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El muro fronterizo de Trump podría destruir una iglesia de 110 años

El proyecto del presidente Donald Trump de la construcción de un muro fronterizo entre EE.UU. y México está afectando diferentes sitios históricos como la iglesia de Ruidosa, Texas.

Jazmine Ulloa y Pau Ratje - The New York Times

26 de agosto de 2026 - 10:34 a. m.
Vista del muro fronterizo en Texas.
Foto: AFP - RONALDO SCHEMIDT
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En el extremo oeste de Texas, una pesada campana de bronce repicaba para llamar a los feligreses de ambos lados de la frontera entre Estados Unidos y México a congregarse en una pequeña iglesia de adobe. La campana y la iglesia católica de Ruidosa son símbolos de una época en la que las comunidades fronterizas de México y Estados Unidos vivían como una sola. Pero hace casi tres generaciones los feligreses se marcharon del pequeño poblado. Una de las dos torres de la iglesia se vino abajo. La campana desapareció.

Voluntarios de la localidad han comenzado a restaurar la iglesia, El Corazón Sagrado de la Iglesia de Jesús. La ven como uno de los últimos vestigios de una historia compartida en un paisaje del suroeste que es tan indígena, español y mexicano como estadounidense. Si se fortifican sus muros y sus dos torres, tal vez la campana podría sonar de nuevo.

Ahora su labor enfrenta un nuevo peligro: el muro fronterizo del presidente Donald Trump. La iglesia es uno de las decenas de sitios históricos del suroeste de Estados Unidos amenazados por la construcción. En Arizona, porciones de un grabado en la tierra de mil años de antigüedad han sido arrasadas por excavadoras. En Texas, las obras están poniendo en peligro antiguos murales rupestres y sitios históricos del Ferrocarril Subterráneo.

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“Si valoras el mérito y las contribuciones de un pueblo, entonces preservas su historia en libros de texto y planes de estudio”, dijo el historiador Trinidad Gonzales. “Preservarías estas huellas físicas”.

Funcionarios del gobierno de Trump dicen que el muro se levantará a unos metros de la iglesia y ayudará a disuadir a los narcotraficantes violentos de una de las zonas más remotas del desierto de Chihuahua. Sin embargo, los conservacionistas advierten que las incesantes vibraciones de la construcción amenazan la frágil integridad estructural de la iglesia.

Para los historiadores y residentes de la frontera, los planes de construcción del gobierno, junto con una campaña para deportar a miles de inmigrantes, suponen desarraigar siglos de historia y presencia mexicana y latinoamericana.

La historia de 110 años de la iglesia y su campana es un relato de desplazamiento y migración, de algo que se perdió y contra todo pronóstico fue encontrado, y de artistas, historiadores y habitantes de la comunidad que han hecho grandes esfuerzos para fabricar y transportar ladrillos de adobe, sacar la campana de una cárcel de Marfa y recuperar un fragmento de un pasado perdido.

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El Corazón Sagrado nació durante la Revolución mexicana. Cientos de miles de mexicanos estaban migrando hacia el norte; ellos abrieron escuelas, teatros y periódicos y, en la zona fronteriza, se organizaron contra la segregación estadounidense y la discriminación antimexicana.

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En Ruidosa, un pequeño asentamiento al suroeste de Marfa, la comunidad construyó una iglesia. Familias mexicanas y mexicoestadounidenses de ambos lados del río moldearon ladrillos de arcilla para levantar sus muros estilo misión y sus dos torres. De un frontón central de madera, colgaron su campana de bronce.

La campana repicó por casi 40 años. Reunía a la gente para bodas, funerales y misas dominicales.

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“La iglesia era un centro de vida”, dijo Zenaida Maria Nazeri, de 77 años, quien nació en Ruidosa y asistía a sus servicios religiosos.

Sin embargo, para la década de 1950, una presa de Nuevo México y una sequía habían dejado prácticamente sin agua el río que sustentaba las tierras de cultivo de Ruidosa. Muchos habitantes de la región volvieron a marcharse. La oficina de correos cerró. El Sagrado Corazón cayó en el abandono y la Iglesia católica retiró oficialmente la misión en 1956.

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Finalmente, en algún momento de la década de 1960, la campana también desapareció. La entrada principal se derrumbó después de que años de viento y lluvia erosionaran sus cimientos. La gran campana cayó estrepitosamente al suelo. Una familia la recuperó y se la entregó a Johnnie Tucker Chambers, una maestra que vivía en una escuela cercana. Ella montó la campana sobre una estructura de madera y la usaba para llamar a clase a los niños de ambos lados de la frontera.

Cuando ella se fue, se la llevó a su propiedad en Candelaria, cerca de ahí, donde la usaba para llamar a los trabajadores de su rancho para cenar.

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Sin su campana, la iglesia de Ruidosa, nombrada en honor al Sagrado Corazón, parecía haber perdido su propio pulso. El edificio quedó cerrado, con puertas y ventanas tapiadas para evitar que los vándalos se llevaran las tablas de madera del piso y los bancos.

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Para principios de la década de 1990, la torre izquierda se había derrumbado y la Diócesis de El Paso ordenó oficialmente la demolición de la misión.

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Eso despertó algo en la gente.

