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El gran Gatsby: una necrología de los años veinte
(La novela y el mundo: dinero)

Esta nueva entrega de examina la obra de Francis Scott Fitzgerald y su retrato de una sociedad marcada por el dinero, el derroche y las diferencias sociales. La novela es también la expresión de las fisuras del mundo moderno y una mirada al sueño americano.

Mónica Acebedo

01 de septiembre de 2026 - 08:00 p. m.
F. Scott Fitzgerald fue miembro de la llamada Generación Perdida Americana.
Foto: Getty Images
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“Siendo yo joven y vulnerable, mi padre me dio un consejo que me ronda aún en la cabeza: —Cuando te apetezca criticar a alguien —me dijo—, recuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú”.

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Francis Scott Fitzgerald (1896-1940) fue uno de los escritores más representativos de la literatura estadounidense del siglo XX junto con John Steinbeck (1902-1968), William Faulkner (1897-1962), John DosPasos (1896-1970) o Theodor Dreiser (1871-1945). Estos autores, entre otros, retrataron la sociedad norteamericana de la primera parte del siglo XX. Por ejemplo, Steinbeck dio cuenta de las catastróficas consecuencias de la crisis de los años veinte y treinta en el Oeste, y las migraciones masivas a California de las personas de las grandes planicies que quedaron en la ruina (“Las uvas de la ira” en 1939). Faulkner presentó el sur, sus creencias, leyendas, racismos y los problemas sociales de una clase marginada a través de una prosa compleja y honesta (“Mientras Agonizo” en 1930). F.S. Fitzgerald, por su parte, se ocupó en “El gran Gatsby”, publicada en 1925, de las excentricidades del Este y las novedades del consumismo. Representó una especie de retrato de los años veinte, de las fiestas, del dinero y de la imagen de progreso de los Estados Unidos. Mario Vargas Llosa se refirió a esta novela así: “El gran Gatsby comienza como una ligera crónica de los extravagantes años veinte —sus millonarios, sus frívolos, sus gángsters, sus sirenas y la desbordante prosperidad que respiraban— y, luego, se convierte insensiblemente en una tierna historia de amor. Pero, poco después, experimenta una nueva muda y torna a ser un melodrama sangriento, de absurdas coincidencias y malentendidos grotescos, al extremo de que, al cerrar la última página, el lector de nuestros días se pregunta si el libro que ha leído no es, más bien, una novela existencialista sobre el sinsentido de la vida o un alarde poético, un juego de la imaginación sin mayores ataduras con la experiencia vivida” (“La verdad de las mentiras”, Penguin Ramdom House, 2015. P, 91).


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Nick Carraway narra en primera persona lo que le ocurrió cuando se mudó en 1922 a West Egg, en Long Island, la llamada “isla de los nuevos ricos”, a su regreso de la Primera Guerra Mundial. Inicia con una cena con su prima Daisy Buchanan, su esposo Tom y la amiga de ambos, Jordan Baker, una golfista profesional. Tom y Daisy creen que Nick puede salir con Jordan. De otra parte, Nick conoce a su vecino, Jay Gatsby, un hombre millonario que hace fiestas monumentales. Se rumorea sobre el origen de su dinero. En algún momento de la narración Nick se da cuenta de que Jay y Daisy están sentimentalmente involucrados y lo estuvieron incluso desde antes de que su prima se casara con Tom. No se pudieron casar por las diferencias sociales y económicas. Tom, por su parte tiene una amante, que resulta ser la mujer de un mecánico. La novela va y viene dentro de estos intríngulis amorosos, pero presenta temas universales como la guerra: “—Entonces vino la guerra, socio. Fue un gran alivio para mí e intenté por todos los medios buscar la muerte, pero parecía que mi vida estaba encantada. Acepté el nombramiento de primer teniente cuando comenzó. En el bosque de Argonne conduje a dos batallones de ametralladoras tan adelante que quedó un corredor de media milla en cada flanco por donde la infantería no podía avanzar”. Asimismo, se refiere a la mirada del europeo con relación a la inmigración: “Los amigos nos miraron con los ojos trágicos y los labios superiores cortos del sudeste de Europa, y me alegré de que el espectáculo del espléndido auto de Gatsby de su sombrío día de asueto”. La movilidad social está presente a lo largo de la novela, al igual que le ocurrió a Fitzgerald, ya que él mismo provenía del Medio Oeste (St Paul). Logró llegar a la Universidad de Princeton y fue testigo directo de las extravagancias de los ricos neoyorquinos, las profundas diferencias sociales y la primacía del dinero.


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Fitzgerald es pues el cronista por excelencia de la llamada “Era del Jazz”. La novela no solo es el símbolo del dinero, el derroche y el hedonismo, los rituales sociales, las jerarquías provenientes del dinero, el placer o la imprudencia. Es también una expresión del mundo moderno que hereda las fisuras que le dejó la Guerra de Secesión del siglo precedente, junto con una inmigración europea dolida y traumatizada por una guerra sin precedentes. Fue y seguirá siendo un documento clave, y tal vez, la mejor carta de presentación del atractivo que se erige como una encarnación casi perfecta de lo que conocemos como el sueño americano: la posibilidad de construir una vida propia, de convertirse en un “yo” creado por uno mismo: una proeza de voluntad y libertad que está en el centro de la ideología democrática estadounidense. Cierro con una de las frases más recordadas: “Solo existen los perseguidos, los que persiguen, los que persisten y los que se rinden”.

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Por Mónica Acebedo

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