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“El proceso es lo más valioso de la escritura”: Guillermo Martínez

En alianza con el Instituto Cervantes de Pekín, presentamos esta entrevista con Guillermo Martínez, quien en el marco de su visita a China —país donde ya cuenta con seis obras traducidas— reflexionó sobre la literatura, la traducción y las influencias que han marcado su obra.

Laura Valeria López

08 de julio de 2026 - 07:00 p. m.
Además de escritor, Guillermo Martínez es doctor en ciencias matemáticas.
Foto: Cortesía Instituto Cervantes
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Guillermo Martínez es una de las voces más singulares de la literatura argentina contemporánea. Su obra se caracteriza por un delicado equilibrio entre el rigor de la lógica matemática y la profundidad de la reflexión filosófica.

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Para el autor, la literatura es una “actividad que lo absorbe todo”, en la que incluso periodos de aparente silencio creativo —como su estancia posdoctoral en la Universidad de Oxford— terminan alimentando su imaginación. En esta conversación, Martínez reflexiona sobre sus principales influencias, entre ellas Borges, Henry James y Gombrowicz, y aborda también el papel de los traductores, especialmente en el contexto de su visita al Instituto Cervantes de Pekín, donde ya cuenta con seis obras traducidas al chino.

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¿Cómo ha dialogado el viaje con su proceso creativo y de escritura a lo largo de los años?

Sí, realmente en mi caso ha sido así. Del viaje que hice a Oxford para realizar un posdoctorado surgió ese universo literario que hasta ahora me ha dado dos novelas y quizá una tercera para completar lo que llamo la trilogía de Oxford. Ese viaje fue decisivo. También estuve en Estados Unidos y, de alguna manera, de esa experiencia nació Yo también tuve una novia bisexual. Más adelante viajé a Salta por vacaciones y conocí Cachi, un lugar fascinante que terminó convirtiéndose en el escenario de mi última novela, Un crimen dialéctico. Y luego está Puente Viejo, un territorio imaginario que aparece en varios de mis cuentos y novelas, pero que tiene mucho que ver con lugares que conocí en el sur de la provincia de Buenos Aires.

¿Cuáles han sido esos autores y libros que lo han acompañado a lo largo de la vida y a los que siempre vuelve?

Hay dos o tres escritores que he leído y releído durante toda mi vida. Uno, por supuesto, es Borges, un autor fundacional para los escritores argentinos. Incluso escribí un libro, Borges y la matemática, en el que volví sobre sus cuentos y reflexioné acerca de su legado. Es un autor al que regreso constantemente. Otro escritor muy importante para mí es Henry James. No he leído toda su obra, porque es inmensa, pero sigo recorriéndola poco a poco. Me interesa enormemente por la sutileza con la que explora la psicología de sus personajes, la alternancia de puntos de vista y la fineza de sus análisis. Aunque mi escritura no se parece a la suya, sí me identifico con la clase de exploración que hace de la naturaleza humana. El tercer escritor es Gombrowicz. Me atraen su sentido del humor, su ironía, su mirada a contracorriente y, sobre todo, la presencia de la dialéctica en su obra. Esa idea de cómo ciertas cosas se transforman en su contrario bajo presión me interesa mucho y aparece, de algún modo, en Un crimen dialéctico, que dialoga con Cosmos, una de sus novelas.

Usted es matemático además de novelista. ¿Qué le ha aportado la matemática para comprender la condición humana y construir las tramas criminales de sus libros?

La matemática me ha aportado, sobre todo, paciencia para corregir. Me ha enseñado a tomar distancia del texto una vez escrito y a verlo como un objeto de estudio sobre el que se puede volver para refinar frases, atar cabos sueltos y encontrar la musicalidad adecuada. Escribir también tiene una dimensión de vigilia: hay que esperar a que ciertos nudos se aclaren. Eso se parece mucho a intentar demostrar un teorema. Rara vez existe un camino directo. Uno tiene intuiciones iniciales, pero casi siempre debe tomar desvíos, reconsiderar hipótesis y encontrar soluciones indirectas. En la literatura ocurre algo semejante. Uno cree saber hacia dónde va una novela, pero al escribir aparecen problemas inesperados. En esos momentos hay que tener paciencia y esperar la solución que verdaderamente emerge del texto, no simplemente la primera que permite salir del paso.

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¿Qué lugar ocupan el silencio y la pausa en su vida y en su escritura?

