Guido Tamayo afirmó que los libros, casi siempre, parten de una pregunta que se hace, pero en este caso, más que preguntarse qué es la vejez y qué es ser viejo, partió de la impresión que le dejó la muerte de sus abuelas. Esas experiencias, dijo, desplegaban un material “doloroso, pero muy interesante”.
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“Están las enfermedades y está también el universo del deseo de los viejos, del erotismo de los viejos, porque el deseo no cesa, el deseo está vivo, está vital ahí, moviéndose, ¿cierto? El reproche: ‘Pero ¿cómo va a ser? Qué cosa tan patética que dos viejos se estén besando y tocando, se estén diciendo el amor’ es una cosa que la sociedad censura de una manera indigna, totalmente, ¿no?”.
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“Existe todo ese universo de las sensibilidades de estos viejos. Insisto, creo que dije: ‘Dejemos hablar a los viejos, dejemos que nos cuenten y nos digan dónde están, cómo están, cómo se sienten’. Hay cuentos durísimos, cuentos que pueden ser ofensivos o agresivos para el lector, pero yo lo hice desde un respeto profundo”, afirmó el escritor bogotano sobre “La edad de la niebla”, libro de cuentos donde explora esa etapa de la vida.
¿Cómo es su relación con la vejez?
Yo creo que la vejez es, primero, la conciencia de que ya no hay tiempo, la conciencia de que somos finitos, de que no somos inmortales. Mutis decía que somos inmortales hasta que nos morimos.
Hay una impunidad tranquila que se vive, que se está manteniendo. Y entonces hay un momento de libertad y un terreno de libertad. Creo que esa es una gran oportunidad que tiene el ser humano, su última oportunidad de hacer lo que desee, de decidir y saber que no tiene que darle cuentas a nadie. Un momento donde está la libertad del viejo, que puede disparar sus deseos. Ahora, allí hay una paradoja, y es que, claro, hay que tener conciencia de que los deseos también chocan con las posibilidades del cuerpo y las posibilidades mentales.
“No soportaría olvidar, borrar algún indicio de imprecisión o desaliño que hiciera pensar que no me hallaba preparada para morir”. También es muy interesante ese momento en el que, claro, llega la vejez y, como decía al principio, queda menos tiempo, y entonces también hay otra relación con esa conciencia de la muerte.
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Hay cierta conciencia de la muerte. No le tengo tanto temor a la muerte en este caso, sino: “Quiero venganza”. Aquí hay una actitud vengativa con la familia o con quien la encuentre, con la sociedad en general. Eso también sucede perfectamente con los viejos, ¿no?
Entonces está eso. Pero tener la muerte en los talones, como se dice, ¿qué valoración te da del instante? ¡Qué maravilla! La juventud se caracteriza por esa ignorancia, precisamente: “Yo tengo todo el tiempo, yo sé, yo puedo desperdiciar, hacer, desesperarme”. En cambio, acá la cosa es que cada segundo se torna cada vez más valioso. Ahora, hay que asumirlo sin desesperación, con conciencia, una conciencia serena en lo posible.
“Las personas que lo tenemos no perdemos la fe en que alguna vez llegue el mensaje que hemos estado esperando toda la vida”. ¿Usted qué mensaje sigue esperando?
Ahí, en ese caso concreto, siempre la idea es que es aquello que me puede suscitar sentarme a escribir. Es una pregunta de escritor. Estamos esperando que algo nos sorprenda. Hay mucho escritor que hace listados para ver qué escribe. Entonces hace un listado, lo pone en la pared al frente para mortificarse más aún, y va como chillando y dice: “Esto no me interesa, esto no me interesa, esto no me interesa”.
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En la escritura, cada vez estás ahí sin que pase mayor cosa y aparece el motivo, aparece lo que tienes que escribir. Me refería un poco a eso, a que vivimos un poco pendientes. A mí me interesa la segunda fórmula. La primera no me interesa, la de saber sobre qué debo escribir, preguntarme sobre eso.
“Nada hay más doloroso que causar daño en el amor propio. Este amor, el propio, es irreductible y posee una susceptibilidad abismal. Nada más destructivo que fracturar el amor propio, la verdadera herida del ser humano”. Hablemos de esa idea.
El ego. Es la lucha contra el ego, la esencia del ego. ¿Qué espacio le das al ego? Hay un escritor peruano que me gusta mucho que habla de la vanidad disciplinada. Entonces, yo creo que es un poco ese ejercicio de qué hacemos con nuestro ego.
Nosotros los escritores somos personas con unos egos impresionantes. No queremos que nos hieran, sino que nos complazcan; somos tan especiales. Y me parece que a mí me hace mucho daño esa noción de sí mismo y de lo que uno es capaz de hacer, ¿no? Y ahí está el dolor del amor propio. Es que es una vanidad tan desatada que cualquier cosa lo va a herir. Y además es de un profundo egoísmo. Al ego hay que saberlo controlar, incluso combatir.
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