El escritor colombiano, cuya obra fue incluida en una de las litas de lo mejor de 2025, fue curador para Tinta Club del Libro para noviembre y diciembre de ese año. Juan Gabriel Vásquez eligió “Orlando” de Virginia Woolf y “La medición el mundo” de Daniel Kehmann, para esos meses. La iniciativa que cumplió dos años ha llegado a más de dos mil personas en Colombia y ha tenido como curadores a personajes como Gioconda Belli, Pilar Quintana, Alejandro Zambra y Javier Moro. Para 2026, contarán con la curaduría de Hiromi Kawakami, Mircea Cărtărescu, Laura Restrepo, Alonso Cueto y Ángeles Mastretta.
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En esta entrevista Juan Gabriel Vásques habló sobre sus hábitos de lectura, su proceso de escritura y la novela histórica.
Ha escrito novelas, poesía, cuentos, ensayos, una biografía, varias traducciones, entre otros textos por más de un cuarto de siglo. ¿Cuánto lee para escribir?
Trato de que sea mucho más. La primera señal de que algo no está bien es cuando un escritor escribe más de lo que lee, eso es gravísimo. Recuerdo muy bien a un colega que cuando yo comencé me decía: “cuando estoy escribiendo, no leo para que no me contagie”, y yo quería decirle, es que se nota: sí, pero no. La lectura tiene que estar ahí. Ahora me estoy acordando de León de Greiff, a quien se le acercó un poeta y le entregó dos poemas y le dijo: maestro, quiero presentarle estos dos poemas y que usted me diga cuál publico, no sé cuál de los dos publicar. León de Greiff leyó uno y le dijo: publica el otro.
¿Cómo elige los libros que lee? ¿Va a la librería? ¿De quién acepta recomendaciones?
Ese es uno de los regalos envenenados de la vida literaria. Siento que ahora tengo menos libertad de lector que cuando comenzaba a escribir. Cuando estaba escribiendo Los informantes o Los amantes de todos los santos, sentía que pasaba leyendo y leyendo horas y horas cada día, pero de días larguísimos. Y yo podía leer dos, tres libros por semana. Leyéndolos bien. Y eso ya no es posible por las obligaciones que han venido con lo que podemos llamar la vida literaria, mi trabajo de columnista que toma mucho espacio, las otras cosas que uno tiene que hacer para ganarse la vida, como una conferencia. Siento que el espacio de ese contacto intenso con los clásicos, que para mí son parte de mis rutinas, se ha disminuido.
Trato de que sea mucho y trato de que los libros que escoja lo haga con un criterio de libertad, de curiosidad, que es para mí una parte esencial del ejercicio de la lectura. Es esa sensación de la literatura, de la lectura, como un espacio de total libertad, incluso de rebeldía, de subversión contra el mundo. Hay muchas lecturas que uno hace por compromiso, pero trato de conservar un espacio en el que recupero esa pasión lectora, como meterse en una novela, una especie de obliteración del mundo y lo único que quería hacer era vivir en esas palabras, vivir en la voz de Virginia Woolf, vivir en la voz del que fuera. Trato de conservar ese espacio, pero es verdad que la vida te lo va reduciendo misteriosamente.
¿Qué lecturas nutrieron El ruido de las cosas al caer que nos narra la época de violencia de los años 80? ¿Eran lecturas sobre el tema o prefería otras?
Hay dos lecturas distintas que uno hace cuando está escribiendo una novela. Una es la lectura investigativa para escribir Historia secreta de Costaguana. Leí unos 50 libros sobre la separación de Panamá, las historias de las guerras civiles del 19. Hay novelas que necesitan menos documentación en ese sentido, como Las Reputaciones, que habla de un caricaturista político; sin embargo, leí testimonios, novelas.
