Desde una visión astrológica, el Sol de Federico García Lorca cayó en Géminis, en la casa IV –la de las raíces, el hogar, la familia de origen y la base emocional–. Si vamos a creer en astros vigilantes e influyentes, como los dioses griegos de antaño, Hermes quiso entonces que García Lorca fuera el poeta del terruño, de la Vega de Granada, de la casa familiar, de la infancia como manantial de su obra. Hermes quiso que García Lorca fuera el poeta de la copla y del romancero, el que sacó su universo del pueblo que tanto amó, en el que se sintió seguro y del que sacó su fuerza y su identidad. “Amo a la tierra. Me siento ligado a ella en todas mis emociones. Mis más lejanos recuerdos de niño tienen sabor de tierra. Los bichos de la tierra, los animales, las gentes campesinas, tienen sugestiones que llegan a muy pocos. Yo las capto ahora con el mismo espíritu de mis años infantiles. De lo contrario, no hubiera podido escribir Bodas de sangre”. De hecho, cuando su familia se trasladó del campo a la ciudad, escribió un ensayo autobiográfico en el que evocaba Fuente Vaqueros, “aquel pueblecito muy callado y oloroso”, de la Vega de Granada.
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“Cuando se hundieron las formas puras
bajo el cri cri de las margaritas,
comprendí que me habían asesinado.”
Pero convertirse en “señorito de ciudad” fue lo que lo llevó a abrir sus horizontes y despertar su vocación como escritor. Sus viajes a Baeza, Úbeda, Córdoba y Ronda, a Castilla, León, Galicia y Burgos fueron el impulso para que escribiera “Impresiones y paisajes”, en el que discurrió sobre temas políticos –la decadencia y el porvenir de España, sus inquietudes religiosas, la vida monacal– y sus intereses estéticos, como eran el canto gregoriano, la escultura renacentista y barroca, los jardines o la canción popular. La Venus de la belleza y el amor en Cáncer, en su casa V, la de la creatividad y el placer, hizo de García Lorca el amante del arte, la creación y el deseo.
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En 1919, Federico entró a hacer parte de “El Rinconcillo”, en palabras de su director, un “hogar espiritual donde se fragü[aba] y depur[aba], en corazones jóvenes, el sentimiento profundo de amor a la España que se está haciendo, a la que dentro de poco tendremos que hacer con nuestras manos”. Allí, maduró su visión de la responsabilidad del artista frente a la sociedad, reforzó su amor por la cultura y, en especial, le dio la oportunidad para conocer a Pepín Bello y a Luis Buñuel, a Salvador Dalí y a Rafael Alberti, a Eduardo Marquina y a Vicente Huidobro, a Gregorio Martínez Sierra y a Juan Ramón Jiménez. Todos aquellos portentos fueron el Júpiter de la expansión, la maestría y la buena fortuna para García Lorca. Si vamos a creer en el Júpiter que cayó en su casa VII, este hizo que el poeta se asociara con otros para definirse en espejo. La fortuna de Lorca no llegó en soledad, sino multiplicada por los otros.
“El Rinconcillo”, después la Residencia de Estudiantes y eventualmente la generación del 27 entera expandieron su talento, se lo devolvieron amplificado y lo hicieron madurar. “Su poeta vino y me hizo una excelentísima impresión”, le escribió Juan Ramón Jiménez a Fernando de los Ríos en 1919; “me parece que tiene un gran temperamento y la virtud esencial, a mi juicio, en arte: entusiasmo”. En 1925, desde la Residencia de Estudiantes, Federico anunció a sus padres que había recibido una invitación para pasar la Semana Santa en Cadaqués con su amigo Salvador Dalí. Su amistad hizo que Dalí tuviera una época lorquiana, y que Federico tuviera, a su vez, una época daliliana en su obra.
“Recorrieron los cafés y los cementerios y las iglesias,
abrieron los toneles y los armarios,
destrozaron tres esqueletos para arrancar sus dientes de oro”.
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Pero al éxito le siguió una crisis sentimental. “Una de las crisis más hondas de mi vida”, escribió en 1928. “Estoy convaleciente de una gran batalla y necesito poner en orden mi corazón. Ahora solo siento una grandísima inquietud. Es una inquietud de vivir, que parece que mañana me van a quitar la vida.” Tal crisis se agravó cuando recibió una durísima carta de Dalí sobre el “Romancero gitano” en la que argüía que gran parte de la obra estaba “ligada en absoluto a las normas de la poesía antigua, incapaz de emocionarnos”, y que el libro pecaba de costumbrismo y “moviéndose dentro de la ilustración y de los lugares comunes más estereotipados y más conformistas”.
