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“Los pueblos más fuertes son los que han aprendido a comprender su memoria”

El autor español, que a su vez ha sido en los últimos años un gestor cultural en Colombia, publicó “Diario a destiempo” (Icono), una historia de la posguerra atravesada por temas como el amor, el silencio y el suicidio.

Andrés Osorio Guillott

26 de julio de 2026 - 07:07 p. m.
Fernando Vicario trabajó en OEI Colombia como asesor para los programas de cultura.
Foto: Encuentros Iberoamericanos de productores escénicos.
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Fernando Vicario llevaba muchos años queriendo escribir una novela. Su trabajo en la gestión cultural siempre le había impedido dedicarle el tiempo que exige un proyecto de esa naturaleza. Cuando por fin pudo hacerlo, la historia comenzó a aparecer lentamente alrededor de un personaje obligado a mentir para sobrevivir después de perder una guerra. Así nació Enzo, el protagonista de su más reciente novela, un hombre que no puede regresar al lugar al que pertenece y que descubre que la única forma de seguir viviendo consiste en ocultar quién es realmente.

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“Era la situación de muchísima gente en la Europa posterior a la Guerra Civil española”, explica el escritor. La idea también estaba atravesada por una memoria familiar. Su padre combatió tanto en la Guerra Civil española como en la Segunda Guerra Mundial, aunque en casa hablaba poco de esas experiencias. “Siempre decía: ‘De la guerra no se habla, hijo. La guerra solo se sufre y después se calla’”. Esa frase quedó instalada en la memoria de Vicario y terminó convirtiéndose, muchos años después, en uno de los motores de la novela.

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La historia fue creciendo sin un plan completamente definido. Primero apareció Enzo. Después llegaron Pilar, don Andrés, el universo de la tauromaquia y, finalmente, la Segunda Guerra Mundial. Para el autor, una de las grandes revelaciones de la escritura consiste precisamente en descubrir que los personajes terminan emancipándose de quien los crea.

“Van adquiriendo vida propia y son ellos mismos quienes empiezan a contarle cosas al autor. Posiblemente esas cosas ya estaban dentro de uno, pero no sabía que existían. Cuando les das rienda suelta, adquieren personalidad e identidad y terminan construyendo su propio mundo”.

Entre esos personajes y escenarios aparece uno que podría resultar inesperado: la tauromaquia. Aunque ocupa un lugar determinante dentro de la historia, Vicario confiesa que personalmente rechaza ese universo.

“Soy un enemigo absoluto de la llamada ‘fiesta nacional española’. Me parece una salvajada”, afirma.

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Precisamente por eso decidió convertirla en un eje narrativo. Quería comprobar si era capaz de escribir sobre aquello que le produce rechazo. “Escribir sobre lo que a uno le gusta es relativamente fácil; escribir sobre lo que no le gusta es mucho más difícil. Elegí los toros y los nazis”.

La novela incorpora un episodio histórico real: la visita a España de un delegado de Adolf Hitler, recibido con una corrida de toros. Lo que más sorprendió al escritor fue descubrir que aquel alto funcionario nazi contempló el espectáculo con auténtica repulsión.

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“Esa contradicción me impresionó profundamente: alguien que dirigía campos de concentración escandalizado por la violencia de una corrida de toros”.

Vicario encontró esa historia en la hemeroteca de ABC y la convirtió en una puerta de entrada para que Enzo se acercara al mundo taurino. Allí encontró también otro elemento que le interesaba narrar: las relaciones entre la tauromaquia, el franquismo y determinadas estructuras de poder. Muchos presidentes de las corridas eran comisarios de policía y alrededor de ese universo gravitaban personajes vinculados al aparato represivo del régimen. “No era un mundo que me gustara, pero precisamente por eso sentí que debía contarlo con rigor para que encajara dentro de la historia”.

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Para hablar de Enzo también hay que hablar de los otros personajes. ¿Cómo fue construyéndolos? Me interesan especialmente don Andrés y, después, Pilar.

Don Andrés también pierde la guerra. También tiene que mentir y fingir frente a sus vecinos para sobrevivir. Hay que recordar que los “paseíllos” que hacían las tropas nacionales con los republicanos eran prácticamente diarios: sacaban a la gente de sus casas y la fusilaban. Además, España se convirtió en un país de delatores. Bastaba con que alguien señalara a otro como republicano para que terminara detenido. Don Andrés logra escapar y unirse a la resistencia francesa. Cuando vuelve a encontrarse con Enzo, ambos descubren que conocen la verdadera identidad del otro. Los dos siguen luchando por aquello en lo que creen, pero saben que solo pueden sobrevivir gracias a la mentira. Esa complicidad nace precisamente de compartir una verdad que no pueden hacer pública.

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Con Pilar ocurrió algo distinto. Yo pensaba que, después de todo lo que había vivido, terminaría llevando una vida tranquila. Pero el personaje tomó otro camino. Así apareció Néstor. Pilar no está con él porque se enamore, sino porque no quiere seguir siendo cómplice de la mentira en la que vive con Enzo.

