“En casi dos mil años de inapelable existencia, el Santo Padre, sus purpúreos cardenales y sus diligentes monseñores han divulgado encíclicas, incinerado sabios, coronado vírgenes y canonizado mártires, con el fin único de reducir la sexualidad humana a un invento de Satanás para pervertir las almas; sobre todo, si esas almas nacen con cuerpo de mujer”.
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A Silvia Galvis hay que leerla siempre. Eso lo saben de sobra en la Universidad Autónoma de Bucaramanga y en la Universidad Industrial de Santander. Las dos instituciones se unieron en una alianza editorial cuyo primer fruto textual es este libro: Irónica, satírica y rebelde: Silvia Galvis Ramírez.
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Ocho investigadores releyeron ficciones y no ficciones de la obra de Galvis Ramírez. El resultado es un recorrido creativo y académico que cumple las veces de guía escrita para dialogar con una mujer ejemplar. El texto se lanzó en la agenda de Ulibro 2026 y del prólogo, escrito por Yaneth Lizarazo, extrajimos estas palabras: “los investigadores Érika Zulay Moreno Bueno y Ronald Salazar Carreño decidieron adentrarse en la novelística de Silvia Galvis y, desde sus aportaciones, se consolidó el primer capítulo: ‘Feminismos, memorias y narrativas híbridas’. En estas páginas, los personajes femeninos, sus formaciones y deformaciones se entrelazan con ese quehacer contemporáneo de la escritura literaria que, aunque mantiene el relato central como hilo conductor, también toma recursos y formas de otros géneros discursivos para fortalecer una poética que termina consolidando un género híbrido en relación directa con el pensamiento feminista y sus luchas por las libertades.
En cuanto al segundo capítulo, ‘Teatro con pasión y humor’, los profesores Claudia Patricia Mantilla Durán, Julián Mauricio Pérez Gutiérrez y Nicolás Gómez Rey decidieron enfocarse en la obra de teatro De la caída de un ángel puro por culpa de un beso apasionado. En estas tres perspectivas críticas y teóricas, el teatro de Silvia Galvis es comentado desde sus formalidades, relaciones con la historia contemporánea, intertextualidades con las tradiciones literarias universales, la risa, la ironía y una crítica social que busca, desde el humor, generar una catarsis que facilite la consolidación de una sociedad que garantice las libertades femeninas.
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Finalmente, en el capítulo tercero, Santiago Gómez Mejía, Juan Pablo Ferro y Farouk Caballero se centran en el compromiso que Silvia Galvis asumió desde su labor periodística. En estos párrafos, el análisis abarca la forma en la que las columnas de opinión desde los años ochenta fueron empleadas para construir y comunicar la memoria histórica, pero también se analiza el cruce entre periodismo literario y literatura periodística de Silvia Galvis y sus posturas ácidas, frenteras y críticas con la Colombia de finales de milenio”.
Ahora, van tres ñapas pensando en las y los lectores de Silvia Galvis Ramírez: los epígrafes, la contracarátula y un adelanto. El arranque tiene dos epígrafes que sirven de entraditas para degustar el plato fuerte que son sus letras. El primero es de su puño y letra, lo escribió en 1998 para Cambio 16 y tiene una vigencia innegable: “Hace 200 años, don José Celestino Mutis, sabio de las ciencias naturales y observador de la especie humana, escribía desde la Nueva Granada a un amigo en Madrid: la gente aquí, decía, es ‘rematadamente fatua, porfiadamente crédula, de una credulidad bobalicona, tenaz y dañina. Dé usted gracias al cielo de no hallarse aquí donde la racionalidad es tan escasa que corre el peligro de desaparecer’. Y como que al final desapareció, que si para algo han servido estas campañas, estos candidatos presidenciales, estos discursos fatigantes, estos debates televisados, ha sido para demostrar cómo, dos siglos después, pasada la Colonia, conseguida la Independencia, desvencijada la República, los habitantes de la Patria Boba, perdidamente irracionales, continuamos respondiendo, con exasperante exactitud, a las predicciones del sabio”.