Hay esa lectura que tiene un contenido práctico, y luego hay otra que es la diseñada para resolver problemas literarios. Creo que cuando un escritor habla de su tradición, generalmente está hablando de los libros que le ayudan a resolver un problema, escribir ficción sobre todo, también poesía, hay necesidad de resolver problemas técnicos, problemas de la construcción con palabras de algo que antes no estaba ahí, que es completamente nuevo y que tiene una cantidad de reglas que hay que descubrir. Eso lo enfrenta uno en cada página. Y son problemas que alguien ya ha tenido antes. Entonces, acumular una vida de lecturas es también tener una caja de herramientas en la que uno sabe dónde está el destornillador que le sirve para esto. Yo puedo encontrarme con un párrafo que tiene un defecto y saber que esto me lo va a solucionar un párrafo de El gran Gatsby de Fitzgerald que recuerdo haber leído. O tengo un diálogo que no está funcionando bien y recuerdo que, tal vez, si voy a Rayuela y leo un par de diálogos, eso me resuelva este problema que estoy tratando de solucionar. Esa es la razón por la que la biblioteca es tan importante para un novelista, ahí están los profesores que le van a dar a uno la solución para el problema que está viviendo.
Yo tengo una manía que es que cuando estoy escribiendo una novela, por razones muy misteriosas, hay un libro que generalmente es un clásico moderno, un libro importante, pero reciente del siglo XX. En El ruido de las cosas al caer eran dos: El gran Gatsby de Fitzgerald y La vida breve de Juan Carlos Onetti. Los alternaba, y la lectura de 20 minutos de esos libros por las mañanas me metía en un cierto ambiente una cierta música. Es otra ayuda que nos dan los libros, pero es muy abstracta. Eso no quiere decir que mi prosa comenzara a imitar la de Onetti o la de Fitzgerald, eso quería decir con una cierta música. Esto lo hablé alguna vez con Sadie Smith, que es una gran escritora que les recomiendo, que me decía que ella necesitaba estar rodeada de ciertos libros para controlar sus propias frases porque de repente empezaba a sentir que sus frases se volvían muy cortas, muy breves. Y entonces tenía que leer un poco de Proust para que se le alargaran las frases, y ahí ya empezaba a hacer frases “normales”, por una especie de compensación. A veces sentía lo contrario, que estaba escribiendo las frases dubitativas, incluso un poquito melosas, con adornos, y entonces leía Hemingway. Era como un antídoto, como un remedio que uno compra en la droguería, para eso está la biblioteca.
¿Cuáles son sus hábitos de lectura? ¿Lee en alguna hora específica, subraya los libros, lee en papel?
No hay hora específica, estoy con un libro siempre. No puedo salir de la casa sin uno, me siento desprotegido, como desvalido. Y en cuanto a lo otro sí tengo una relación muy fetichista con los libros. Me gustan de ciertas características, si puedo tener un libro que tenga una tapa dura, lo escogeré siempre. Yo puedo escoger un libro por criterios como la manera como el tipo de papel acepta el subrayado en lápiz, lo subrayo mucho, lo trabajo mucho, siempre con lápiz, y es muy importante para mí cómo se siente el contacto del carboncillo, del plomo, del lápiz con el papel. Empecé haciéndolo en mi juventud a los 20 años con resaltador y ahora eso me parece una herejía. Hay libros que no me gustan y que quisiera leer otra vez solamente para subrayarlos con lápiz y no con el resaltador de mi juventud.
Me gustan las primeras ediciones. Tengo ese problema, me gusta sentir que tengo un libro que tal vez su autor vio con sus propios ojos: una primera edición de alguien como Conrad o Hemingway, o una primera edición de Vargas Llosa o de García Márquez, estas cosas me importan. Tomo notas en la parte de atrás del libro, que después me ayudan a encontrar las referencias.