Enzo cree que ella quiere una vida estable, cuando en realidad desea seguir luchando por la libertad. Había sufrido demasiado y no estaba dispuesta a volver a someterse. Lo más fascinante fue descubrir que Pilar empezó a contarme quién era. Al final, la novela termina siendo el diario que ella misma escribe.

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Hay una frase que dice: “He descubierto que el peor caldo de cultivo para que crezca una relación es el silencio”. ¿Qué representa el silencio en la novela?

El silencio aparece porque Enzo y Pilar terminan siendo cómplices de su propia mentira. Los dos creen saber lo que el otro quiere, pero nunca se lo preguntan. Eso ocurre con mucha frecuencia en las relaciones de pareja: damos por sentado lo que el otro necesita y organizamos nuestra vida alrededor de esa idea sin comprobar si es cierta.

Enzo piensa que Pilar quiere una vida tranquila; Pilar nunca se atreve a decirle que lo que realmente desea es seguir luchando junto a él por la libertad. Ese silencio comienza incluso antes de que sean pareja y termina creciendo hasta romper la relación.

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Para mí, el silencio que más destruye una relación es el de aquello que nunca nos atrevemos a decir. La ausencia de una comunicación auténtica. Esa idea también dialoga con una frase que escuché toda mi vida de mi padre, quien combatió en la Guerra Civil española y en la Segunda Guerra Mundial: “De la guerra no se habla; la guerra solo se sufre y después se calla”. Esa forma de callar termina atravesando toda la novela.

Y, por supuesto, hablar de la relación entre Pilar y Enzo es hablar del amor. Incluso hay una parte en la que dice: “Pilar era el amor y hasta el amor podía ser falso a los casi 27 años”. Es un amor muy poderoso y muy relevante para Enzo, pero también profundamente frustrante. Hablemos un poco de esa exploración del amor que hace en el libro.

Yo creo que el amor a los 20, a los 25 o a los 30 años es de una importancia vital. Además, es una función biológica. Como bien sabes, la naturaleza nos dota de ella para que el proceso de reproducción sea más fácil. Queremos vivir, cuidar a nuestros hijos, formar familias, y todas nuestras hormonas están preparadas para ello.

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Ese proceso biológico termina convirtiéndose también en un proceso emocional. El amor es capaz de modificar completamente nuestra vida.

Yo puedo decirte que a esa edad me enamoré como una fiera de una mujer por la que hubiera hecho lo imposible. Lo posible casi todo lo hice y no me salió bien. Así que el amor fue muy fuerte en mi vida.

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Sin embargo, a ese amor casi nunca le sumamos la comunicación, una comunicación real y veraz. Cuando al amor le sumas el tiempo y la comunicación nacen esas relaciones estables que duran muchos años y en las que, aunque a veces el enamoramiento desaparezca, aparece una amistad tan profunda, tan seria y tan verdadera con aquella persona a la que amaste.

Eso no ocurre en la relación entre Enzo y Pilar, porque termina imponiéndose la incomunicación. Ese modelo de amor acaba siendo falso porque no está sostenido sobre la realidad. Y la realidad siempre se construye contándose la verdad el uno al otro.

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Hablemos ahora del título del libro y de la importancia que tienen las cartas y ese diario escrito a destiempo. ¿Por qué decidió contar la historia a través de ese recurso?

Porque le confieso que soy un nostálgico absoluto de las cartas. Todavía tengo una maleta llena de cartas de antiguas novias, escritas a mano. También conservo algunas que yo les escribí y que nunca llegué a enviar.

Yo amaba esperar una carta. Amaba abrir el buzón y encontrar un sobre con su sello y su matasellos. Como viajaba mucho, para mí una carta era la prueba de que alguien había dedicado tiempo exclusivamente a estar contigo.

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Una de las cosas más peligrosas que están ocurriendo hoy son los WhatsApp y los correos electrónicos. Hay una idea de la que hablábamos hace tiempo y que me obsesiona: el tiempo de las máquinas no es el tiempo de lo humano.

Lo humano necesita lentitud, tranquilidad, sosiego. Necesita mirarse a los ojos, tomarse de las manos, echar de menos la piel, añorar los besos. Todo eso no sucede ni por WhatsApp ni por correo electrónico. Las cartas sí traían todo eso consigo.

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Para mí han sido fundamentales libros como la correspondencia entre Sartre y Simone de Beauvoir, o la relación epistolar entre Lacan y algunos de sus interlocutores. Toda esa tradición me parece maravillosa. Me da mucha pena que prácticamente haya desaparecido. Ya no conozco enamorados que se escriban cartas para contarse las cosas.

Quería recuperar ese tiempo que uno dedicaba a escribir para la otra persona y el tiempo que dedicaba a esperar la respuesta. Hoy todo llega de inmediato.

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Cuando una respuesta llega tan rápido, muchas veces uno ya tiene imaginada la contestación antes de leerla. En cambio, cuando hay espera, uno termina leyendo realmente lo que el otro quiso decir.

¿Qué papel cumple la memoria dentro de esta novela?

La primera versión de la novela era completamente lineal. Empezaba en una fecha y terminaba treinta años después. Cuando la terminé de leer, me aburrí.

