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Fernanda Trías habla de la memoria y el dolor que perdura en su libro “Miembro fantasma”

En esta antología de cuentos, la autora uruguaya reflexiona sobre los dolores que persisten, a pesar de que pensemos que hace mucho debieron haberse ido.

Santiago Gómez Cubillos

22 de julio de 2026 - 08:00 a. m.
Fernanda Trías también es conocida por novelas como "El monte de las furias" y "Mugre rosa". Por este último recibió el Premio Nacional de Literatura (Uruguay, 2020).
Foto: Fernanda Montoro
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Hablemos de la idea del “miembro fantasma”, porque no solo le da título a este libro y a uno de los cuentos, sino que funciona como un concepto que atraviesa a cada uno...

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En “Miembro fantasma”, uno de los personajes siente su pie amputado. Dice el cuento: “Los médicos tienen un nombre para eso, ¿sabe? Miembro fantasma. Es como un engaño del cerebro, imagínese, una red de nervios que sigue enviando señales de algo que ya no existe”. Me pareció que esa imagen era muy poderosa, porque aunaba muchos de los relatos, si no todos, que tenía escritos durante esa época.

La idea iba mucho más allá del síndrome concreto y de este personaje y se vinculaba, en términos simbólicos o metafóricos, con una experiencia que todos hemos vivido de alguna manera: la del cerebro resistiéndose a la pérdida, aferrado a una imagen de cómo eran las cosas en otro momento que ya no existe.

Me di cuenta de que estaba trabajando mucho bajo ese concepto porque en todos mis libros, de una u otra forma, había abordado la pérdida, la ausencia, la memoria y todo eso puede entenderse como un miembro fantasma. Uno podría recordar algo y decir: “Bueno, eso ya quedó en el pasado”. Pero todos sabemos que muchas cosas no quedan en el pasado y que regresan también como un fantasma. A partir de eso, tuve claridad para agrupar estas historias.

Estos cuentos se detienen mucho en lo físico: en la descripción de sensaciones, de texturas, de dolores. ¿Cómo es para usted escribir con ese enfoque?

Yo soy una escritora muy sensorial, es algo que está en mi naturaleza. Desde mi primera novela, siempre he construido las escenas, los personajes y el mundo de ficción desde los cinco sentidos. Es algo de lo que hablo bastante con mis estudiantes en los talleres: la experiencia, tanto del lector como del autor, no solo pasa por la vista, sino que los otros sentidos son igual de importantes.

En mi literatura no lo hago de manera calculada, es simplemente mi manera de escribir, porque es también mi manera de estar en el mundo. Las personas que me conocen de cerca saben que soy hipersensible a todos los estímulos. Hay otras literaturas, sin duda muy interesantes, que son más abstractas, más cerebrales, que parten de la razón y del pensamiento. A mí me interesa lo contrario: que las historias primero pasen por el cuerpo y luego lleguen al pensamiento.

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Para tocar algunos de los cuentos en específico, hablemos de “Ciclón”, que reflexiona sobre la memoria. ¿Por qué escogió ese tema y cómo fue la escritura de ese texto?

En ese cuento se siente sobre todo la idea de la memoria como un miembro fantasma, porque es un cuento que trata sobre lo poco fiable que puede ser. Aquí no hay una realidad concreta, sino una interpretación de los hechos vividos y e incluso una constante reedición de ellos.

Entonces, este es un cuento de una mujer que se reencuentra después de toda una vida con quien había sido su mejor amiga de la infancia. Ella había elegido una vida convencional: se casó, tuvo hijos, nietos... hizo una vida como se esperaba de ella. Mientras que su amiga se convirtió en escritora y se hizo conocida cuando publicó un libro autobiográfico donde contaba una experiencia erótica que había tenido con otra niña. Ahí lo que me interesaba era ver cómo dialogaban esas dos memorias. ¿Cuál es la real? Hay una que se impone porque tiene un relato público, pero justamente por eso la protagonista siente que le han tratado de forzar una vivencia que no es suya. Me interesaba complejizar esa porosidad de la memoria que, de nuevo, aquí vemos como un miembro fantasma que insiste, que molesta, que duele. Y, sobre todo, del que no hay una respuesta porque nadie puede certificar qué fue lo que pasó 50 años antes.

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En ese sentido, ¿cómo interpreta la idea de “verdad” en el resto de su literatura?

Creo que he llegado a pensar mucho en ella tal vez por la enorme crisis de la posverdad que estamos viviendo. Por ejemplo, hay un cuento, En el bosque, del escritor japonés Ryūnosuke Akutagawa, que trata justamente de eso. Es el relato de un crimen construido a partir de actas y testimonios policiales que no encajan. Uno va leyendo y cree que al final va a resolver el misterio, como pasa con los cuentos policiales, pero no es así y el cuento termina abierto. Eso muestra lo fascinante que puede ser el tema de la memoria, que me obsesiona tanto.

En mi novela Mugre rosa también es un elemento fundamental, sobre todo en relación con cómo recordamos en contextos de catástrofe. No podemos dejar de lado que todo testigo es un ser humano atravesado por su experiencia, su incapacidad de recordar de manera inequívoca y por todo lo que ha vivido.