Tengo también esta costumbre de ver el libro como un objeto físico, en el cual yo me puedo ubicar geográficamente, lo que se pierde con el libro electrónico. De hecho, no me gusta leer libros electrónicos, aunque a veces no queda más remedio porque voy a dar clases a una universidad de otra ciudad, y tengo que, o bien usar libros electrónicos o bien cargar con tres maletas de libros para preparar las clases. Y como no voy a hacer lo segundo, recurro al libro electrónico. Los lectores saben de qué estoy hablando. Uno ve la proporción física en el libro, pasar la mitad, recordar, por ejemplo, que en la tercera parte pasó algo importante, eso significa la relación geográfica con el libro.
Esa relación me permite, por ejemplo, estar fuera de mi casa y pedirle a una de mis hijas que busque un libro en mi biblioteca, que está arreglada alfabéticamente, y que busque entre la página 100 y 200 en la parte de abajo, de una página derecha, un subrayado, que me lo encuentre y me lo lea.
Es algo íntimo subrayar el libro, hacer anotaciones. ¿Usted le presta a alguien tus libros con todas sus “huellas” de lector?
Yo no presto mis libros. En mi familia sí los presto, pero no pueden salir de la casa. Solo la gente que vive en mi casa sí puede leer mis libros, hijas privilegiadas. Es una experiencia muy bonita leer los subrayados de otra persona, te revela mucho, creo que te produce más preguntas que respuestas, pero sí es un acto de intimidad leer los subrayados ajenos y no presto los míos.
¿Piensa en sus lectores(as) cuando escribe? ¿Tiene un tipo de lector(a) ideal?
Sí lo hago. Creo que tiene más morbo, más misterio decir que no, pero yo pienso constantemente en un lector abstracto, que comparte mis preocupaciones y mis gustos; al que le interesa lo que a mí me interesa. Pienso en un lector al que le interesan ciertos temas, que tiene ciertos gustos. Y confío mucho en la capacidad de los libros para crear a ese lector. Uno lee la primera vez a Proust y le puede parecer que las frases son demasiado largas, que hay demasiadas páginas sin que pase realmente algo, que las reflexiones y las digresiones están durando demasiado; pero si uno tiene cierta sensibilidad y cierta comunicación con el libro (puede que no pase nunca porque los gustos son los gustos, pero puede que sí), puede que el libro lo vaya entrenando a uno, en apreciar una digresión, la frase larga, apreciar una mirada. Leemos también para mirar el mundo con ojos prestados y hay que dejarse llevar por eso.
¿Tiene alguna anécdota memorable de un encuentro con un lector(a)?
Me han regalado cosas raras. Un lector una vez me invitó a su casa en Moniquirá. No fui, entre otras cosas, porque en medio de la invitación y como argumento para convencerme, me dijo que había sembrado dos palmeras y les había puesto los nombres de mis hijas. ¡Ay, qué susto! Me generó cierta desconfianza.
¿Hay algún escritor de la historia del que le gustaría ser amigo? ¿De Shakespeare, por ejemplo?
Shakespeare es muy misterioso y no sabemos cómo era. Sí, me hubiera gustado conocerlo. Era una de esas personas que, a juzgar por lo que escribió, tenía una capacidad infinita para entender a los otros, capaz de escribir con tanta comprensión sobre jóvenes, gente mayor, hombres, mujeres, católicos, protestantes… Y a todos, de alguna manera misteriosa, los entiende. Esa capacidad siempre me ha gustado. A Cervantes lo conocemos más y tuvo que haber sido un tipo queridísimo. Borges decía que a Quevedo uno lo puede admirar, pero que de Cervantes podemos ser amigos. Quevedo era un tipo profundamente antipático, antisemita. Muchos en su generación, mucha gente genial del siglo de oro, no se libraron del pecado ni de la envidia. Entre ellos hubo maledicencia y puñaladas. Y los que más participaban de esto eran Quevedo y Lope de Vega. Cervantes era un tipo al que todo el mundo atacaba y él seguía por ahí, escribiendo sus cosas que nos cambiaron la vida a todos.