El segundo es de su compañero de vida, Alberto Donadío: “Silvia habitaba las palabras y las palabras eran su día y su noche… Y no se trataba de adjetivos recónditos, ni de vocablos exóticos. Eran las palabras llanas y lozanas convertidas por ella en conversación encantadora, en habla magnética, en el embeleso de su plática”.
Por su parte, la contracarátula invita a lectura con estas frases: “Sus letras son historia, política, teatro, ficción y periodismo. No le temen a nada, porque se confeccionaron desde la investigación, la escritura comprometida y el humor. Silvia es dueña de una sátira que, por mordaz, no deja de ser estéticamente bella. Ella les mama gallo a todos los poderosos. Nos hace reír de nuestra estupidez como nación. Sus textos son exquisitos. Sus palabras remueven cimientos medievales. Sus frases irónicas se burlan de todos, desde el papa de turno, el presidente o el narco más nefasto, pero sus chistes necesitan que la risa genere conciencia. La burla y la crítica no son eficaces si los lectores no cumplimos con nuestra parte activa de receptores de un mensaje escrito de forma sencilla y comprensible sobre los temas más complejos de Colombia en particular y la humanidad en general. Leer a Silvia Galvis es una terapia introspectiva que hace que quien entre en sus páginas, sin duda, salga mejor persona. Por todo esto, ella con filigrana irónica se autoproclamó como: ‘comunista desaforada, pronazi sin entrañas y antiamericana filocastrista’”.
Y siguiendo el respeto, admiración y cariño que Silvia cultivó con El Espectador, compartimos un fragmento que analiza apartados de su obra periodística. Estamos seguros de que a ella le hubiese gustado este regalo para suscriptores y lectores al gratín.
Sexo, libertades, patria narca y otras infidelidades del periodismo
“Para decirlo en breve, bastaría remarcar que el trabajo de Silvia Galvis es en sí mismo una escuela de periodismo que tiene las realidades colombianas como trasfondo. Eso sí, el diálogo que ella mantuvo como característica particular a lo largo de sus textos se construyó basado en el uso de su enciclopedia universal como base para un estilo propio con fina ironía, lenguaje incluyente —‘sumercé’— vocación de iconoclasta por naturaleza informativa y democráticamente comprometida con las demandas de los ‘nadies’, los de abajo, nuestros campesinos, indígenas, trabajadores, mujeres y demás grupos históricamente golpeados y dominados. Para eso, empuñó la palabra periodística que germina de la ética y la investigación como progenitores innegociables.
Empecemos por Santa Teresa. La religiosa nació bajo el nombre de Agnes Gonxha Bojaxhiu, pero su fama internacional la rebautizó como Madre Teresa de Calcuta. Esa misma fama fue la que le otorgó el Premio Nobel de Paz en 1979, pero el exceso de reflectores y las versiones críticas despertaron en Silvia muchas dudas sobre las acciones en olor a santidad que le achacaban a este símbolo de una de las instituciones más tradicionales de la historia humana: la Iglesia católica. En el veredicto del Comité del Premio Nobel de 1979, se escribió lo siguiente: ‘Al otorgar el premio, el Comité Nobel en Noruega ha expresado su reconocimiento a la labor de la madre Teresa en favor de la humanidad doliente. Este año, el mundo ha centrado su atención en la difícil situación de los niños y los refugiados, y son precisamente estas las categorías por las que la madre Teresa trabajó durante tantos años con tanta generosidad’.