Sin embargo, Nueva York le dio un nuevo horizonte. Esta ciudad fue su primer encuentro con la diversidad religiosa y racial; su primer contacto con las grandes masas urbanas y con un mundo mecanizado. Casi podría decirse que su viaje a Nueva York representó su descubrimiento de la modernidad. Si bien se sintió deprimido y aislado, cosa que se vio reflejada en sus poemas, también se maravilló de una ciudad frenética. Luego, en La Habana, regresó a la América de las raíces, la América española, donde también regresó a sí mismo y, finalmente, en Buenos Aires, alcanzó la fama dirigiendo no solo “Bodas de sangre”, sino también “Mariana Pineda”, “La zapatera prodigiosa”, el “Retablillo de don Cristóbal” y una adaptación de “La dama boba”, de Lope de Vega. Un periodista de aquella época aludió a “García Lorca en la terraza”. García Lorca en el piano. García Lorca entre telones. García Lorca en una peña. García Lorca recitando. García Lorca poniéndose la corbata. García Lorca aprendiendo a cebar mate. García Lorca firmando una foto. Y a todo esto, en medio de todo esto, como consecuencia fisiológica de todo esto, García Lorca mirándose las manos, golpeándose la frente, escondiéndose por aquí, huyendo por allá, sin saber el pobre muchacho qué hacer ni dónde meterse para esquivar los golpes del asalto del periodista, del fotógrafo, del dibujante, del empresario, del admirado.”
“Ya no me encontraron.
¿No me encontraron?”
Aquella crisis, seguida de un aislamiento que también fue maravilla, quizás fue la luna que los griegos imaginaron como una bella y pálida dama que surca el cielo en un carro jalado por caballos. Cuando nació Federico, aquella diosa pasaba la frontera entre, por un lado, el entusiasmo, la expansión, la fe y la necesidad de horizonte de Sagitario, y por otro, la contención, la disciplina, la seriedad y la conciencia del tiempo de Capricornio. El alma de García Lorca se debatía entre el fuego expansivo del que cree en un horizonte y la gravedad melancólica del que presiente su límite, la tierra y el final. “Por las ramas del laurel /vi dos palomas oscuras. /La una era el sol/ la otra la luna. /“Vecinita”, les dije, /¿dónde está mi sepultura?”. Oh sí, García Lorca siempre fue consciente de su muerte. “Quiero dormir el sueño de las manzanas, /alejarme del tumulto de los cementerios. /Quiero dormir el sueño de aquel niño /que quería cortarse el corazón en alta mar”. La muerte fue su gran tema literario, como si hubiera querido reflejar intencionadamente aquel Neptuno dueño de lo onírico, poético y simbólico, así como de lo brumoso y trágico, que pareciera coger de la mano a su Sol de lo cerca que estuvieron. Como si Plutón se hubiera levantado del Hades sobre el que reina para perseguir por siempre a aquel Sol ya agobiado de tantos dioses alrededor. La identidad, lo onírico y el representante perfecto de la muerte en una conjunción que contuvo la esencia de Federico García Lorca hasta el día de su muerte, aquel 18 de agosto de 1936.
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Fue fusilado en un paraje entre los pueblos de Víznar y Alfacar en la provincia de Granada, durante el inicio de la guerra civil española. Detenido bajo acusaciones políticas sin sentido, como ser espía de los rusos y masón, y por su homosexualidad, fue conducido a una prisión improvisada. Lo mataron junto al maestro republicano Dióscoro Galindo y dos banderilleros anarquistas y su cuerpo fue arrojado a una fosa común. Su cuerpo nunca se encontró luego.
“No. No me encontraron.
Pero se supo que la sexta luna huyó torrente arriba,
y que el mar recordó ¡de pronto!
los nombres de todos sus ahogados.”
En efecto, el cielo tuvo al Sol de la identidad de García Lorca, y a Neptuno y Plutón junto a él, como una sombría predicción de cómo el poeta de la Vega de Granada soñaría su propia muerte, como solo los elegidos por los dioses pueden hacerlo.
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