Me hubiera gustado conocer a Chéjov, el cuentista ruso, médico. Fue un tipo, por lo que uno alcanza a saber, de una generosidad enorme, una persona buena. Él podría haber sido una de esas personas con las que uno puede pasar tiempo. Dostoyevski estaba loco de atar, como una cabra, peligroso debió ser. Me habría entendido bien con Virginia Woolf, a pesar de que debió ser una mujer complicada. Pero su inteligencia, tan luminosa… todo lo que escribió brilla por una especie de mirada muy original sobre el mundo, al venir de un mundo tan conservador, el de las clases altas británicas de principio del siglo XX. Como ves, he pensado mucho en eso. Hay algunos de los que es fácil ser amigos y otros que admiro sin reservas, pero que no me hubiera gustado conocer.
Háblenos de su biblioteca, ¿cómo la organiza? ¿Es apegado a sus libros?
Yo viajo con mis libros y es una pesadilla. He cambiado de país totalmente, es decir, he cerrado una vida para empezar en otra parte, unas seis veces. Y cada vez la biblioteca ha ido creciendo, así que mi última mudanza en realidad fue para llevar libros y una mesa de comedor que nos gustaba mucho.
Recuerdo una conversación con Carlos Fuentes, que nadaba en la piscina del Hotel Santa Clara de un lado al otro a sus ochenta y pico de años, y le dije que estaba muy preocupado por mi próxima mudanza a Colombia y que no sabía qué hacer la biblioteca. Me dijo “espérame tantito, voy a pensar”. Y se fue nadando hasta el otro lado y volvió y me dijo: tienes que tener dos bibliotecas iguales. Y claro, imposible. Lo que sí te digo es que mi biblioteca es el lugar donde más cómodo me siento, donde está lo que necesito para escribir mis libros.
Está organizada alfabéticamente, después de haber intentado varias otras maneras. Probé dividirla por lenguas, por géneros; pero estos son complicados porque qué es un libro de Javier Cercas, ¿una novela, una crónica? Hay libros que no sabemos si son un ensayo o una novela, hay novelas en verso. Y si lo organizamos por lenguas o por la nacionalidad del autor, entonces cómo hacemos si hay autores que han escrito en más de una lengua. Beckett escribió en francés e inglés, Nabokov escribió libros en ruso y en inglés. Entonces, el orden alfabético es lo más práctico. Tiene un lado difícil, cada vez que mi amigo Héctor Abad publica un libro, me toca correr los otros cuatro mil libros y eso puede ser problemático.
Su obra es una mezcla de ficción histórica, memoria personal y reflexión política. ¿Por qué decidió escribir sobre la historia de nuestro país? ¿Y cómo es ese proceso creativo?
No es tanto que uno lo elija. Uno escribe sobre lo que lo inquieta, lo que genera una sensación de misterio o de algo más intenso que la curiosidad. En ese sentido, nuestros temas son más bien como demonios o fantasmas que nos piden algo. Hay historias fascinantes que no nos interesa escribir porque no responden a esos fantasmas. Tengo una relación con la historia colombiana que comienza con el hecho de que en mi familia hubo una figura política importante en los años 40 y crecí rodeado de versiones de la historia colombiana, de leyendas, de medias verdades. Por ejemplo, alrededor del asesinato de Gaitán hay teorías de la conspiración, falsedades o versiones interesadas. Y desde muy joven, tuve la idea de que la historia no era una cosa muerta que estaba en los libros del colegio, sino que eran fuerzas vivas que nos moldean. Lo que pasó el 9 de abril de 1948 en Bogotá afecta mi vida. Esa sensación del pasado como algo vivo, el pasado público como algo vivo a nivel privado, creo que responde a mi interés por el pasado. Luego eso se va volviendo un poco más sofisticado y va entendiendo uno que la ficción es una herramienta extraordinaria para entender esa especie de cruce de caminos donde lo público y lo privado se encuentran, donde la historia y la política se meten en nuestras vidas privadas y cambia nuestra manera de ser padres, hijos, pareja. Entender esos mecanismos se volvió mi obsesión y no he hecho otra cosa desde Los informantes. Mis libros tratan de usar la ficción para ir a un momento de nuestro pasado colectivo y entender el juego entre lo público y lo privado, la manera como esas fuerzas de la historia, de la política, las fuerzas sociales, las fuerzas de lo público nos afectan nuestras vidas privadas, las moldean. Eso he hecho siempre y se debe a esa relación que tuve desde niño con el pasado colombiano, como algo que estaba vivo y no disecado.