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Entonces entendí que nosotros no vivimos de manera lineal. Construimos nuestra vida a partir de los recuerdos. Conforme uno envejece, vive cada vez más acompañado de la memoria.

Por eso dicen que los viejos somos “abuelos batallitas”: porque, cuando el cuerpo ya no puede hacer las cosas con la intensidad de antes, acudimos a aquello que nos construyó. Por eso decidí escribir una novela hecha de recuerdos.

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Además, esos recuerdos están profundamente relacionados con el cuerpo. La memoria aparece cuando el personaje apoya los pies en un lugar, las manos en otro, cuando siente el espacio de la celda. Nos construimos como un cuerpo lleno de memoria.

Yo creo que no seríamos absolutamente nada sin ella. Ni como individuos, ni como pueblos, ni como comunidades. Una de las cosas que más me ha maravillado de los pueblos indígenas latinoamericanos es precisamente su capacidad para extraer fuerza de su memoria. Gracias a ella han logrado resistir a todo aquello que ha intentado expulsarlos o destruirlos.

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Los pueblos más fuertes son aquellos que han aprendido a comprender su memoria. Naturalmente, reconociendo sus errores. No existe un pueblo que no se haya equivocado. Pero es imposible construir un presente sin memoria y también es imposible construir un futuro sin saber de dónde venimos.

En un momento, uno de los personajes dice que, cuando termina una guerra, ya no quedan buenos ni malos: solo quedan víctimas. Hablemos de esa reflexión.

Yo creo que incluso los vencedores terminan siendo víctimas. Quien gana una guerra después de haber aniquilado al otro nunca vuelve a ser la misma persona. Es víctima de su propia crueldad.

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No estoy completamente seguro de esta afirmación, pero creo que la historia de la Alemania posterior a la Segunda Guerra Mundial demuestra, en parte, cómo incluso los vencedores cargan durante décadas con las consecuencias de la violencia que ejercieron. Una guerra no se gana sin una enorme dosis de maldad. Ahí están las bombas atómicas lanzadas por Estados Unidos. Ahí está también la violencia ejercida por la Unión Soviética. Todo eso sigue pesando en la memoria colectiva.

Las víctimas más visibles son quienes pierden la guerra. Pero quienes la ganan también cargan con las consecuencias de la violencia que ejercieron. En España ocurre algo parecido. La derecha que sostuvo cuarenta años de franquismo sigue siendo víctima de su propia mentira porque nunca ha sido capaz de reconocer el golpe de Estado, los fusilamientos o las personas que siguen enterradas en las cunetas. Y eso impide construir una verdadera convivencia. Quienes viven aferrados al odio también son víctimas de su propia crueldad.

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Hay otro tema que atraviesa el libro: la relación de Enzo con España. En algún momento habla de él como “un país de mierda”. Quisiera preguntarle también por esa relación con la patria y con la posibilidad del regreso.

Para Enzo, luchar no significaba únicamente defender a la República española. También significaba enfrentarse al fascismo italiano, que apoyaba a Franco. Cuando comprende que el fascismo español termina siendo incluso más cruel que el de Mussolini, entiende que no puede seguir queriendo a un país que permitió todo aquello.

España fue un país que expulsó judíos, expulsó jesuitas, fundó la Inquisición. Fue un país que demasiadas veces vivió de eliminar al otro, no de incorporarlo. Por eso vuelve a Italia. Allí encuentra un modelo distinto, con intentos de diálogo entre distintas fuerzas políticas y sociales.

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Mientras tanto, en España durante el franquismo miles de personas siguieron siendo encarceladas por sus ideas políticas y Franco continuó firmando condenas a muerte prácticamente hasta el año de su fallecimiento. Eso ha marcado profundamente al país.

Y cuando hoy pienso en volver a España y encontrarme con determinadas expresiones de la extrema derecha, siento auténtico terror. Creo que en todos los países conviven dos fuerzas. Hay una parte generosa y otra profundamente cruel.

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En este momento tengo la sensación de que está ganando aquello que yo considero el mal. Naturalmente, habrá millones de personas que no compartirán esa opinión.

Para terminar, quisiera hablar de un tema importante dentro de la novela: el suicidio.

Siempre me ha llamado mucho la atención que las grandes religiones, que históricamente han participado en enormes episodios de violencia, sean hoy las que pretendan decidir sobre la vida de las personas.

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Prohíben el aborto, prohíben la eutanasia y prohíben, en general, cualquier decisión individual sobre la propia existencia. Esa defensa abstracta de la vida siempre me ha parecido profundamente ilógica. Yo creo en el buen vivir. Y el buen vivir empieza por un nacimiento deseado, por una vida cuidada física, mental y emocionalmente.

Y cuando una persona ya no puede más —porque tiene una enfermedad terminal o porque considera que su sufrimiento es insoportable— también debería tener derecho a decidir cómo quiere terminar su vida, sin que nadie, y mucho menos la culpa religiosa, la obligue a permanecer. Creo firmemente en la libertad individual. Y el buen vivir implica también un buen morir.

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