacional de Cine de Cali, apoyado por la Secretaría de Cultura, trabajamos para preservar ese espacio de diálogo y fortalecer el sector audiovisual. El Festival, como evento público, cumple una función estratégica: mantener viva la conversación entre las imágenes, las comunidades y las ideas que nos siguen uniendo frente a la pantalla.