¿Cree que la novela histórica debe ser más fiel a los hechos documentados o a las emociones humanas de la época que retrata?
Hermann Broch, novelista austríaco, autor de La muerte de Virgilio, una novela maravillosa, decía que la única razón de ser de la novela es decir lo que solo la novela puede decir. No escribimos novelas sobre la revolución francesa para contar lo que ya cuenta un libro de historia sobre la revolución francesa, las escribimos para saber otras cosas que no están en los libros de historia. En Cien años de soledad hay un capítulo sobre la masacre de las bananeras que es uno de los grandes capítulos y no cuenta la verdad histórica, cuenta otro tipo de verdad. Y si queremos saber exactamente qué ocurrió en la masacre de las bananeras, vamos a otras fuentes.
Pero también las versiones históricas están distorsionadas, incompletas o son mentirosas. Vamos a la ficción que de alguna manera nos cuenta lo que la historia está callando o disimulando, sobre todo cuando se trata de sociedades autoritarias. Cuanto más se acerca al totalitarismo una sociedad, más esfuerzos hace por imponer una versión del pasado que está adulterada por intereses políticos y ahí la literatura siempre ha entrado para contar ese pasado de otra manera, a decir lo que la historia está callando. Por eso en estas sociedades los novelistas son perseguidos y los poetas también, porque están contando otra conversación.
En eso que llamamos novela histórica hay un abanico muy grande de posibilidades. De hecho, la novela histórica más convencional nunca me ha interesado. Esa novela que lo investiga todo sobre la revolución francesa y nos cuenta exactamente lo mismo que cuenta un libro de historia, pero poniendo a los personajes a hablar o diciendo que entonces de repente María Antonieta pensó “me van a decapitar, qué miedo”. No, a mí me interesa la novela que nos permite tener lo que Nathaniel Hawthorne, novelista norteamericano, llamaba “sensación de estar en casa en el pasado”; es decir, nos permite sentir lo que era vivir durante las guerras napoleónicas en Guerra y paz o nos permite sentir lo que era ser el emperador Adriano en Memoria de Adriano.
También hay otras cosas que hace la ficción, como tomarse libertades con la historia, con la cronología, por ejemplo, que se toma Tolstói en “Guerra y paz”. Los historiadores le reclamaron, lo condenaron por distorsión, por cambiar la historia conocida. Él escribió un ensayo muy interesante, que dedicó a defenderse de esos ataques, cuestionó las fuentes de la historia. Explicó que, cuando ocurre una batalla, los soldados que participaron salen todos a contar su versión de lo que pasó. Eso crea una cantidad de versiones caóticas, contradictorias, pasadas por las emociones, por el miedo, por el heroísmo, por lo que se imaginen. Y las versiones son desordenadas y confusas y contradictorias después de dos días esas versiones confusas y desordenadas y contradictorias se condensan en la versión del capitán del regimiento y esa versión se une a la de otros capitanes y se la pasan al ministro de guerra y esa es la versión que luego llega a los periódicos y a los libros de historia. Las novelas, dice Tolstói, van al soldado, oyen la versión del soldado y la cuentan; le dan un espacio a esa versión original, caótica, desordenada, de la persona que estuvo allí, antes de que esa versión se edulcore y se convierta en la versión oficial. Entonces, las fuentes de la historia y de la novela son distintas, por lo tanto, es inevitable que sean diferentes en lo que cuentan.