Desde la fecha de la obtención del Nobel, la duda quedó. Silvia investigó y décadas después pudo publicar una opinión contraria a la del Comité del Nobel. Teresa de Calcuta murió el 5 de septiembre de 1997. Las versiones oficiales, gratuitas y laudatorias, esas que sentencian que toda muerta religiosa es casi santa, inundaron el mundo de los medios de comunicación. Homenajes…, los que quieran, pero Silvia por esa época estaba culminando su lectura del libro The missionary position (1995), escrito por el periodista inglés Christopher Hitchens. Esa otra versión laica, crítica y seguramente merecedora de excomunión le encantó a Silvia; primero, porque era anticlerical y, segundo, porque hablaba de otras versiones que cuestionaban, con argumentos y pruebas, el fresco celestial creado por Teresa de Calcuta y su séquito. Una vez terminada la lectura, Silvia escribió en las páginas de Cambio 16 el 30 de marzo de 1998: ‘la finada madre Teresa de Calcuta significó más sufrimiento y agonía que alivio y alegría para los pobres del mundo’. En este caso, la imagen creada y vívida de Teresa de Calcuta no la hizo desistir de sus señalamientos. Eso sí, Silvia no escribía nada sin pruebas, con lo cual respetaba a sus lectores mientras se aferraba al innegociable abecé del periodismo, el mismo que remarca que no se puede publicar nada sin verificar. Con este proceso como caja de herramientas, Silvia subrayó: ‘¿Cuántas muertas de parto cargó en la conciencia esta anciana fanática que prohibía los anticonceptivos como inventos del demonio? En Irlanda, como una virgen necia, afirmó que ella no veía ninguna relación entre el exceso de hijos y la miseria… esta es la historia despiadada de una Premio Nobel de Paz, que, si no está ardiendo en las pailas del infierno, es porque la justicia divina no existe’.
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Los fragmentos anteriores empiezan a marcar dos huellas del periodismo que profesó Silvia Galvis. La primera es la de mantener una mente inquieta que lee, con pasión, por toneladas. La segunda es la de estar más del lado de los desfavorecidos, porque, aunque la imagen que se vendió de la religiosa de Calcuta estaba anclada en la misión, la solidaridad, la ayuda y el espíritu humanista sin ánimo de lucro, la verdad era otra. Esa imagen escondía una posición cero solidaria, menos empática y sí muy inquisidora en contra de las madres gestantes, muchas de ellas viviendo en pobreza extrema, víctimas de violaciones, cargadoras del peso de embarazos no deseados, y, en general, de los pobres de Calcuta. Por ellas, Silvia habló, porque las donaciones multimillonarias que Teresa recibía en nombre de los pobres del mundo no eran para curar los dolores y enfermedades de esos pobres, pues, según el discurso fundamentalista de Teresa, los pobres debían aceptar su sufrimiento y, antes de morir, pedir por llegar al cielo. Y hablar así, de frente, aún hoy es censurado por los poderosos radicados en el Vaticano. Son muy pocos los casos de críticas directas al catolicismo que emergen desde un país ultracatólico como Colombia. Silvia lo sabía, por eso reseñó el 13 de octubre de 1996 que Colombia era un país de ‘rodilleras y escapularios’.
Buscando las libertades femeninas, Silvia no decidió señalar poderes pequeños de la Iglesia en alguna región alejada, ella tomó el toro por los cachos y fue directo a la cabeza del cuerpo que amordaza las libertades: el Vaticano. Frente a esta situación fue directa y señaló que el Vaticano adoctrinaba a las mujeres desde los púlpitos para que no se liberaran y se mantuvieran pariendo y amamantando en casa. Ese mismo 13 de octubre de 1996 escribió para El Espectador sobre la fervorosa piedad femenina y el trato que la Santa Sede les da a las mujeres: ‘hace cerca de 2.000 años los herederos de San Pablo las discriminan y oprimen; el propio Juan Pablo II, el mismo que ayudó a liberar la sufrida Polonia de la dictadura comunista, ese mismo digo, mantiene una tiranía igualmente oprobiosa sobre la sexualidad femenina. Una tiranía que prohíbe la práctica del control natal, que condena el aborto aun el terapéutico, y las sentencia, bajo amenazas de fuego eterno, a parir hasta que la muerte se las lleve o la pobreza las consuma’.
Silvia opinaba, con ovarios bien puestos, sobre la libertad sexual femenina. Era la década de los noventa y la iglesia católica aún mantenía sus visiones retrógradas y promovía un discurso medieval. Ahí el sexo se volvió un tema central, particularmente, el derecho al placer femenino que el Vaticano cercenaba desde la ‘sagrada’ palabra y la interpretación ‘indiscutible’ de esa palabra. Silvia se enfocó en el sexo y en las nuevas sexualidades femeninas, tan actuales en el siglo XXI, para continuar su lucha por las libertades. Siguió con su batalla contra la Iglesia católica y resaltó en julio de 1992 en su columna “Eva y el recurso de la tutela”: ‘Y nadie puede negar —sin mentir— que la misión de la Iglesia sobre la tierra, más que salvar almas para gozar en el cielo, ha sido condenarlas al fuego eterno del infierno por el pecado vergonzoso de la carne, que es la forma eufemística de no llamar sexo al sexo’.
