Desde mediados del siglo XVI, y por más de 100 años, la Corona española envió flotas mercantiles a América, las cuales llevaban bienes de consumo a las colonias y retornaban a España cargadas de productos naturales del Nuevo Mundo, principalmente piezas de oro y plata.
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Después de los hallazgos de Colón en 1492, el océano Atlántico fue un campo de batalla entre los grandes reinos de Europa por el dominio de un nuevo y rentable comercio global. Los barcos ibéricos fueron objeto de frecuentes ataques piratas o de naves oficiales de Holanda, Francia y, especialmente, Inglaterra, el principal rival de España en el control de las tierras y riquezas americanas. Por esta razón, los barcos mercantes españoles siempre fueron parte de grandes flotas escoltadas por buques de guerra.
La escuadra del año 1706 la componían 10 naves de carga y tres buques de guerra, siendo el galeón San José la nave capitana de la poderosa flota. El San José era un colosal barco con una capacidad de carga mercantil de 600 toneladas. El galeón, de 42 metros de eslora (de proa a popa) y 12,5 metros de manga (de estribor a babor), con tres mástiles y un complejo conjunto de velas, requería una numerosa tripulación entrenada en diversos oficios: pilotos con conocimientos de navegación y manejo de instrumentos astronómicos, jóvenes y fuertes marinos con experiencia de mar, despenseros, toneleros, carpinteros, calafates, buzos, tamboreros, burócratas, cirujanos y, sin falta, algunos miembros del clero. Un buen número de los pasajeros eran niños entre ocho y 14 años, generalmente huérfanos, que cumplían funciones de grumetes y pajes.
Parte esencial de la tripulación la componían soldados expertos en el manejo de armas: mosqueteros, astilleros y los responsables del delicado manejo de la pólvora. El San José estaba fuertemente armado, con un total de 62 cañones, pero ni el tamaño ni el poder militar del barco fueron suficientes para mantener a salvo su numerosa tripulación y su valioso cargamento. En medio de un ataque inglés, cerca de las Islas del Rosario, el galeón San José naufragó en 1708, dejando en la profundidad del mar Caribe la vida de cerca de 600 personas y uno de los cargamentos más valiosos de la historia de la Carrera de Indias.
La tarea principal de estas flotas reales era el recaudo de impuestos, que fluía en grandes cantidades de monedas de oro y plata. El precioso cargamento, al parecer de centenares de miles de macuquinas, esmeraldas, porcelana china y otros bienes, se dividió entre el San José y su gemelo San Joaquín.
En un trabajo conjunto de la Armada Nacional, el Instituto Colombiano de Antropología e Historia, y un equipo interdisciplinar de investigadores colombianos se inició desde 2021 un cuidadoso proceso de exploración no invasiva. Con la ayuda de un submarino de operación remota ha sido posible recopilar impresionantes imágenes de un naufragio en muy buenas condiciones, y más recientemente se inició el recate de las primeras piezas arqueológicas: un cañón de bronce, una pieza de porcelana china y tres ejemplares de las macuquinas, de las cuales nos ocuparemos en lo que sigue.
Muy pronto, en el siglo XVI, los españoles pusieron en marcha grandes proyectos de minería en territorio americano, y en los distintos virreinatos se establecieron centros para acuñar monedas. Como sabemos, la población americana antes de la llegada de los españoles tenía una sofisticada tradición orfebre con un complejo sentido cultural, pero el uso del oro y la plata como dinero era ajeno a las tradiciones indígenas. Parte de la brutalidad de la conquista estuvo no solamente en la apropiación de recursos naturales, sino más violento aún, en haber forzado a la población indígena al trabajo de minería para la extracción de oro y plata como fuente de financiación imperial.
Las monedas de origen americano, conocidas en el mundo hispano como “macuquinas”, fueron la principal divisa en las Américas por casi dos siglos. Su principal característica es que fueron acuñadas manualmente cuando en Europa ya existía hace tiempo la tecnología para producir monedas de manera industrial. Las macuquinas tienen aspecto tosco, su forma es irregular y el acuñado es impreciso, lo cual hace de cada una de estas piezas un objeto único e irrepetible. La imperfección del proceso en parte se podría explicar por la carencia de tecnología adecuada, pero también porque en su mayoría no fueron pensadas como divisas de amplia circulación, sino un medio para el recaudo de tributos y la movilización controlada de oro y plata desde las minas americanas a Europa. Una vez en Europa, muchas de ellas fueron fundidas, y la mayoría de las que se conservan han sido recuperadas en naufragios.