Historiadores, benefactores de la iglesia y residentes de la comunidad expresaron su indignación en cartas a los periódicos locales y a la diócesis. Los comisionados del condado pausaron la solicitud de demolición de la Iglesia católica.

Los esfuerzos de restauración recuperaron impulso en 2019, no mucho después de que Trump fuera elegido con consignas de “construir el muro”.

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En su segundo mandato, el gobierno de Trump ha impulsado esos planes, poniendo en peligro a El Sagrado Corazón. La Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos no respondió a las preguntas sobre las preocupaciones de la comunidad respecto a la preservación de la iglesia y otros sitios sagrados. En demandas federales, los funcionarios del gobierno argumentan que tienen la autoridad para eximir regulaciones ambientales y otros reclamos legales con el fin de combatir el contrabando de drogas y la inmigración ilegal.

Por todo el suroeste han comenzado proyectos similares. En California, explosivos han volado parte del Pico Tecate, también conocido como Kuuchamaa, una montaña sagrada para el pueblo kumiai que figura en el Registro Nacional de Lugares Históricos. En el desierto de Sonora, en Arizona, cuadrillas de trabajadores arrasaron partes del intaglio de Las Playas, una imagen gigante con forma de pez de mil años de antigüedad grabada en el suelo, alteraron cementerios sagrados en Monument Hill y pusieron en peligro Quitobaquito Springs, un oasis del desierto de 10.000 años de antigüedad venerado por las naciones tohono o’odham y hia-ced o’odham.

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Más al este, en Nuevo México, los esfuerzos de incautación de tierras han puesto en la mira terrenos que pertenecen a la iglesia alrededor del monte Cristo Rey, un lugar de peregrinación católica de 219 metros. En Texas, las barreras propuestas ponen en peligro los murales rupestres de 6.000 años de antigüedad de los cañones del Bajo Pecos, santuarios del Ferrocarril Subterráneo como el cementerio Eli Jackson y la iglesia Jackson Ranch, y la capilla La Lomita del siglo XIX en Mission.

En el oeste de Texas, surgieron protestas este mes cuando las excavadoras despejaron terreno en el Parque Nacional Big Bend y cerca del sitio de la Masacre de Porvenir, donde una fuerza de los Rangers de Texas, soldados de la Caballería de Estados Unidos y rancheros locales acorralaron y mataron a tiros a 15 hombres y niños mexicanos desarmados en 1918.

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La semana pasada, Rodney Scott, el comisionado de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos, pausó las obras en Big Bend durante su visita a la región. Dijo que solo estaba previsto construir caminos de patrullaje y barreras para vehículos en el parque nacional, y que su agencia estaba “firmemente comprometida con proteger a Estados Unidos, y eso incluye nuestros tesoros nacionales”.

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Los conservacionistas de la iglesia de Ruidosa dicen que la pausa de Scott no es motivo de celebración. Aún se espera que la construcción de un muro de acero continúe kilómetros más adelante, lo que traerá maquinaria pesada y excavaciones a unos metros del santuario. Ellos y los líderes locales han presentado demandas federales y se han estado oponiendo con la ayuda de los propietarios de tierras, incluidos algunos partidarios de Trump.

Para Mike Green, un arquitecto jubilado que ha vivido durante muchos años en el oeste de Texas y que ayuda a dirigir la campaña de restauración más reciente, las obras han sido especialmente preocupantes.

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Él sintió una afinidad con la iglesia cuando vio sus ruinas por primera vez en 1984. Los saqueadores habían despojado la mayor parte de su madera, pero lo cautivaron sus arcos de adobe —entre los más altos que aún siguen en pie en Texas— y por la historia de los 160 trabajadores agrícolas enterrados en una colina justo encima de ella.

“Presidio y Ojinaga han tenido una historia rica, y es una historia de cooperación comunitaria de muchos años”, dijo sobre las ciudades fronterizas mexicana y estadounidense.

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En 2020, tras años de negociación, la diócesis cedió la propiedad a Friends of the Ruidosa Church, una organización sin fines de lucro fundada por Green y el arqueólogo David Keller. El grupo reanudó el proceso de hacer a mano miles de bloques de adobe secados al sol y ha trabajado con expertos en restauración e ingeniería para construir e instalar una estructura modular de torre de acero para apuntalar la torre derecha de la iglesia.

El grupo incluso encontró su pieza clave faltante: la campana.

En 2023, Green se lamentó casualmente por la pérdida de la pieza ante su amiga Betty Gaddis, durante un almuerzo. Él no lo sabía, pero Gaddis, que entonces tenía 90 años, había sido amiga de Chambers durante muchos años y alguna vez había visto la vieja campana en su departamento de Alpine. En dos días, dio con el paradero de la campana: estaba guardada en la cárcel del condado de Presidio, en Marfa.

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El 28 de octubre de 2023, los miembros de la organización sin fines de lucro se reunieron para “rescatar” la campana. Un mes después, la transportaron en un camión de regreso a Ruidosa para una celebración anual, exhibiéndola en un altar frente a una instalación de arte y ante decenas de velas encendidas.

Ahora descansa en la casa de Green en Marfa, esperando volver a repicar en todo el valle.

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Por Jazmine Ulloa y Pau Ratje - The New York Times

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