Aunque ya abordó un poco el tema. ¿Quisiera decir algo más sobre la posibilidad de que la literatura pueda cambiar la percepción que tenemos sobre la historia?
La literatura puede cambiar muy pocas cosas, no puede cambiar el mundo, por ejemplo, pero sí nuestra percepción del mundo individual y eso, puede que ocasione otros cambios. Es un proceso muy lento, pero sí creo que puede cambiar nuestra percepción de la historia y esa es la razón por la que las autoridades se sienten amenazadas por los novelistas, porque la versión de un novelista puede contradecir la versión oficial, la versión que quieren imponer. Eso hace que los dictadores, las religiones se sientan amenazadas. Cuando a Salman Rushdie lo condenaron a muerte fue sencillamente por contar una versión de la historia del Islam que contradecía la historia oficial. Esas novelas se vuelven muy peligrosas porque pueden hacer que uno mire su pasado de manera distinta y esa es su gran virtud.
¿Qué ha aprendido de la historia? ¿Estamos condenados a repetirla?
Que se aprende primero que todo, esa es la lección más importante. La historia es un cuento que alguien cuenta; es decir, el pasado por definición ya no está ahí. Hay una novela inglesa que comienza con una frase fantástica que dice “el pasado es un lugar extranjero”, allí las cosas se hacen distinto, pero no es verdad, el pasado no es un lugar al que podamos ir, el pasado es un estado mental y tiene esa característica extrañísima de que solo existe cuando lo contamos. El pasado no existe, no está en ninguna parte y esa es la razón por la que tienen tanta responsabilidad los que lo cuentan: periodistas, historiadores, novelistas… y tenemos responsabilidad los ciudadanos porque tenemos que escoger el relato que nos guste y por eso el poder político está constantemente tratando de controlar el relato que se cuente sobre el pasado.
El 9 de abril a la 1 de la tarde mataron a Gaitán y sabemos esto. Sí, nos hemos puesto de acuerdo. Pero si mañana una persona con el poder suficiente, un dictador, por ejemplo, llegara a decir: “señoras y señores, no es verdad, Gaitán no está muerto”, o “a Gaitán lo mataron los venezolanos y vamos a entrar en guerra por eso”, es perfectamente posible. Es decir, Donald Trump hoy está diciendo que el 6 de enero no hubo violencia en Estados Unidos, que es una mentira de la izquierda radical y un periodista de Fox lo dijo y sacó imágenes del 6 de enero en las que no pasaba nada. Las imágenes de los actos de violencia, de las agresiones, de los disparos, de los seis muertos, no las escogió; escogió las otras y dijo, esto es la verdad, lo que nos han contado sobre la violencia del 6 de enero es una fabricación, es mentira. ¿Y cómo le dices que no? Es decir, es un relato al que es difícil responder. Si la gente quiere creer en eso, creerá en eso y la gente ha creído en eso y por eso Donald Trump pudo declarar la amnistía de los presos violentos del 6 de enero.
Es decir, siempre se puede manipular el pasado. Hay gente hoy que cree que el holocausto no sucedió y hay batallas legales y las han ganado los que tienen las pruebas de que sí sucedió. Pero conforme vaya pasando el tiempo y vayan muriendo los testigos, va a ser más fácil imponer una mentira sobre un cierto pasado.
¿Qué le diría a los lectores de Tinta sobre esta novela “La medición del mundo” que eligió?
Es una novela que parece hecha de pequeñas aventuras, de pequeñas anécdotas, con muchísimo humor, para morirse de la risa. Espero que estén de acuerdo y que no esté yo riéndome solo. Es graciosísima y es una novela que rompe con las convenciones de la novela histórica. Hace anacronismos, comete errores muy a conciencia, inventa de personajes históricos que son conocidos y de los que se han escrito 700 biografías, inventa datos mentirosos, simplemente para apropiarse de ellos con las herramientas de la ficción y ponerlos a decir algo que sus biografías no dicen.
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