La calidad de su producción puede variar, por ejemplo las acuñadas en Lima, como lo son las hasta ahora rescatadas en el galeón San José, presentan contornos finos y un acuñado cuidadoso. Al parecer de oro puro, tienen un diámetro de 32,5 milímetros y un peso de 27 gramos cada una. No obstante, son mucho más que fragmentos del precioso metal, y vale la pena que nos detengamos a examinar con cierto cuidado su diseño.
En una de sus caras presenta una cruz con barras perpendiculares en sus extremos, en la que se insertan intercalados los emblemas de los reinos de Castilla y León. Los estandartes reales en medio de la cuz de Jerusalén son un claro símbolo de la unidad del Estado y la Iglesia.
En la otra cara vemos una representación de las columnas de Hércules, que se sostienen sobre las olas del mar. Esta imagen se remonta a la mitología griega y a la idea de “Non plus ultra”, siendo las columnas de Hércules los límites de lo conocido. Después del descubrimiento de América la imagen se convirtió en el lema de la Corona española, recordando que no hay límites para la expansión imperial. Carlos V hizo de esta imagen el emblema de la corona que hoy se conserva en el actual escudo de España. La imagen, símbolo del poder de las artes humanas, se difundió en los manuales de náutica ibéricos del siglo XVI y fue el ícono elegido por Francis Bacon como frontispicio de su gran obra filosófica sobre el poder de la ciencia sobre el mundo natural. Algunos argumentan que el actual signo $ tuvo su origen en la imagen de las columnas atravesadas por una cinta con el lema “Plus ultra”.
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Las máquinas del imperio
En la parte superior de las columnas se reconocen varios símbolos que identifican su valor, lugar y fecha de producción. A la izquierda se aprecia una letra “L”, que nos recuerda que fueron producidas en Lima; a la derecha la letra “H” se refiere a la marca de Francisco de Hurtado como el responsable de la calidad de acuñación y vigilancia del peso preciso de cada moneda. En el centro el numero 8 indica que son monedas de ocho escudos, la más alta denominación de la época. El valor de una sola de estas monedas podría corresponder en su momento al valor de una mula o el salario de un mes de un soldado.
En la parte central de las columnas se ven las letras P.V.A., abreviación de la expresión latina “Plus ultra”, como dijimos emblema del poder de la Corona española desde el siglo XVI. En la parte inferior de esta misma cara se ven los números 707, que se refieren a la fecha 1707, lo cual, entre otras evidencias, nos asegura que el naufragio tuvo lugar en una fecha posterior y cercana a la de la acuñación de las monedas.
Además de las imágenes, las monedas llevan en su contorno leyendas con información igualmente interesante. En el borde de la cara de la cruz y el escudo real se lee: “PHILIPPVS. V.D.G”, que nos recuerda el nombre del monarca Felipe V, y las letras D y G, que resumen la expresión latina “Dei Gratia”, “Por gracia de Dios”. También se alcanza a leer la leyenda ISPANIAR, abreviación del latín “hispaniarum” (“de España”). En la cara de las columnas de Hércules se reconoce la inscripción: INDIARUM, indicando que la moneda proviene de las Indias.
La manufactura de monedas metálicas ha sido por siglos una forma muy eficiente para el intercambio comercial y la circulación de riqueza. Además, como bien saben los expertos en numismática, las monedas son parte fundamental de la cultura material, y más allá de su valor comercial para coleccionistas, estas pequeñas piezas, su manufactura, diseño y uso, son invaluables fuentes para la historia.
El estudio y rescate del naufragio han sido objeto de todo tipo de intrigas y disputas jurídicas motivadas por la especulación de un exorbitante valor comercial que han opacado la riqueza histórica de los restos materiales de una nave de comienzos del siglo XVIII.
El valor arqueológico del naufragio no se limita a su cargamento. El barco mismo y sus componentes, los utensilios de cerámica, instrumentos de navegación, herramientas, armas, vestuarios o restos humanos que reposan en el fondo marino son, entre otros, artefactos que guardan secretos no solo de un trágico evento, sino de un momento clave del período colonial.