Tengo una relación muy particular con el silencio. Crecí con tres hermanos y una madre bastante gritona, así que mucho silencio no había en mi casa. Me acostumbré a estudiar rodeado de ruido y todavía hoy puedo leer en un café sin mayores problemas, siempre y cuando no tenga el audio de un teléfono sonando al lado. Sin embargo, cuando escribo sí necesito silencio, especialmente por la mañana, que es el momento del día que reservo para trabajar. Escribo sin música y en el mayor silencio posible, porque la concentración que exige la escritura lo requiere. Aun así, no soy un obsesivo del silencio. Puedo trabajar con cierto nivel de ruido alrededor.

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¿Cuáles son esas obsesiones o inquietudes que han acompañado su escritura?

Creo que la palabra “obsesión” es, en cierta medida, una coquetería de los escritores. Es evidente que quien lea mis libros encontrará recurrencias, pero de ahí a pensar que no podría vivir sin escribir sobre esos temas hay un trecho. Para mí, una parte esencial del desafío literario consiste justamente en el ejercicio de la imaginación: imaginar mundos que no son necesariamente el propio y personajes que no piensan como uno. Me interesan precisamente esos problemas permanentes de la condición humana que, en cada época, adquieren nuevas formas.

En una época marcada por la inmediatez y la inteligencia artificial, ¿qué importancia tienen hoy los procesos de escritura?

Creo que, al final, eso es lo que permanecerá. Hoy cualquiera puede pedirle a una inteligencia artificial una novela, definir personajes, temas y conflictos, y obtener en pocas horas un texto de cientos de páginas. Esa posibilidad ya está al alcance de cualquiera. Por eso, lo verdaderamente importante sigue siendo la aventura de la escritura. Uno no escribe solamente para publicar; la publicación es apenas una consecuencia. En realidad, se escribe para descubrir qué había en aquello que latía de manera confusa y despertaba la curiosidad. Generalmente, una novela comienza con un germen, con una intuición que nos atrae. Luego, al dedicarle tiempo, la historia empieza a desplegarse: aparecen conexiones, dificultades y también revelaciones. Ese proceso es, precisamente, lo más valioso.

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Para mí, la literatura constituye una forma de conocimiento, aunque no en un sentido estrictamente positivo o documental. No se trata únicamente de conocer un lugar o una época, sino de explorar la naturaleza humana y la manera en que ciertas ideas filosóficas operan dentro de las personas. Por eso me interesa la novela filosófica: no como un ensayo disfrazado, sino como una forma de integrar las ideas al drama humano. Hay una frase de Milan Kundera que siempre recuerdo: la novela habla de aquello de lo que únicamente la novela puede hablar. Existen experiencias, preguntas y formas de conocimiento que solo pueden expresarse plenamente a través de la ficción.

Durante esta visita a China ha tenido encuentros con lectores y actividades públicas. ¿Cómo ha percibido la recepción de la literatura en español entre el público chino?

Estoy muy orgulloso y, al mismo tiempo, bastante sorprendido de que seis de mis libros hayan sido traducidos al chino. Ya eso, por sí solo, me produce una enorme satisfacción. Tanto en mi visita anterior como en esta he encontrado lectores que llegan a las actividades con cuatro o cinco de mis libros para firmar, es decir, lectores que han seguido buena parte de mi obra. Eso siempre resulta emocionante. Además, algo que me llamó especialmente la atención durante la reciente proyección de una adaptación cinematográfica fue la participación del público. No es habitual encontrar una audiencia tan dispuesta a intervenir espontáneamente. Muchas personas hicieron preguntas y demostraron haber seguido con gran atención tanto la película como la conversación posterior. Fue una experiencia muy estimulante.

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La circulación internacional de la literatura depende, en gran medida, del trabajo de los traductores. ¿Cómo entiende hoy el papel de la traducción?

El reconocimiento de los traductores depende mucho de cada país. En algunos lugares, por ejemplo, es obligatorio incluir su nombre en la portada, algo que considero una reivindicación necesaria. Dicho esto, creo que los traductores son una de las profesiones más expuestas al impacto de la inteligencia artificial. Probablemente, en el futuro cercano, muchos de ellos se conviertan más en editores o revisores de traducciones generadas automáticamente. Sin embargo, la traducción sigue siendo una labor profundamente creativa. Por otro lado, existe, además, un fenómeno fascinante: a veces un traductor extraordinario puede convertir una obra simplemente buena en una auténtica obra maestra. Pienso, por ejemplo, en la traducción que hizo Aurora Bernárdez del Cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell. Muchos lectores consideran que esa traducción posee un valor literario propio. Por eso creo que los traductores no solo trasladan textos de una lengua a otra: también recrean las obras y, en ocasiones, las reinventan.

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Para conocer más sobre la agenda cultural del Instituto Cervantes de Pekín y acercarse al mundo del español en China, le invitamos a visitar su página web y sus redes sociales: @institutocervantespekin.

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