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O también me interesa mucho la negación, entonces he escrito personajes que no pueden enfrentar su propia realidad: una madre que hubiese preferido otra vida, por ejemplo. Me interesa trabajar con personajes que aún no se han permitido mirar de frente su deseo, su oscuridad, su anhelo, su propia vida, y que están en ese punto en el que tal vez sí lo hagan. Todo eso me parece más interesante que simplemente tratar de encontrar una sola verdad.

Esto último es algo que se ve en “El orador”, la idea de que la crisis nos cambia, pero si no llega, puede que nunca podamos romper un ciclo.

Exacto. Ese cuento se terminó llamando El orador, porque todo ocurría a partir de lo que ese personaje decía. Durante un tiempo se llamó Mi fondo, porque justamente la idea de “fondo” era fundamental. Hasta no llegar a un fondo específico, no hay transformación.

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El tema es: ¿qué fondo necesita cada uno de nosotros? ¿cuán violento y doloroso tiene que ser ese fondo para realmente decir “hasta acá”? En el cuento, el orador relata un fondo, y la protagonista supuestamente está en uno, pero no alcanza, no es suficiente.

Es un fondo donde no parece haber demasiado conflicto visible. Sin embargo, lo que queda latiendo es qué cosas van a ser necesarias para que esta mujer llegue verdaderamente a su fondo. No lo sabemos: eso queda fuera del cuento. Pero evidentemente no va a ser esta vez.

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¿Prefiere que sean sus lectores quienes terminen cada cuento?

Para mí, ese es el cuento que más me interesa. El orador en cierto sentido sí está resuelto: sabemos que esta mujer no se va a recuperar y va a seguir tomando. Ese es el final. Ahora, lo que a mí me encanta de los cuentos de personaje es que dejan al lector escribiendo el resto de esa vida. ¿Algún día le pasará algo más extremo?, ¿recordará a este orador?, ¿habrá un quiebre más adelante? El cuento no lo dice y ahí es donde aparece algo que me fascina como escritora: la idea de las incontables vidas posibles.

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Pensar en la cantidad de caminos que puede tomar una vida es inagotable, realmente inagotable. Y, para mí, los cuentos son justamente eso: una puerta hacia esas múltiples vidas que podrían ser.

En el cuento “Miembro fantasma” también se toca el tema de la dictadura, a pesar de que, cuando eso pasó, usted era muy joven. ¿Cómo fue revivir esa memoria colectiva a través de este cuento?

Fue bastante difícil. Ese cuento me costó mucho porque llevaba muchos años queriendo escribir algo que tuviera que ver con mi experiencia de la dictadura, que fue muy específica. Yo la viví sólo durante mis primeros ocho o diez años y, en parte, no sabía qué estaba pasando, aunque también por ratos tenía la intuición de que era algo muy violento y malévolo.

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¿Cómo podía contar eso eso? Di muchas vueltas, hasta que finalmente encontré esta forma de dos hombres hablando en un bar, un clásico del cuento, y la utilicé para poner mis recuerdos de infancia. Agregué una trama familiar y de venganza, pero todos los personajes salieron de los de mi propio barrio. Ese era mi mundo. Y sí, pasaron cosas: hubo alguien que desapareció, alguien a quien dejamos de ver.

Más allá de la trama, este cuento me permitió ver algo fundamental: que el dolor colectivo de la dictadura también es un “miembro fantasma”. Es un dolor que no se ha sanado, una herida que no se ha cerrado. En Uruguay hubo un plebiscito que derivó en una amnistía, y eso implicó que no se juzgara a los responsables de los crímenes de la dictadura. Entonces la herida quedó abierta, porque no hubo un proceso de reparación. Algo similar ocurre en otros lugares, como en España con la Guerra Civil, o incluso aquí en Colombia con el conflicto armado. Son dolores que siguen presentes en el tejido social y que impiden pasar página.

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¿Qué ha aprendido usted a través de la escritura de ficción?

La escritura me ha permitido tratar de entender el misterio de la personalidad. ¿Por qué cada persona es como es? ¿Qué tuvo que vivir para convertirse en quien es? ¿Y cómo eso determina todas sus decisiones a partir de ahí? Soy quien soy por haber nacido en determinado lugar, en determinado contexto y en determinado momento. Es decir, hay una sensación de límite, porque no puedo ser alguien más. Como decía Jean-Paul Sartre, “un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”.

Y lo que he descubierto a través de la escritura es que todos estamos hechos de contradicciones. No creo en personajes completamente buenos o completamente malos. Incluso las personas más tiernas pueden ser crueles con quienes aman y el más grande de los psicópatas puede ser bueno con los gatos. Esa mezcla de contradicciones es lo que nos define y explorar esa gama de grises es lo que me interesa. Quiero acercarme lo más posible a cómo somos realmente las personas fuera de los libros.

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Por Santiago Gómez Cubillos

Periodista apasionado por los libros y la música. En El Magazín Cultural se especializa en el manejo de temas sobre literatura.@SantiagoGomez98sgomez@elespectador.com
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