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El primer año de la Revolución, según Víctor Serge (Políticamente artistas XVI)

Luego del triunfo de la Revolución de Octubre, Víctor Serge escribió un libro en el que relataba lo que había ocurrido en la sociedad y el gobierno durante los primeros doce meses.

Fernando Araújo Vélez

08 de abril de 2026 - 02:15 p. m.
Víctor Serge nació en Bruselas el 0 de diciembre de 1890.
Foto: Wikimedia
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La revolución, para Lenin, Trotsky y los altos mandos bolcheviques, significaba transformar absolutamente todo, aunque ellos mismos fueran conscientes de que no tenían experiencia ni en gobernar ni en organizar ni en crear o producir.

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Pasados varios meses de la Revolución de Octubre, y luego del terror de la Guerra Civil y de los primeros años de acciones y reacciones tanto dentro como fuera del gobierno, Lenin decidió buscar una especie de conciliación con ciertos sectores de las pequeñas burguesías a las que haba atacado. Como escribió Víctor Serge en su libro “El año I de la revolución Rusa”, “Pero ahora hay que asirse a la ocasión de pasar a otros métodos. De lo contrario, ‘La inflexibilidad se transformará en estupidez’”. En uno de sus discursos, recogido por Serge, Lenin dijo: “Los intelectuales llevaban una vida burguesa… Cuando se pusieron del lado de los checoslovacos, nuestra consigna fue el terror… Ahora que se ha producido en ellos un cambio de actitud, nuestra consigna debe ser la conciliación, el establecimiento de relaciones de buena voluntad…”.

Lenin le dejó muy en claro a la intelectualidad pequeño burguesa que no habían cedido, pero “tampoco negamos que nos sois necesarios porque vosotros sois el único elemento ilustrado del país”. En otro de los apartes del discurso citado por Serge, Lenin admitió que “No podemos levantar el edificio gubernamental, sin aprovechar una herencia del capitalismo tan importante como los medios intelectuales”. Poco a poco, algunos de los más renombrados escritores rusos, como Máximo Gorki, quien se había opuesto al bolchevismo llamándolo el “cruel experimento socialista de Lenin y Trotsky”, fueron cambiando de opinión, especialmente los poetas. En un principio, para Gorky la revolución sólo podía llevar “a la anarquía, al desencadenamiento de los instintos”. Sin embargo, luego modificó su postura.

Entonces escribió: “Lo que han realizado la clase obrera rusa y los intelectuales fundidos a ella espiritualmente, experimento trágico que tal vez obligue a Rusia a dar hasta la última gota de su sangre, es grande, aleccionador para el universo”, e invitó a los escépticos a que se unieran a ellos, “hacia la vida nueva, por la que trabajamos, a la que nos damos enteros, sin consideraciones a nada ni a nadie, entre sufrimientos y errores”. En su análisis sobre los primeros tiempos de la Revolución rusa, Serge escribió que después de que se hubieran opuesto, los poetas tomaron las banderas del cambio, “se adhieren en el espacio de pocos meses y dan a la Revolución toda una literatura de una fuerza extraordinaria”. “Valerio Brusiov, nutrido de cultura clásica, saluda el advenimiento de los bárbaros justicieros”, afirmó.

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Luego refirió que “Alejandro Block, discípulo del místico Soloviev, escribe la más popular y la más pura de sus obras maestras de los años heroicos, ‘Los doce’, doce guardias rojos caminan por entre la noche y la nieve, empuñando sus armas, y delante de ellos -sin saberlo- el Cristo invisible, coronado de rosas”. La Revolución, real o mística, cristiana o atea, intentaba ser fiel a su definición. Los bolcheviques pretendían transformarlo todo, y el proletariado decidió que aquel cambio debía iniciarse desde abajo. Crearon los ‘Proletcults’, unos círculos de cultura desde los cuales buscaban renovar las letras, el teatro, la pintura, la crítica. No obstante su vivacidad, “De este movimiento no saldrá otra cosa que unos cuantos poetas que caerán frecuentemente en la trivialidad de la fábrica, del trabajo victorioso, del heroísmo proletario”.

En un principio, Block y sus poemas, en especial “Los doce”, fueron tachados y proscritos por los antiguos intelectuales, igual que por los hombres de ciencia. Serían necesarios muchos años de luchas y transformaciones para que los profesores y los directores de la educación en la incipiente sociedad de los bolcheviques rompieran con las leyes y las costumbres que habían heredado. No había libros de texto que relataran una historia distinta a la que se había escrito hasta entonces. El zar, la iglesia ortodoxa, y su casi infinita cantidad de ramificaciones, seguían siendo la gran materia de instrucción escolar. En últimas, tampoco había muchas otras historias que pudieran haberse convertido en textos. Había que improvisar, y como escribió Serge, “improvisarlo todo”.

“Los antiguos textos sólo sirven para echarlos al fuego. Una gran parte del personal antiguo de enseñanza se resiste, sabotea, no acierta a comprender, espera el fin del bolchevismo”. Fuera de la carencia casi absoluta de historia, textos y profesores, la ascendente crisis económica hizo que la Comisaría de Instrucción Pública restringiera la producción de papeles, cuadernos, plumas, lápices y demás. En palabras de Víctor Serge, “En el invierno se reúnen los pequeños con el estómago vacío y cubiertos de harapos alrededor de la pequeña estufa instalada en mitad de la clase; a veces, para atenuar un poco el sufrimiento producido por el frío, hay que quemar en ella el mobiliario, tienen un lápiz para cada cuatro niños; y la maestra pasa hambre”. Pese a todo, durante los primeros meses de la Revolución se crearon decenas de decenas de nuevas escuelas.

Desde abajo, el pueblo era consciente de que sólo habría futuro para el proletariado si el pueblo y los hijos del pueblo se educaban. Si el gobierno no lograba reunir el dinero suficiente para sembrar las semillas, por los enormes costos de las guerras, por la inflación que provocaban esos costos, por la ignorancia de quienes estaban a cargo desde arriba y abajo para hacer caminar un nuevo país con una nuevas ideas y objetivos, y como consecuencia del desorden lógico que los profundos y cuantiosos cambios generaban, los ciudadanos de a pie lo harían. Lo hicieron. Igual, la Rusia de 1918 y 1919 seguía su curso. Los artistas de antes, los coleccionistas, los creadores, continuaban pensando y trabajando. A la poca luz de las pocas velas que podían conseguir, sin agua a veces, pero hacían sus obras.

“Los teatros nacionalizados representan todas las noches su repertorio habitual, pero el público que asiste es nuevo. Las cuerpos de baile, formados para el placer de una aristocracia fusilada, dan todavía exhibiciones durante el terror; pero los que llenan las salas artesonadas de oro son obreras y obreros, jóvenes comunistas con los cabellos cortados al rape como precaución contra los piojos portadores del tifus, soldados rojos que han regresado del frente”. Los museos fueron cuidadosamente protegidos, y comenzaron a nutrirse de las colecciones expropiadas a los coleccionistas, y los pintores, la mayoría de ellos expresionistas, “decoran las plazas públicas para las fiestas”.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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