Ella no soportaba los eufemismos porque pronto descubrió que esa es una forma retórica muy tradicional de engañar y condenar al pueblo. Y en eso, como veremos, la Iglesia y los partidos políticos colombianos están en santa comunión. Por lo tanto, remarcó una de sus máximas el 16 de junio de 1996: ‘cuando usted escuche decir ‘por fin triunfó la verdad’, lo que debe entender es que sobornos y prebendas, finalmente, acallaron conciencias’.
Su batallar por las libertades sexuales femeninas continuó desde sus columnas de opinión. Silvia quería equiparar las libertades sexuales femeninas con las masculinas que, dicho sea de paso, sí están auspiciadas en la ‘sagrada’ palabra. Hoy los tiempos le dieron razón absoluta e incontrovertible. Hija de ese proceso que tiene nombres propios, como Virginia Woolf o Frida Kahlo, Silvia fue una adelantada de su tiempo y opinó, espero no cometer aquí un anacronismo insalvable, por el placer sexual de todes. En su columna “La pesadilla del Papa” de 1995 redactó: ‘Y esto del sexo sí es un mal que no hay Papa que aguante ni Vaticano que lo resista. La prueba está en que no hay una institución en el planeta y en la historia que haya vivido tan obsesionada con el sexo como la Iglesia de Roma. En casi dos mil años de inapelable existencia, el Santo Padre, sus purpúreos cardenales y sus diligentes monseñores han divulgado encíclicas, incinerado sabios, difundido doctrinas, redactado pastorales, enseñado catecismos, ejecutado mandamientos, predicado sermones, coronado vírgenes y canonizado mártires, con el fin único de reducir la sexualidad humana a un invento de Satanás para pervertir las almas; sobre todo, si esas almas nacen con cuerpo de mujer. Tanto ha sido así, que ya ni los propios católicos entienden por qué la Santa Madre Iglesia se preocupa tanto por la pelvis y tan poco por la justicia’.
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De las libertades sexuales femeninas pasamos al valor humano que, de forma inhumana, se le negaba (niega) a los homosexuales. Todavía, aunque gracias a todos los dioses cada vez un poco menos, declararse homosexual —salir del clóset— tiene una sentencia clerical y social despiadada. Silvia ya lo sabía y dio esa lucha, porque ser homosexual en los noventa en Colombia era ser maldecido por Dios, ser un enfermo depravado y, cómo no, portar el virus del VIH que acabaría con la humanidad por intermedio de un sentimiento que afloró gracias a ese regalo de ‘la culpa’ que nos trajeron los españoles y que nos obliga a merecer la muerte por no seguir los mandamientos de Moisés y compañía. Silvia, como lo hizo con los pobres y las madres gestantes abandonadas a su suerte por Teresa de Calcuta, como lo hizo con las mujeres del mundo, lo hizo también con los homosexuales.
Una vez más, Silvia se fijó en el papado y hacia allá dirigió sus dardos verbales y libertarios. Ante el trato rastrero que el papa y sus seguidores les daban (dan) a los homosexuales, Silvia reclamó el 13 de octubre de 1996: ‘Y, ¿a cuenta de qué habrían de rezar por el Papa los homosexuales? ¿Acaso son oligofrénicos para ponerse en el oficio inoficioso de rogar por la salud de quien, sin derecho ni razón los acusa de pervertidos, los persigue y los condena?’
El tema del clero vs. los homosexuales es un tema de interés nacional e internacional, Silvia lo sabe y usa su espacio de opinión para remarcar el anticristianismo que tiene el cristianismo católico con distintas comunidades de nuestra sociedad”.
Si quiere seguir leyendo, le toca comprar el libro. Mientras tanto: se las dejo ahí.
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